ANALISIS

UNA REFLEXION / La importancia de una frase lapidaria

«Yo soy el camino, la verdad y la vida»  es una frase que ha permanecido en la vida espiritual de millones de seres humanos desde hace más de dos mil años.

Hay frases que marcan, que dejan huellas muy hondas en la vida de cualquier persona —artista, escritor, filósofo o persona común—, porque producen cambios o en la manera de sentir o en la manera de pensar de quien se convierte en receptor de ellas, ya sea que las haya leído o que las haya escuchado.

Sí, hay frases a cuyo influjo estremecedor no  podemos sustraernos y que perduran por siempre, incluso en la memoria de los pueblos; frases que por la trascendencia de su contenido, por lo impactante de su concisión, por su solemnidad, deberían ser grabadas en lápidas para que jamás puedan ser olvidadas.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida»  es una frase que ha permanecido en la vida espiritual de millones de seres humanos desde hace más de dos mil años. La dijo Jesús en aquella ocasión en que el incrédulo Tomás le pregunta: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» La respuesta exacta del Maestro fue la siguiente: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me habéis conocido a mí, también conoceréis a mi Padre; y desde ahora le conocéis y le habéis visto» («Libro de Juan»; 14: 6-9, en la Biblia).

El amor —ese sentimiento transformador que convierte en otro a quien lo anida en su pecho, así sea por un instante de su vida— ha sido, en opinión de Lope Vega,  «la raíz de todas las pasiones.» Ha embellecido la literatura y todas las demás artes con su magia trascendente, siendo inagotable fuente de frases que han perdurado por siglos: «Al contacto del amor todo el mundo se vuelve poeta», dice el filósofo griego Platón (427-347 a. d. C.). Otra, del dramaturgo español Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), el de La vida es sueño: «Cuando amor no es locura, no es amor.»

La gratitud ha motivado innumerables frases citables que también han vencido la barrera del tiempo: «La gratitud no sólo es la más grande de las virtudes, sino que engendra todas las demás», opina de ella  Marco Tulio Cicerón (106- 43 a. d. C.). No menos lapidaria es la frase del dominicano Juan Bosch: «La gratitud es flor de virtudes que sólo se da donde hay otras virtudes», la cual guarda una estrechísima relación con la del filósofo arpinense.

Pero hay frases que son interrogantes angustiantes, que nos obligan a reflexionar sobre nuestra leve existencia: «¿Cómo sabéis si la Tierra no es el infierno de otro planeta?», se pregunta el escritor inglés Aldous Huxley (1894-1963). Quizá una de las primeras interrogantes inquietantes en la historia de la humanidad sea la que subyace en la obra edípica del trágico griego Sófocles: «¿Somos realmente libres y dueños de nuestro destino?»  Sócrates nos impacta con otra frase interrogativa: «¿No es la ignorancia más reprensible pensar que uno sabe lo que no sabe?»

Una declaración, una simple y, a la vez, compleja confesión de un hombre puede simbolizar, por su significación existencial profunda, una convicción plural, de la humanidad entera: «Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no me salvo yo», confiesa el filósofo español José Ortega y Gasset. Sólo diecisiete palabras combinadas en una frase y ya tenemos toda una tesis en torno a ese mundo vital en el que coexistimos los seres humanos. A propósito de la circunstancia, el escritor inglés George Bernard Shaw nos dejó como legado otra frase lapidaria: «La gente culpa siempre a las circunstancias; sólo triunfa en el mundo quien se levanta y busca a las circunstancias y, si no las encuentra, las crea.»
Pocas frases hemos leído en nuestra vida de lector de citas citables —desde la adolescencia temprana— que tengan el carácter lapidario de la escrita por el humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) sobre el egoísmo: «Egoísmo: incapacidad de mover un dedo por los demás.» Y Tito Maccio Plauto (254-184 a. d. C.), el dramaturgo latino, al hurgar en la condición humana es más severo en su opinión: «Todos los hombres se aman a sí mismos.»

Una gran mujer, la primera figura de las letras latinoamericanas en obtener el Premio Nobel de Literatura, la poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957), dijo: «No digas lo que piensas, pero piensa lo que dices.» En verdad es una frase certera y concisa, parecida a un manual para evitar cometer esos errores tan comunes en las personas que dicen lo primero que les llega a la mente sin medir las posibles consecuencia de su decir. Más concisa aun es la del filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson (1803-1882): «El pensamiento es la semilla de la acción.»

También han sobrevivido al tiempo frases que son sentencias como dictadas en el tribunal de la Historia: la dicha por Federico Henríquez y Carvajal la tarde del 12 de agosto de 1903 ante la tumba de Eugenio María de Hostos (1839-1903) es una de ellas: «Esta América infeliz que sólo sabe de sus grandes vivos cuando pasan a ser sus grandes muertos.» Fue en el viejo cementerio de la ciudad de Santo Domingo, situado en las proximidades del Parque Independencia.

Cuando se ha de hablar sobre la amistad —sobre la verdadera amistad, sobre esa amistad que colinda con la hermandad más profunda—, es imprescindible citar a un genio de la dramaturgia universal nacido en Stratford-upon-Avon (Inglaterra) en el siglo XVI: William Shakespeare (1564-1616). De él es un sabio consejo contenido en una frase que ha resistido el paso de los siglos: «Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba / engánchalos a tu alma con ganchos de acero.»

Y es que, aunque frágil, la amistad es una de las expresiones más puras del amor. Sólo dos amores la aventajan: el amor materno y el amor fraterno. En ocasiones, iguala a este último. ¿Y por qué suele ser es frágil la amistad? Porque llega y no sabemos cuándo lo hace, y cuando se va no nos damos cuenta en el instante, sino después, cuando ya no es posible salvarla. A veces no nos enteramos de su partida.

Pero como la vida es una permanente equivocación humana ―llena de ironía, paradojas y sorpresas―, muchas veces no nos percatamos de que la amistad en la que creíamos no era más que una ficción y que sólo la vivimos como un dulce sueño de amistad anhelada ―quizá nostalgia de la infancia― y no como una amistad real, fundamentada ―como debería ser― en las cuatro virtudes lógicas propuestas por Henríquez Ureña: «sinceridad, lealtad, gratitud y discreción.»

 

 

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