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Presidente del TSE dice Ley de Partidos no debe convertirse en una “ley parche”

 

Román Jáquez consideró que la democracia se ha ido estructurando lentamente y los partidos no escapan a ello, cualquiera que sea su ideología.

Barahona.- El presidente del Tribunal Superior Electoral (TSE), Román Jáquez Liranzo, sostuvo aquí que si bien es cierto que la ley de partidos no será la panacea definitiva, sí será el inicio del encauzamiento hacia lo que debe ser y que bajo ninguna circunstancia deberá convertirse en una ley parche, que tape debilidades y las disfrace de fortalezas.

Por ello, la máxima autoridad dominicana en materia electoral afirmó que el país necesita de manera urgente una ley de partidos políticos que esté acorde con las exigencias constitucionales, el respeto a los derechos fundamentales y los valores democráticos.

De acuerdo con Jáquez Liranzo, esas prerrogativas sólo pueden garantizarse con instituciones políticas y sociales que las apliquen y protejan.

Citó que la debilidad de los partidos políticos y de los sistemas de partidos en algunos países ha provocado su disminución del espacio público y su sustitución por una práctica basada en candidatos que, fuera de todo cauce disciplinario y programático, ejercen una carrera política autónoma, pero que es una situación que se supera con los avances del respeto a los derechos de ciudadanía y fundamentales.

“El paso de gobiernos autoritarios a sistemas democráticos tiene mucho que ver con la forma en que se ha desarrollado la vida de los partidos políticos”, dijo. “La democracia se ha ido estructurando lentamente y los partidos no escapan a ello, cualquiera que sea su ideología”.

El presidente del TSE ofreció la conferencia titulada “valores democráticos”, como invitado especial en la investidura de cientos de egresados de la Universidad Católica de Barahona (UCATEBA), la cual fue encabezada por el obispo Napoleón Romero Cárdenas, el rector de esa academia, Secilio Espinal Espinal; el rector de la universidad UNASMOH de Haití, Florise M. Dossos; autoridades civiles y representantes de los distintos sectores sociales de la provincia.

Jáquez Liranzo dijo que la nación tiene que retomar y fortalecer los valores democráticos, porque “solo con el fortalecimiento institucional, que implica que se cumpla la ley y que las reglas no sean transgredidas, se puede crear el ambiente oportuno para que florezcan esos valores que nos llevarán al sendero de la consolidación como país”.

Tras destacar el papel de las instituciones en la creación y preservación del orden, afirmó que los partidos políticos dejarían en el vacío las nociones de libertad, igualdad, justicia, tolerancia, disidencia y participación, en caso de que, como estructuras sociales, no protejan esos valores.

Dirigiéndose a los nuevos profesionales, Jáquez Liranzo dijo que en primer lugar son personas comprometidas, porque que completaron un ciclo de capacitación, se lanzaron a perseguir y la alcanzaron, y que en segundo han aprendido a ser y a hacer, y que en ese sentido son ciudadanos más capaces a favor de sus familias y de sí mismos.

“Cada uno de ustedes son andamios importantes para acudir con propiedad al llamado de la consolidación democrática y es necesario que abracen los valores de la democracia y contribuyan a su expansión”, sostuvo el presidente del organismo electoral.

Destacó que la igualdad, la libertad, la responsabilidad y la tolerancia, son condiciones absolutamente necesarias sobre los que se sustenta el Estado de Derecho, y que un valor democrático imprescindible es la participación y que por eso siempre hay que votar conscientemente.

Publicamos el texto íntegro de la conferencia dictada por el magistrado Román Jáquez Liranzo:

 

Distinguidas autoridades y apreciados graduandos:

Es un honor estar frente a ustedes. Hoy se invisten con una nueva calidad, con esa distinción representada en su título de profesionalidad que, en lo inmediato, me permite resaltar 4 valoraciones, en el preámbulo de una disertación que he denominado: los valores democráticos.

En primer lugar, que por haber completado un ciclo de capacitación de varios años son personas que se lanzaron a perseguir una meta, recorrieron el camino y la alcanzaron, supone que son personas comprometidas.

En segundo lugar, se intuye que, unido al compromiso, son individuos que adquirieron competencias cognitivas, es decir, saben; competencias procedimentales, o sea, saben hacer;  y competencias actitudinales, que se traduce en saben ser. Esto les convierte en ciudadanos y ciudadanas más capaces a favor de la sociedad, de sus familias y de sí mismos.

En tercer lugar, también afirma ─o al menos el esfuerzo realizado por ustedes lo lleva implícito─  que tienen fe en su país; fe en los sucesivos presentes en que caminaron durante estos años, fe en la institución que los cobijaba, fe en un futuro que haga útil lo allí adquirido.

Por último, la distinción que hoy los engalana también nos habla de que es precisamente de ustedes que más se espera, que más espera esta democracia que juntos estamos llamados a fortalecer.

En ese sentido, para asumir que cada uno de ustedes son andamios importantes para acudir con propiedad al llamado de la consolidación democrática, hay que sostener primero que su compromiso, su capacidad, su fe en el presente y la apertura esperanzadora que representan, no son por si solos suficientes. Es necesario abrazar los valores de la democracia y contribuir a su expansión.

A la vez, antes de abordar  la sustentación de esta idea, debemos reconocer que los valores democráticos son solo un grupo de los valores políticos que en diferentes formas  se nos presentan. Así los politólogos, cuando hablan de valores políticos, no les asignan de inmediato un contenido positivo.

Por valores podría hacerse referencia a un conjunto de actitudes que se consideran convenientes desde determinado punto de vista. Si resulta que esas actitudes son indispensables o favorecen la vida democrática, se trata efectivamente de valores democráticos.

En este contexto hablamos de esas competencias actitudinales citadas anteriormente, esas que, ahora les aclaro, no solo se expresan en el saber ser, sino también en el saber estar, el saber convivir en sociedad.

Citemos algunas de estas actitudes.

No hay otra forma de empezar que aludiendo a los valores de libertad e igualdad. Dos elementos que en la democracia representativa constituyen supuestos de fondo, sin los cuales es imposible ejercer ciudadanía.

Igualdad implica que la vida, las preferencias y las necesidades de cada uno son iguales ante el Estado y este no puede proteger o favorecer los de unos discriminando los de otros.

Libertad implica que cada quien es el mejor juez de lo que le conviene. Por tal razón, el Estado debe propender a crear las situaciones donde el ciudadano ejerza su libre albedrío, siempre y cuando ese ejercicio no se oponga a la libertad de otros.

Ciertamente, muchas veces, a lo largo de la historia igualdad y libertad se han planteado en una falsa oposición, pero con más intensidad se afirma que se complementan. El debate ─cuando no tiene su origen en una desviación de los conceptos─ raras veces se centra en poner en duda este fortalecimiento mutuo entre la una y la otra, sino que las controversias surgen a la hora de debatir sobre los medios para conseguir cada vez mayores niveles de libertad, sin descuidar la igualdad; o a la inversa, cómo reducir la desigualdad social sin repetir los ya conocido experimentos fallidos que únicamente conducen momentos autoritarios.

De esta relación entre libertad e igualdad, para que exista una y exista la otra, se desprende un largo catálogo de condiciones necesarias sobre los que se sustenta el Estado de Derecho. Condiciones que, verificadas con suficiente regularidad e internalizadas en los ciudadanos, constituyen verdaderos valores democráticos.

Por ejemplo, una tercera actitud es la responsabilidad, este principio  nos dice que cada quien debe responder por los actos que libremente ha llevado a cabo. Este lineamiento  obviamente lleva añadido el afamado principio de justicia, que es “un principio moral que lleva a dar cada uno lo que le corresponde o pertenece”.

Otro valor ineludible es la tolerancia. La tolerancia como actitud cotidiana que nos lleva a escucharnos mutuamente y respetar las posturas contrarias. Aunque a veces somos tolerantes, por no ser conflictivos, con conductas impropias e intolerantes en reconocer derechos (como la disidencia). Se debe tolerar lo bueno y no tolerar lo malo, todo en la firmeza de la justicia. Entre lo bueno y lo malo, se dirá, hay mucho de subjetivo; lo que es bueno para alguien puede ser malo para otro;  empero, es sencillo, solo hay que reconocer los derechos humanos.

La tolerancia es el germen del pluralismo político y solo a través de él toman sentido nociones como el valor del consenso; entendido aquí no como mera tendencia a pactar fuera de los trajines de la contienda, ni mucho menos como aproximaciones a la unanimidad, si no como voluntad para llegar a acuerdos y respetarlos.

¿Por qué la tolerancia y el pluralismo de ideas son importantes?

Pues como afirmara Sartori, solo el disenso y el encomio al disenso son el camino al consenso verdadero. Cuando un acuerdo no es precedido por un debate abierto de ideas, lo que se tiene es una pantomima de acuerdo, donde probablemente la mejor solución, la más óptima, puede haber pasado desapercibida o, en todo caso, el compromiso de los participantes es solo aparente.

Suele ocurrir que algún  poder imponga una decisión sin el debido consenso de otros actores involucrados, y se estima que eso es lo correcto porque lo ha decidido un poder legal. Podría ser legal, pero ¿es esa posición socialmente legítima? Estimo que no. A pesar de su legalidad, estaríamos frente a una imposición.

Otro escenario es la apatía en la toma de decisiones que asume, reiteradamente, el soberano, el pueblo.

El poder de pocos lo otorgan algunos para que nos manden a todos.

Esos otros que no se involucran, normalmente desconfían, pero no en la democracia ni en sus valores, quizás así lo crean, la verdad es que se apartan de los que hacen una democracia, realmente, sin valores.

Con lo anterior es menester decir que un valor democrático imprescindible es la participación. Hay que participar. El voto consciente es un esfuerzo ínfimo que la sociedad demanda de nosotros. Votar por la convicción de que el depositario de dicho voto es la opción que se confía, que será la más coherente y responsiva frente a las necesidades sociales que tiene un poder transformador casi ilimitado. Si muchas veces no es así en la práctica, no es porque lo que hemos llamado voto consiente, sino porque ─en el comportamiento electoral─ demasiadas veces el voto responde a malsanas motivaciones o antepone lo individual o grupal al interés nacional.

Entonces, sí, los valores son la vía más eficaz al desarrollo económico y democrático. Los valores trazan pautas más eficientes que cualquier legislación y ninguna legislación es efectiva si todos los valores de los ciudadanos se le oponen.

Ahora bien… ¿y los valores de actores del sistema democrático como son los partidos políticos?

El profesor  Manuel Alcántara de la Universidad de Salamanca, España, en una conferencia titulada “El escenario político latinoamericano a la luz de los procesos electorales en el 2014-2015”, coordinada por la Universidad Católica Santo Domingo y el Grupo Santo Tomás Moro que preside Monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio, dictada en el mes de marzo de 2016, considera que la debilidad de los partidos políticos y de los sistemas de partidos en algunos países ha llevado a su casi eliminación del espacio público y su sustitución por una práctica basada en candidatos que, fuera de todo cauce disciplinario y programático partidista, ejercen una carrera política autónoma.

Pero todo esto forma parte de un  proceso que va superándose con los avances del respeto a los derechos de ciudadanía y a los derechos fundamentales. El paso de gobiernos autoritarios a sistemas democráticos tiene mucho que ver con la forma en que se ha desarrollado la vida de los partidos políticos. Recordemos que la democracia se ha ido estructurando lentamente y los partidos no escapan a ello, cualquiera que sea su ideología.

Incluso, en la clasificación de los partidos políticos Strom en: 1) orientados a los votos; 2)  orientados a las políticas;  y 3) orientados a los cargos, estos parecen no distar de la realidad de muchos partidos hoy en día, independientemente de las distintas críticas doctrinales al esquema del politólogo noruego.

El partido que busca políticas se corresponde con la imagen de lo que muchas personas piensan debe ser un partido en una democracia liberal. El partido que busca votos tiene como máxima prioridad el ganar elecciones, las políticas y los debates programáticos no están excluidos, sino que son manipulados para maximizar el apoyo electoral.

Por su parte, el partido que busca cargos aspira a llegar al poder principalmente con otros, bien para sobrevivir, para actuar como un estabilizador o proveedor de equilibrio dentro del sistema o, lo que es más probable, para lograr el acceso a las subvenciones. (Wolinetz, 2007). La realidad dominicana no escapa a ello, pues podemos asegurar que los partidos políticos deambulan incesantes en esa tríada.

Por su parte, el profesor Alcántara (2016) plantea que el mecanismo institucional que impone el presidencialismo, así como el fenómeno ampliamente asentado de la personalización de las campañas electorales, junto con el deterioro de la confianza en los partidos por parte de la sociedad, es parte de las debilidades.

Considero que es cierto, la ley no es la panacea definitiva, pero sí el inicio del encauzamiento hacia lo que debe ser. Se hace necesaria una ley de partidos políticos, es más, se hace urgente, pero una ley que esté acorde a las exigencias constitucionales, al respeto a los derechos fundamentales, a los derechos de ciudadanía, a valores democráticos. No una “ley parche” que tape debilidades y las disfrace de fortalezas.

Entonces, si al principio señalé que para acudir al llamado de la consolidación democrática, el compromiso particular, la capacidad y la fe en el país necesitan acompañarse de valores, la única forma que justifica sentirse esperanzado respecto a la expansión de estos es el fortalecimiento de las instituciones formales.

Por instituciones nos referimos a pautas de comportamiento cuya inobservancia implica una sanción, entendiendo sanción en sentido amplio, donde el sancionado padece un efecto indeseable. Normalmente hablamos de instituciones formales cuando las reglas que rigen las interacciones entre los hombres y mujeres están escritas y la sanción es competencia de una autoridad que goza de legitimidad en el ámbito en cuestión.

En ese orden, las instituciones moldean las interacciones entre particulares y de los particulares con el Estado; las instituciones crean orden. Volátil y vacía serían las nociones de libertad,  igualdad, justicia, tolerancia, disidencia, responsabilidad, participación, solidaridad, si lo que se habla es de un desorden que nos afecta igualmente a todos; habría que colegir, en este escenario, que ninguno de estos valores estaría garantizado en una entidad, en un partido político, en fin en estructuras sociales que no los apliquen y protejan.

Distinguidos presentes, para hablar de valores democráticos sin que esto sea reiterar obviedades, o sentarnos a esperar a que las cosas pasen o, incluso, suspirar en un abrazo a peligrosas aventuras sin orden,  es hablar de institucionalidad. Solo el fortalecimiento institucional ─que implica que se cumpla lo que dice la ley, que las reglas de juego no sean transgredidas por ambiciones personales─ crea el ambiente oportuno para que florezcan valores democráticos, estos, que en última instancia nos llevarán al sendero de la consolidación como país.

Pero, no faltará alguien que replique ─con mucha razón─ que las instituciones son motorizadas por hombres y mujeres, hombres y mujeres que abrigan actitudes democráticas y otros no tan democráticas.  Podríamos nadar así en las turbias aguas del pesimismo paralizador que dibuja un círculo ante el que no tendríamos más instrumentos que la espera.

Sin embargo, como señalamos al principio, ustedes graduandos se invisten hoy con un título que afirma ser ciudadanos más capaces y, por tanto, de los que se espera más. Este “más” no implica necesariamente el camino de la política como profesión. Más importante, entraña que no solo sean personas con valores democráticos ─que los lleven a cumplir la función que les toque con responsabilidad y apego a las instituciones, como estamos comprometidos nosotros a hacerlo frente al Tribunal Superior Electoral─ sino que además conlleva la más noble de las participaciones: la de exigir, vigilar, fomentar y esparcir institucionalidad.

Implica reconocer que buenas leyes nunca serán condición suficiente, pero son una condición necesaria. Implica no irrespetar la autoridad simplemente porque no favorece mi interés inmediato en un momento dado.

En definitiva y permítanme hasta cierto punto repetirme, la consolidación democrática a las que ustedes están llamados a contribuir no solo implica abrigar los valores adecuados, bajo el razonamiento de que si todos enarbolamos dichos valores se conseguiría el objetivo.

Ello implica que seamos soldados activos en la lucha,  aplicando, de manera transversal:

  • el saber su profesión,
  • el saber hacer en su profesión,
  • el saber ser humano,
  • y el saber estar, el convivir en democracia,

..no solo en toda su vida social o política, sino, sobre todo, y con énfasis marcado,  a la vida como abuelos, padres, hijos, nietos y esposos, en resumen…. a la vida en familia, que es donde nacen, al fin y al cabo, todos los valores.

 

Muchas gracias. Éxitos y bendiciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

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