ANALISIS

La singularidad de Estados Unidos

Jorge Romeu hace un repaso pormenorizado de la idiosincrasia estadounidense a ojos de una persona que, como español y europeo, forma parte de la misma civilización occidental y judeo-cristiana que identifica a Estados Unidos.

Por Manuel Hernández Ruigómez

Asistí hace unos días a la presentación, en Madrid, de un libro al que se le puede aplicar el apelativo, como poco, de sugestivo: La Corte y los soberanos. Un acercamiento europeo a la singularidad estadounidense, publicado por la editorial MARCIAL PONS. Su autor es Jorge Romeu, diplomático español que, entre otros puestos, ha estado destinado en dos ciudades de Estados Unidos a lo largo de 10 años: Nueva York y Washington.

Jorge Romeu hace un repaso pormenorizado de la idiosincrasia estadounidense a ojos de una persona que, como español y europeo, forma parte de la misma civilización occidental y judeo-cristiana que identifica a Estados Unidos. Es decir, lo normal hubiese sido no sorprenderse. Sin embargo, y tras la lectura del libro, es fácil concluir que el autor ha captado la originalidad ostensible de esa gran potencia. Estamos ante el “excepcionalismo estadounidense”, como Romeu lo califica.

Para llevar a cabo su estudio, Romeu hace una selección de las peculiaridades más llamativas de la originalidad estadounidense y al efecto se ayuda de toda una amplia gama de sentencias del Tribunal Supremo desde los mismos orígenes de esa nación. Esta institución es en realidad, junto con la Constitución de 1787 y sus enmiendas, la gran protagonista de la obra. Porque si hay una peculiaridad de peculiaridades en el sistema político norteamericano esa es la fuerza e independencia del Tribunal Supremo en el marco de una separación de poderes (checks and balances) auténtica y única en el mundo. De este modo, los Padres Fundadores se aseguraron que ninguna de las tres instituciones tuviera preponderancia sobre las demás, salvaguardando como última palabra la de los jueces. Así, el Tribunal Supremo, a través de sus sentencias, fija de manera indeleble e indiscutida –Estados Unidos no acepta la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, última instancia en otros países americanos- la posición del Estado Federal en cualquier controversia. Por eso me parece un acierto que Jorge Romeu se haya guiado de estas sentencias para explicar la esencia estadounidense en un conjunto de aspectos de su realidad nacional en contraste con el resto de Occidente.

Es verdad que Jorge Romeu podría haber escogido una mayor y más completa serie de peculiaridades de la esencia norteamericana con el objetivo de analizarlas en profundidad y contrastarlas con los rasgos originarios de la madre Europa. Pero ello habría hecho de su obra un libro inacabable y probablemente no tan atractivo. De modo que se ha concentrado en las más llamativas: la tensión centro-periferia; la influencia de las religiones, cristianas por supuesto; la sagrada libertad de expresión; el derecho a portar armas; la pena de muerte y la salud pública. Analicemos algunas.

Tras la publicación de este libro, Jorge Romeu se ha convertido en uno de los diplomáticos españoles que se desempeñan en el ejercicio del intelecto, más allá de sus funciones profesionales.

Desde el mismo nacimiento de Estados Unidos, el país ha vivido una terrible y continuada tensión entre los que buscaban concentrar más poder en Washington y los que, por el contrario, favorecían mayores competencias para los estados dentro de la federación. Pero como señala acertadamente Jorge Romeu, “la historia de Estados Unidos es la de una progresiva e inexorable ampliación del alcance del gobierno federal”. Este proceso de centralización se puso decididamente en marcha tras la victoria de los unionistas en la guerra civil (1861-1865) y sus bases fueron sentadas por la XIV Enmienda a la Constitución y por la llamada Cláusula de Comercio, como veremos más adelante. Desde entonces la progresión sigue siendo continua.

Con todo, Romeu subraya la importancia de la X Enmienda donde se establece que los poderes no otorgados expresamente al gobierno federal “están reservados a los estados o al pueblo”. Esto es lo que nuestro autor denomina con acierto “la soberanía dual”. Aunque llevado al extremo, podría ocasionar un riesgo para la pervivencia futura de la federación norteamericana, en realidad la unidad de la nación ha estado salvaguardada por la estructura presencial, a escala federal y estadual, de los dos únicos partidos que pueden llegar al poder: los demócratas y los republicanos. La presencia de estos dos grupos hasta en el último rincón de Estados Unidos es una garantía de unidad. En ese país no existen, al contrario que en España o en otras naciones, partidos importantes que propenden a la secesión de una o de más regiones del país. Por añadidura, Estados Unidos cuenta con un aglutinante que usan con profusión los dos partidos nacionales cuando ocupan el poder: La llamada Cláusula de Comercio. Por medio de esta herramienta constitucional, el Congreso, es decir la Federación, a través de su poder legislativo, tiene la facultad de regular el comercio con las naciones extranjeras. ¿Qué ha pasado? Que, como señala Romeu, desde aquellos momentos fundacionales el poder central, con la inapreciable ayuda del Tribunal Supremo, ha ido hinchando la noción de “comercio”, de forma que cada vez más conceptos de la acción gubernamental han sido y son comercio. Este mecanismo ha funcionado, como nos recuerda el autor, como un reforzamiento sistemático del poder de Washington frente al respectivo de los estados.

Una de las características que hacen de Estados Unidos un país peculiar en nuestro tiempo es la influencia de lo religioso en la política. Ya dijo el principal padre fundador y primer presidente, George Washington (1789-1797), que “es imposible gobernar rectamente al mundo sin Dios y sin la Biblia”. Con todo y como reconoce Jorge Romeu, la cuestión es compleja. Desde un punto de vista legal, la I Enmienda a la Constitución prohíbe que el Estado tenga una religión oficial y garantiza el libre ejercicio de las creencias religiosas. Y, sin embargo, estamos ante un país profundamente cristiano y los políticos –no sólo Trump- utilizan conceptos religiosos o expresiones ligadas a las creencias cristianas en todas sus manifestaciones, en especial, cuando están en campaña electoral. Y es que son conscientes de que esos instrumentos oratorios llegan con facilidad al corazón de una gran parte de sus potenciales electores. ¿Por qué? Quizás porque Estados Unidos se mantiene en lo fundamental como un país de idealistas y que, en este caso, asumen y practican los ideales cristianos, sea la iglesia o secta que sea. En cierta ocasión, otro presidente norteamericano, Woodrow Wilson (1913-1921) se defendió de la acusación de ser idealista, sentenciando: “Bien, de esta manera sé que soy estadounidense”. Pues, amen.

Por lo que se refiere al porte de armas, creo que es una cuestión que guarda una relación íntima con la de la pena de muerte. Es evidente que tanto la una como la otra, en el contexto de la civilización occidental que caracteriza a Estados Unidos, llaman como poco la atención del observador. En particular si admitimos, como no puede ser de otro modo, que la norteamericana es una sociedad occidental avanzada. No obstante, no existe hoy país occidental que permita el libre porte de armas, ni que contemple la pena capital dentro de su ordenamiento jurídico-penal; decía Martin Luther King que “Estados Unidos es el mayor exportador de violencia en el mundo”. Es exagerado. Pero es cierto que Estados Unidos consiente armas y pena capital y ese es rasgo que a juicio de nuestro autor y del observador imparcial, le caracteriza. Con todo, hay que intentar comprender la lógica oculta porque, a mi juicio, una explicaría la otra. Consentir que el común de los ciudadanos pueda portar armas implica, de algún modo, tolerar el ejercicio individualizado de la violencia. Y es evidente que, en el marco de esa mentalidad, la manera más adecuada de combatir esta violencia, manteniendo el libre porte de armas de fuego, es castigando su uso ilegítimo y/o desmedido con la pena de muerte. El dato que nos da Romeu es revelador al respecto: sólo 19 estados, más el Distrito de Columbia, han abolido la pena de muerte.

Esta realidad, consustancial a la esencia estadounidense, no nos debe llevar a menospreciar ni mucho menos a burlarnos de esa sociedad; tampoco a acusarla de primitiva. Todo lo contrario, porque los estadounidenses viven sumidos en un constante debate sobre lo que es y lo que debe de ser, en el marco de un ejercicio de plena y absoluta libertad de expresión, sagrada en ese país, como Jorge Romeu nos recuerda a lo largo de su libro. Y ello sí caracteriza de modo indeleble al que, desde mi punto de vista, es uno de los sistemas democráticos más avanzados y evolucionados del mundo. Porque como destacó el presidente Harry Truman (1945-1953), “no debemos temer la expresión de las ideas sino su supresión”. Y Estados Unidos está lejos, muy lejos de esa liquidación, con libre porte de armas o con su prohibición; con pena de muerte o con su abolición.

La nómina de diplomáticos españoles que se desempeñan en el ejercicio del intelecto, más allá de sus funciones profesionales, es amplia. Tras la publicación de este libro, Jorge Romeu se ha convertido en uno más de ellos. Desde aquí le animo a persistir en esa senda personal enriquecedora.

*El autor es diplomático español

Doctor en Historia de América

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