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Ney Aldrin, un policía consagrado

Por: Valentín Medrano Peña 

En varias ocasiones, cíclicas con saltos de años y de rangos, he interactuado con el actual director de la Policía Nacional, el hoy Mayor General Ney Aldrin Bautista.

La primera vez como usuario del sistema de justicia penal, que siempre inicia su recorrido en la esfera policial. Yo, pino nuevo en el Derecho, acompañaba a un vetusto y sabio abogado, uno de los tantos mentores que la vida envía a fuerza de maestro del momento. Este abordó al entonces capitán Ney Aldrin Bautista, con respecto a un caso intrincado que parecía no tener solución. Yo representaba a la víctima, y el abogado que me dirigía, muy amante de las novelas detectivescas, le plateó unos supuestos engorrosos que el capitán desmitificó al momento. No pronuncié una sola palabra, era un simple y asustado espectador, pero la impresión que me dejó fue objeto luego de muchas conversaciones.

Él resolvió ese caso y cientos de muchos otros ganando fama como buen investigador que lo hicieron ascender con presteza.

Aunque nos cruzamos luego muchas veces, sin interactuar, no fue sino hasta algunos años después, cuando me podía conducir sólo por los vericuetos del ejercicio de la abogacía, cuando nos volvimos a ver de cerca, esta vez yo era víctima directa. Unos facinerosos asesinaron a un hermano nuestro en su casa materna en Boca Chica, Teodoro Beato, por lo que acudimos, a instancia del entonces Jefe de la Policía, por ante el despacho del jefe del Dicrim de ese momento, el ahora Mayor General Ney Aldrin Bautista, quien dio las instrucciones precisas, en presencia nuestra y de nuestro  hermano el periodista José Beato, que culminaron dando con los asesinos prófugos y el envío de éstos por ante la justicia.

Mi tercera interacción no pudo ser más grata. Siendo representante de un imputado, fui el sábado pasado en busca de un desagravio. Tenía cita con el coronel Frank Félix Durán, vocero magnífico de la institución, y por alguna razón este le hizo saber de nuestra presencia y la de mi acompañante José Luis Mendoza, al mayor general Ney Aldrin Bautista, quien en ese momento partía hacia Monte Cristi.

El Director policial prácticamente bajó del vehículo y se dirigió a la oficina del encargado de comunicaciones, en donde nos abordó. No ha cambiado mucho, pensé hacia mis adentros. Una veintena de años separa los encuentros limítrofes, y conserva la afabilidad y confianza que le hicieron ganar el prestigio de investigador sabueso. Me abordó de primero y me dijo con firmeza y palabras que denotaban una disciplina cuartelaria: “es un honor tenerle aquí, el coronel Durán me informó sus procuras y al entenderla de derecho procedí a instruir que se acojan, sepa que la Policía Nacional está para dar a cada quién lo que corresponde, instaurar la paz dando respuesta a los actos delictivos, llegando exclusivamente a los hacedores de los mismos sin molestar al resto de la ciudadanía que merece vivir armónicamente. Y en relación a usted, quise devolverme, voy saliendo a Monte Cristi, porque quería decirle que suelo leer sus escritos y muchos de ellos me han gustado mucho”…

Se entrecruzaron más palabras, siendo los elogios mutuos y hacia el huésped acompañante José Luis Mendoza, la tónica de una conversación con un personaje que dignifica la función policial, con un policía acrisolado en los cuarteles y en los departamentos investigativos.

Sé del decoro y hasta limitaciones con que ha conducido su vida el actual Director de la Policia Nacional, sé de las eximiciones, de su ascéticismo y renuncias, sé de su denuedo y entereza, sé de su dedicación y entrega y conocimiento al dedillo de la institución policial, sé que en sus manos la Policía puede relanzarse y que está creando las condiciones para traspasar el umbral y dejar en la obsolescencia del pasado la estela y fama heredadas, sé que la esperanza de una mejor policía, más creíble y efectiva, más humana y comprometida se dan en él y su gestión.

La Policía Nacional mejora, lenta, pero consistentemente, ya que amén de pagar su deuda social casi insalvable, se debe ajustar a la cambiante sociedad con sus vaivenes, complejidades, necesidades y limitaciones que también tiene la institución.

En todas las organizaciones masificadas habrán disidencias, mal querencias y quienes se aparten de la línea de mando y de la legalidad incluso; pero eso, que debe ser perseguido y corregido, es un asunto muy personal, una decisión propia, que contrasta con la asumida en su historia particular por el mayor general Ney Aldrin Bautista, quien se eximió de violentar las reglas y por ello ni lo tolera ni lo aúpa ni lo perdona.

Lo dicho aquí me compromete, pero a diferencia de quienes disparan a mansalva en cualquier dirección, me tomo el tiempo para investigar antes de emitir alguna opinión, que como ésta es la única verdad.

*El autor es abogado y profesor de Derecho

Acerca de Valentín Medrano

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