ANALISIS

Los cines de la parte alta de Santo Domingo

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Por Guillermo Sención Villalona

El arte cinematográfico en esa época era algo extraño para mucha gente, ya que estaban descubriendo algo mágico, impactante, viendo personajes moviéndose, dialogando.

El tema de los cines que funcionaban en la parte alta de la ciudad de Santo Domingo en los años del 50 al 80 del pasado siglo tiende a convertirse en nuestros días en algo muy curioso,  en vista de que las nuevas generaciones desconocen  esa historia y muchos ni saben que esas salas estaban allí, en la parte norte de la ciudad.

El que visitaba esos locales se encontraba metido en dos mundos muy parecidos: el sitio como tal, con sus singularidades, con un ambiente combinado entre macondiano y kafkiano, muy parecido a la ficción, y la fantasía, representada por la película.

El arte cinematográfico en esa época era algo extraño para mucha gente, ya que estaban descubriendo algo mágico, impactante, viendo personajes moviéndose, dialogando; podían oír los sonidos de los disparos y del choque de  metales de las espadas. Era  la aparición de algo curioso, incluso creo que algunos no habían visitado esas salas siendo niños.

Los llamados cines de tercera clase, respondían en su funcionamiento, estructura y aspecto físico a un mismo esquema. Aunque visité la mayoría de ellos, cuando pienso en el tema me llega a la memoria el  Montecarlo (antiguo Gigante), el cual tomaré de referencia en estas notas, debido a que fue el que más frecuenté, dada su cercanía con mi casa.

Cartelera

La programación de las películas era publicada diariamente en las carteleras de los periódicos, con fecha y hora. Las que estaban en cartel salían por una semana o más en esos diarios, dependiendo de la aceptación del público. Si mal no recuerdo, esas programaciones figuraban  al final de la cartelera, separadas de las correspondientes a los cines de primera y de segunda clase.

Horario

De lunes a sábado se proyectaban dos cintas “doblete”, en una función, empezando a las 7:00 de la noche, hasta pasadas las 11:00, al precio de 35 centavos y los domingos estaba el llamado matiné, donde pasaban una, iniciando a las 5:45 de la tarde y finalizando alrededor de las 8:00 de la noche, a 15 centavos.

Películas, directores y temáticas

De lunes a sábado podían verse filmes de todo tipo, desde un clavo (película mala) o una buena, hasta una realización considerada por la crítica especializada como obra maestra de la cinematografía.

Era común que se anunciaran las llamadas películas de espadas, ambientadas sobre todo en el imperio romano; series basadas en biografías de héroes de la historia o la ficción, como Espartaco, Ivanhoe, Cleopatra, Calígula, Atila, así como recreando las ciudades de Roma, Pompeya y Cartago, que servían de telón de fondo. Estaban también las vaqueradas, con sus caballos y jinetes (vaqueros e indios). Luego, a partir de los años setenta llegaron e hicieron furor entre los jóvenes, los filmes de karate. Las de la saga de James Bond no faltaban.

Allí podían verse también en tanda nocturna excelentes filmes europeos de afamados directores como Buñuel y Truffaut y los que conformaron el llamado Neorrealismo Italiano: Fellini, Visconti, Rosellini, Pasolini, De Sica, Antonioni, entre otros. También estaban al alcance de los cinéfilos las mejores producciones del cine norteamericano y latinoamericano.

Me cuenta mi hermano Andrés que no pasaban superproducciones y que cuando lo hacían era porque ya habían sido estrenadas en las salas de primera clase o en algunos de los de segunda.

Ventanilla para venta de boletas

Para obtener una taquilla había que participar en algo parecido a una pequeña batalla. Llegar a la ventanilla de la cajera, forrada con hierro y con un espacio debajo en forma de media luna, para el intercambio de dinero por boleta de entrada, era una verdadera odisea.

Cuando por fin uno se acercaba a la boletería, se encontraba con que la fila estaba bifurcada, con unos cinco, siete compradores empujándose entre sí, intentando, a un mismo tiempo, obtener el deseado cartoncito. Si se armaba un lío, que era algo normal, entonces había que salir huyendo y hacer la fila de nuevo. Hacían mercado negro y vendían taquillas falsas, de películas ya presentadas y usadas en otros cines.

Puerta de entrada

Era un portón que presentaba la clásica  estructura en hierro usada en la época para las tiendas y negocios de cierta importancia.

Una vez obtenida la boleta, había que cruzar un pasamano de hierro, como el de los grandes estadios de béisbol del país.

Al portero del Montecarlo le decían Cayayo y recibía las entradas   balanceándose debido a un jumo, que en él era permanente, pero nadie se le pasaba sin entregarlas porque tenía en las manos una vara que movía en forma amenazante.

En una reunión con el manager de nuestro equipo de pelota, Yo Pepe o Pepén, para sorpresa de todos, nos dijo que él no pagaba en el Montecarlo, y lo explicó así: “Pensé entrar sin pagar y me detuvieron; entonces me paré frente a la puerta y observé a algunos que llegaban y entraban como si se dirigieran a su casa, sin mirar a los lados, solo de frente. Entonces detuve a uno y le dije a Cayayo que si el tipo entraba, yo también. A partir de ese día, yo no pago. Háganlo así”.

Lo que pasaba era que había una especie de clave entre el portero y algún amigo que le enviaba gente en secreto, como favor o negocio. Llegamos a usar con éxito esa técnica.

Algunos vivos se presentaban en la puerta diciendo que ya habían pagado, que habían salido a comprar algo, lo que ocasionaba una discusión con el portero.

Vendedores

Cuando se cruzaba la puerta de ese cine, lo primero que se veía era, a mano derecha, a una señora que sufría de elefantiasis en sus piernas y que administraba una paletera. Casi siempre se le compraba algo.

Los asistentes tenían a su disposición, tanto fuera como en el interior del cine, una amplia gama de ofertas para contentar el estómago: friquitakis, palitos latigosos, arepas, maíz hervido, maní tostado, jalao, naranjas, mandarinas, gofio, pastelitos, masitas. También vendían billetes y quinielas (en las manos o en los llamados burros).

Normalmente antes de entrar a la función se compraban o intercambiaban paquitos con los que tenían puestos de ventas. Los maniseros prevalecían en el interior del cine, se paseaban por allí sobre todo antes del comienzo de la película, igual que los limpiabotas.

Estructura física en general

Esos cines eran amplios y tenían una gran inclinación en el piso. Sin excepción, no tenían techo en el 90% de su espacio. Solo a la entrada había una parte pequeña techada con zinc y luego iba hasta la pantalla un cielo abierto y altas paredes en block, casi siempre sin empañetar, pero pintadas.

El Marlboro era atípico porque la pantalla estaba colocada a la entrada, es decir, el asistente entraba por detrás de la pantalla y se encontraba con el público sentado de frente, mirando la película y a todo el que llegaba; entonces se integraba y procuraba su asiento dejando la pantalla detrás.

Pantalla

Como muchos de los cines fueron construidos para también hacer teatro, tenían un amplio proscenio y un buen espacio libre antes de la primera hilera de asientos. La primera vez que me acerqué a la gigantesca pantalla blanca del Montecarlo, antes del comienzo de la película, la toqué con curiosidad, pensando en las impactantes imágenes mágicas que se posaban allí. Luego vi que otros hacían lo mismo.

Andrés me comentó que era común que antes de iniciar la película, el proscenio fuera utilizado como escenario para bailar rock and roll y hacer payasadas y que un tal Ricardo Reyes, alias Costillitas, era uno de los principales bailarines de esos improvisados elencos. Esa parte no la conocí.

Asientos

Los asientos eran los mismos que se usaban en los parques, fabricados de láminas de hierro pintadas de verde. Eran cómodos y amplios, pero al ser de hierro llegaba un momento en que se sentía su dureza. Algunos preferían, antes del comienzo de la función, para ganar tiempo, sentarse en el espaldar, colocando  los pies  en el asiento. Otros lo hacían después de empezada, cuando se cansaban de estar en la misma posición, pero eso provocaba que los de  detrás no vieran la película y comenzaran a protestar y a lanzar insultos que podían terminar en peleas.

Antes de sentarse había que revisarlos, percatarse de que no tuvieran sucios. Fueron muchos los que salieron de allí con un Chicle pegado en la camisa o en los pantalones. También era posible sentarse y ensuciarse con un cacaíto dejado en un asiento con ese fin o encontrarse con que habían puesto fogaraté, nombre de una planta cuyo polvillo provoca una picazón intensísima al contacto con la piel; algo insoportable. Era que muchos jóvenes asistían con la idea de hacer bellaquerías, de molestar a los demás.

Horizontalmente había   tres filas, la del medio, mucho  más amplia. Los dos pasillos entre las filas eran anchos, uno podía moverse con facilidad.  Verticalmente iban desde el comienzo de la parte techada hasta unos cinco metros antes del proscenio, con suficiente espacio entre ellas.

Algunos preferían asistir con su propia silla o un cheilon (sentían la sensación de estar en la playa) y se colocaban en uno de los pasillos o delante de las sillas que estaban frente al proscenio, lo que les dificultaba disfrutar de la cinta, por la cercanía con la pantalla. Otros llevaban cojines o hasta almohadas, para estar cómodos.

Público asistente

En un 94% estaba representado por hombres; las mujeres eran pocas y podían verse algunos niños los domingos. Era gente humilde procedente de  los barrios aledaños a la sala, perteneciente a la clase media en todas sus subdivisiones de clase. Era común ver rostros repetidos, asistentes asiduos, sobre todo en las tandas de domingo.

Podía aparecer un hombre “serio” al que los demás observaban sorprendidos y con mirada escrutadora porque no entendían qué hacía esa persona allí, en ese ambiente de alucinados. También alguno que para llamar la atención llevaba un saco negro, viejo, arrugado y una corbata. Otros iban a estrenar sus camisas o pantalones o a mostrar llamativos tenis de moda, como los Converse blancos y negros, altos y bajitos; también gorras, sombreros, chancletas, pantalones cortos y camisas sin mangas. En fin, la gente vestía como le diera su gana en ese espacio informal y lleno de libertades.

Ambiente antes de la función

Algunos asistentes con algún nivel cultural,  antes de que empezara la película, para no perder el tiempo, se  leían paquitos, novelitas de vaqueros,  revistas, como Selecciones, el Almanaque Bristol y periódicos. También llenaban crucigramas.

En los días de Navidad eran disparados en plena sala todo tipo de petardos, como cohetes y torpedos. En las fechas de carnaval entraban diablos cojuelos a darles vejigazos a los más pequeños.

Peleas

Era muy difícil que antes de empezar la función no pelearan a los puños y patadas, dos y hasta cuatro de los asistentes. El público comenzaba a disfrutar del espectáculo y a vocear: ¡Dale, dale, dale, mátalo, cómetelo, ahórcalo…! y terminaban con camisas rotas, un zapato menos, contusiones diversas, un ojo abollado, entre otras bellezas.

A veces las peleas servían como un preámbulo, un entretenimiento antes del inicio de la película, como si se tratara de un cantante de contraparte en un espectáculo.

Muy raras veces sacaban a los peleadores; simplemente la pelea terminaba, eso pasaba y seguía todo normal. Se comentaba y analizaba quién y por qué ganó, y pronto se olvidaba. Ocasionalmente bajaba la policía a la escena del rebú y no era del agrado de los bullosos, que le hacían un tremendo ¡Buuu!

Piedras y botellas

Como los cines eran al aire libre, era normal que antes y durante el desarrollo de la película empezaran a caer piedras y botellas lanzadas por inescrupulosos, que podían ser vecinos del sector o alguien que pasara cerca del área. El público se enteraba cuando oía el sonido que producían las que caían en el zinc. Alguien voceaba ¡pieeeedrasss, corran, botellas! y empezaba el corredero, buscando la parte techada o las paredes laterales. Algunos se sentaban en esos laterales para protegerse.

Muchos vecinos de los barrios se preguntaban cómo la gente asistía a un cine donde tiraban piedras y se armaban líos; no podían creerlo.

El Cinzano era el único que tenía una supuesta protección, que consistía en una malla ciclónica. Eso era lo primero que llamaba la atención del visitante porque había unas piedras y botellas que permanecían atrapadas por la malla.

Comienzo de la película

Como el cine no era techado y la película empezaba en la tarde, al principio no se veía absolutamente nada, ni los subtítulos, hasta que oscurecía, como media hora después del inicio. Se sabía que había comenzado por la banda sonora y los diálogos, que eran casi siempre en inglés, un idioma que nadie entendía, pero se desconocía totalmente lo que estaba ocurriendo; sí se sabía que estaban pasando los trailers o avances de las próximas funciones y se aplaudía fuertemente cuando se entendía que ya empezaba la película esperada.

El sonido, los diálogos y los aplausos del público se escuchaban claramente fuera de la sala, en la avenida donde estaba ubicado el cine y en los patios y caseríos aledaños.

Poco a poco empezaban a verse las escenas y cuando por fin se veía todo, entonces había que hacer un ejercicio de imaginación  para saber lo que había ocurrido cuando empezó la cinta. Algunos se iban a la casa sin haber entendido la película, por no haber visto el comienzo.

En medio de la función se veían las llamas de los cigarrillos encendidos. Había fumadores que cuando el cigarrillo se estaba consumiendo, lo lanzaban de fly a cualquier parte, arbitrariamente, para que se le pegara a alguien. Podía verse a la gente bajando la cabeza para evadirlos. Otros se comían la naranja o mandarina y tiraban el bagazo hacia los asientos que quedaban delante. Cualquier cosa podía ir viajando y pegársele a una persona. Algunos llevaban tirapiedras. Estas acciones eran las causas de muchos pleitos.

A veces destapaban un peo químico, consistente en una botella con una mezcla de cebolla, ajo, huevos podridos y otros ingredientes, según el criterio del chef o el químico que lo elaboraba.

Algunos se orinaban desde los asientos y los de adelante tenían que levantar los pies o cambiar de posición, ante el mal olor. Podía irse un grupo grande para otro sitio, dejar el claro, voceando; entonces los demás se enteraban y comentaban la ocurrencia.

Alguien podía oír en la radio un juego de pelota, en pleno desarrollo de la película. Todo era posible, era un espacio donde la gente se sentía libre de vocear cualquier mala palabra, donde entendía que nadie podía corregirla, ni meterse con ella. Se sentía más libre que en su propia casa.

Si por casualidad la película no era la convencional, sino a blanco y negro o cine mudo, algunos se quejaban y hasta optaban por abandonar la sala, diciendo que eso no servía.

Lluvias, frío y calor

Si de repente comenzaba a llover, se armaba el corredero; venía la desesperación y a pasar hacia la parte techada, lo que provocaba una aglomeración, peleándose todos por un espacio. Otros, los precavidos, simplemente abrían la sombrilla o el paraguas que habían llevado y seguían viendo la película a través de las finas gotas que pasaban delante de sus atentos ojos, ante la envidia de los demás, que a veces les vociferaban sus linduras.

Como las salas eran amplias y abiertas, en los meses de frío había que llevar un abrigo y una gorra, porque el ambiente se hacía insoportable; la brisa se metía con fuerza y se sentía con mayor crudeza si había poco público. En el verano,  si el día era muy caluroso, algunos se quitaban la camisa o se quedaban en camiseta o sin nada.

Interrupciones de la película

Siempre la película se interrumpía, a veces porque no se tenía a mano el rollo siguiente, el que esperaban desde otro cine, de donde lo trasladaban en una motocicleta, no dudo que también en bicicleta. También podía deberse al mal estado de la cinta, ya que muchas veces las proyectadas eran películas viejísimas, que estaban en muy mal estado. En realidad, la mayoría de las interrupciones de debían a breves cortes por el cambio de rollo, algo que aunque tomaba uno o dos minutos, desesperaba al público, que comenzaba a vocear.

Había que estar allí cuando se interrumpía la cinta para saber lo que voceaban los asistentes al que manejaba el proyector. Ese día salía de la sala sin su mamá ni su papá (mandados al diablo). Otras veces, cuando colocaban un rollo nuevo, las imágenes salían al revés, la película adelantada o no había sonido y la respuesta era peor, por ser un error. Se podía oír: ¡Voltéala, idiota, devuélvela, súbela, animal,  no ves, no tienes ojos…! También podía recomenzar con un sonido estruendoso, entonces se oía la bulla: ¡Bájala, estás sordo! Cuando se corregía el asunto, venían los aplausos.

Otro tanto pasaba si alguien llegaba tarde, mientras buscaba un asiento vacío o se ponía a conversar con un amigo, todavía estando de pie, sonaban los pitos y la consiguiente reprimenda cargada de: ¡Mira flaco asqueroso, idiota, sucio, muévete, muévete de ahí, bájate, quítate de ahí, acaba de bajarte, vete pa’ tu casa, tú crees que ta’ en tu casa, tú estás en un cine, loco viejo!

Todo ese veneno de gente boca sucia era recibido con los felices aplausos de un público que agradecía complacido que le quitaran del medio al intruso y mal educado que no le dejaba ver su película, por la que había pagado, quizás con sacrificio, como algún dinero prestado.

Final de la película

Si alguno no entendía la película y abandonaba la sala quejándose, le voceaban: ¡Inculto, analfabeto, eso no es para ti, tú no sabes de cine,  pariguayo…!

Otras veces, cuando terminaba y eran encendidos los bombillos colocados en la parte techada, si el público en su gran parte consideraba que no servía para nada, que era un verdadero clavo, se iba vociferando: ¡Mis cuartos, devuélvanme mis cuartos, ladronazos,  mi dinero, ladrones!

Lo lamentable era que no había respuesta, el dueño del cine incluso podía estar en su casa cenando, sin oír nada de lo que le reclamaban desde una de sus atestadas salas, por ahí, por la parte alta.

Anecdotario

Son incontables los testimonios sobre las ocurrencias que se observaban en esos espacios, veamos algunos:

  • Zamira Sención:

“Hubo un desdichado que comiéndose uno de los famosos perros calientes, al parecer tenía un diente flojo y al morder la salchicha se le resbaló por el piso, y el pobre andaba buscando un foquito a ver si lo encontraba. Anduvo sillón por sillón preguntando si alguien había visto un diente delantero”.

“La cucaracha de Foot Loose, que al parecer la susodicha se pegó en la lente de la cámara y sus antenas se veían danzando en la pantalla, al compás de la música”.

“Hubo un loco que fue al baño, dejó a su mujer sentada y cuando regresó, como estaba oscuro, creyó haber llegado a su asiento pero se había equivocado de fila y asiento y lo primero que le estampó a la mujer fue un beso, recibiendo una galleta sonora, porque era otra mujer”.

  • Andrés Sención:

“Dos cosas que recuerdo:

1- A finales de los años 50s. Cine Alma (luego Cupido).

Normalmente iba al matiné de los domingos a ese cine, ubicado en la entonces Braulio Álvarez, porque era el que estaba más cerca de mi casa. Un día, estando en el balcón del cine, observaba las reacciones de un joven de unos 20 años que decía de manera repetida, mientras veíamos una película de soldados contra indios: ‘Yo vengo porque espero que un día los indios ganen la batalla’. En otras ocasiones las expresiones eran como ésta: ‘Yo espero que un día los bandidos se paren y enfrenten a los protagonistas, para ver qué es lo que va a pasar’”.

2- Un viernes en la noche, llevamos un ‘peo químico’ al cine Montecarlo.

Lo habían hecho Billallo, Lucas  y Rubén, quienes además, lo habían enterrado durante varios días, para que se fermentara más. Ocurrió que el hedor era de tal magnitud que se tornó en insoportable. Ante esa situación, se dispuso que echaran agua para disipar el líquido, pero sucedió que fue peor, porque en lugar de diluirse, lo que hizo fue que se esparció por todo el cine, y al final hasta tuvieron que suspender la película y evacuar la sala”.

  • Tuto Gómez:

“A unos amiguitos míos, Fernely y Roger, les enviaron dos trajes de regalo desde Puerto Rico y fueron al Ketty con ellos. Se sentaron y los colocaron en el espaldar del asiento. Se entretuvieron viendo la película y cuando terminó y procuraron sus chaquetas notaron que estaban llenas de orine y sucias de basura. No pudieron hacer otra cosa que salir echando chipas”.

“Dagoberto  invitó a su amigo El Rubio al Ketty. El Rubio no quería ir porque ya él ya no estaba en eso; esos cines eran de ‘tígueres’. Dagoberto  le aseguró que no iba a pasar nada, que las cosas no eran así, y lo convenció para que fueran. Dagoberto llevó puestas unas sandalias y se las quitó para ver la película. Cuando se iban y las buscó no aparecieron por ninguna parte. Solo dijo: ‘Ay, mis sandalias’. Llegó a su casa descalzo”.

Esos tiempos nos remiten a las buenas páginas de las famosas crónicas de Gabriel García Márquez contenidas en su libro Cuando era feliz e indocumentado.

¡Cuánta nostalgia!

Distrito Nacional

31 de mayo de 2017

Notas:

1-   Algunos de los cines al aire libre:

  • Montecarlo – Antiguo Gigante
  • Marlboro
  • Premier 100
  • Superior
  • Coliseo Brugal – Antiguo Coliseo Ramfis
  • Coloso
  • Cinzano
  • Ketty – Antiguo Satélite y Pidoca
  • Popular
  • Cometa
  • La famosa
  • Trianón

2- Probablemente las películas que presenta el enlace de internet http://listas.20minutos.es/lista/peliculas-ambientadas-en-la-antigua-roma-363671/ fueron exhibidas en su mayor parte en los cines de la parte alta:

Ben Hur (1925/1959)

Espartaco (1960)

Quo Vadis (1951)

Cleopatra (1963)

Calígula (1979)

Julio César (1953)

La caída del Imperio Romano (1964)

Los últimos días de Pompeya (1935)

Julio César, ‘El Conquistador de las Galias’ (1962)

Marco Antonio y Cleopatra (1972)

Golfus de Roma (1966)

El coloso de Roma (1964)

Rómulo y Remo (1961)

La caída de Roma (1962)

Asesinato de Julio César (1970)

Constantino el Grande (1962)

Escipión el Africano (1937)

Escipión el Africano (1971)

Demetrius y los gladiadores (1954)

Satiricón (1969)

Androcles y el león (1952)

Atila, rey de los Hunos (1954)

César y Cleopatra (1945)

El signo de la cruz (1932)

Los siete espartanos (1962)

Puños de hierro: Maciste contra el vampiro (1961)

Poncio Pilatos (1962)

Atila: hombre o demonio (1954)

Cartago en llamas (1960)

Cayo Julio César (1914)

La espada y la cruz (1958)

Una reina para el César (1962)

El hijo de Espartaco (1963)

Bajo el signo de Roma (1959)

La batalla de Germania (1967)

Mi hijo Nerón (1956)

Solo contra Roma (1962)

El retorno de Maciste (1962)

Sebastiane (1976)

El gladiador invencible (1961)

The Arena: Naked Warriors (1974)

Cabiria (1914)

Maciste, el coloso (1961)

Maciste en el infierno (1962)

Las tres edades (1923)

El zorro contra Maciste (1963)

Maciste contra los fantasmas (1964)

Escándalos romanos (1933)

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