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Crónica de una acción insolente y peligrosa

Por Avelino Stanley

Entré al auditorio Juan Bosch de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña con cinco minutos de retraso. Era el cuatro de diciembre. El evento se convocó para los siete de la noche. Se presentaba la revista País Dominicano Temático. Al bajar los escalones noté que mi prisa no tenía motivos. Todavía seguían entrando otros invitados. El tema tratado en el número cuatro de la revista es “Migración: ¿frontera de la pobreza?” mientras saludaba me ubicaron en la primera fila dispuesta para los diecisiete articulistas de ese número. Como a las siete y treinta y cinco de la noche la conductora se paró detrás del podio. Luego puso a la altura de sus labios un microfonito negro y fino con un círculo de luz roja cerca del extremo.

Con las buenas noches se dispuso a saludar las personalidades presentes. Apenas pronunció un segundo nombre se escuchó un abucheo que rompió la solemnidad del evento. La sorpresa se apoderó del auditorio. Cuando mencionaron al jefe de Operaciones de la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU, el doctor Josué Gastelbondo, el abucheo subió de tono. Y lo mismo sucedió cuando fueron mencionados el profesor Wilfredo Lozano y el sacerdote anglicano Edwin Paraison, ex cónsul haitiano en República Dominicana. Pero de repente los abucheadores convirtieron en aplausos estruendosos la mención del vicepresidente de la Fuerza Nacional Progresista, el doctor Pelegrín Castillo.

Como si recibiera alguna señal de los cielos, la moderadora suspendió las menciones. Cuando obtuvo el silencio de los abucheadores presentó al director general de la revista, Rafael Menoscal Reynoso, un periodista veterano, quien antes de iniciar llamó a la prudencia y al respeto. Pidió que quien no pueda someterse al rigor de las normas de la etiqueta y el protocolo que abandonara la sala. Un siseo de disgusto salió del público.

Con un visible fastidio, Menoscal comenzó su discurso. Pero tras mencionar las primeras personalidades, los abucheos estallaron de nuevo echando a un zafacón los modales de conducta social. La reincidencia en el llamado a la cordura permitió que el silencio se sobrepusiera. Pero el ánimo en la sala ya estaba caldeado. Otro nombre bastó para que una persona enardecida se levantara de entre los abucheadores. Con el pobre San Antonio en aumentativo comenzó a dar palmadas en el lomo de una mesita para proyectores portátiles que pasó la prueba de la resistencia a golpes contundentes. Otro abucheador lo sustituyó. Pronto ya no fue uno ni dos; una cantidad indeterminada vociferaba toda clase de epítetos sobre el problema domínico-haitiano, tema abordado científicamente en seis de los diecisiete artículos de la revista. Poco a poco algunos de los invitados comenzaron a abandonar el salón en silencio.

Molesto, el director de la revista intentó continuar, pero una página se le había extraviado entre los vericuetos de su incomodidad. Como la búsqueda parecía en vano, un asistente lo auxilió con el texto en una tablet. Intentó continuar como si se diera cuenta que se trataba de una provocación. Pero las interrupciones no se detenían.

En un momento dado Menoscal mencionó uno de los artículos de la portada que incluye el nombre de Donald Trump. Los abucheadores se levantaron de sus asientos disparados como resortes para vocear unas alabanzas que parecían de una secta fanatizada hacia su Dios. Poco después el ejecutivo de la publicación mencionó la palabra “muro” y, sin esperar el contexto, de nuevo el grupo enardecido irrumpió como si se tratara de una bendición divina.

Menoscal se las ingenió para avanzar hablando por encima de las interrupciones. Mencionó la reciente presentación de ese número de País Dominicano Temático en la Casa de América, en Madrid. Resaltó que en ese acto estuvo el embajador de España en Angola, Hernández Ruigómez con una intervención. Y lo citó: “Lejos de sugerir una maya de concreto en nuestra frontera, proponemos un cinturón de prosperidad”. Los abucheadores mutaron hacia una forma de grititos de piedad burlada. Por donde quiera saltaba un ¡aaaaay, qué lindo! ¡Aaaaay, qué bonito!

Avanzar en ese discurso fue como subir una cuesta empinada y pedregosa con una gran carga en los hombros. Los diez minutos en que se habrían pronunciado aquellas palabras se multiplicaron por tres. Pero pudo terminar. A esas alturas se notó el hueco ya dejado en el auditorio por varios invitados. En ese instante salí para acompañar al reverendo Edwin Paraison. Afuera me percaté de que había un contingente como de treinta policías.

A mi regreso ya estaba listo para comenzar el panel que sería la parte central del evento. De los cinco panelistas anunciados había solo dos: Pelegrín Castillo y Wilfredo Lozano. Tres se marcharon. El periodista Nelson Encarnación, moderador, dio paso a Pelegrín. Otra vez fueron cambiados los abucheos por aplausos. A los quince minutos Nelson informó por el micrófono que los cinco minutos reglamentarios habían finalizado hacía rato. Pero Pelegrín se atrincheró y reclamó media hora ante la falta de los otros panelistas. Alguien de entre los abucheadores vociferó diciendo que se podía quedar la noche entera ante el micrófono. El discurso de Pelegrín, además parsimonioso, también era interrumpido permanentemente; solo que no por los abucheos, sino por continuos aplausos y alabanzas.

Unos cuarenta y cinco minutos después Pelegrín anunció que terminaría. Se pavoneó e hizo mención de lo que él denominó como la victoria de esa noche, en ese acto. Luego resaltó la victoria en el hecho de que el gobierno dominicano no firmara el Pacto Mundial para la Migración. Según sus palabras, el siguiente paso era integrar al pueblo a esa posición. Las alabanzas casi llegaron al paroxismo.

El turno era del siguiente panelista. Nelson Encarnación intentó lograr el orden. Pero no pudo y cayó en la provocación buscada durante toda la noche. De sus labios brotó otro San Antonio en aumentativo. Una voz delirante dijo que ellos eran la gleba que mantenía el nacionalismo con vida en el país. Pelegrín llamó la masa enardecida a la calma. De inmediato se acató el llamado al silencio. Entonces el moderador pudo presentar a Wilfredo Lozano. Pero Willy, ducho en esas lides, declinó su intervención. Como si no hubiera sido suficiente hubo más abucheos. El moderador entonces se dejó provocar por segunda vez y de sus labios brotó un par de epítetos que sobrepasaron la categoría del San Antonio. Un acto que se llevó una grandísima inversión fue boicoteado. Yo, en mi asiento, solo alcanzaba a preguntarme: ¿y el nacionalismo es eso, actuar con tanta falta de respeto y con tal nivel de insolencia y fanatismo? ¿Dónde ponen ellos el espacio para discutir las ideas? Lógicamente la respuesta la tengo muy clara. Basta con pensar en las execrables acciones de Hitler, de Musolinni, de Trujillo, y de muchos otros.

 

*El autor es economista y escritor

 

Acerca de Avelino Stanley

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