ANALISIS

De héroes policiales, asesinos desalmados y críticas irresponsables

Por: Valentín Medrano Peña
Las redes sociales dominicanas  se tiñeron de sangre y luto desde el día 24 de enero. No bien salimos de la festividad por el triunfo oriental en la pelota quisqueyana, dos vídeos muestran la vileza humana en su máxima expresión.
En el primero, unos policías motorizados persiguen a unos jóvenes, delincuentes o no, desobedientes a la autoridad, y en una intercepción que lograron cruzar ilesos a toda velocidad, los huidizos jóvenes, quizá amparados por el remanente de la festividad de la virgen dos días antes. Misma suerte no tuvieron los policías, que fueron colisionados por una camioneta, yendo a parar a una esquina de la intercepción aparentemente muertos.
En el otro, un señor cruza por el frente de varias personas y varios maniquíes apostados en la parte frontal de una tienda y machete en manos prácticamente le corta la cabeza a un joven que apaciblemente interactuaba con su aparato celular, nadie pudo impedir que éste, sigilosamente y con un designio fatalista segara esa vida.
Por suerte existen esos vídeos, para retratar la imposibilidad de los más próximos de evitar los hechos luctuosos. De no existir los vídeos serían estadísticas retenidas en las esquelas noticiosas que aumentarían la percepción de inseguridad y de violencia.
Y no es que no lo sean, sino que son hechos nacidos uno del azar y lo fortuito, otro de la voluntariedad particular; pero ambos, en el discurso equivocado, y visto fríamente como estadística, mueve a la crítica, las exigencias y el reparto injusto de culpabilidades.
En el segundo hecho, nada podría hacer el Director de la Policía, el Ministró de Defensa o el señor Presidente para impedirlo. Los condimentos que se fijaron en su psiquis o los que le quebraron convirtiendo en una mente criminal al homicida precedieron en años a los hechos.
Nadie podría prever que el nivel de respuesta de ese descarnado asesino fuera tal nivel de violencia. Solo Dios podía impedirlo, pero por alguna razón que solo él alcanza a comprender permitió que ocurriera.
El otro hecho, que consterna doblemente, pues nos devela el nivel de peligrosidad en que se mueven nuestros agentes policiales, el riesgo constante de sus vidas, el denuedo y la entrega por conseguir mitigar el desorden que no contribuyeron a causar, pues ellos son solo repuestas, y ni siquiera su presencia masiva en las calles puede desalentar ciertas acciones criminales como la del asesino del machete.
Los hechos engrosan las listas y estadísticas de la violencia y la inseguridad, fríos números que no retienen la heroicidad de los abnegados policías caídos en cumplimiento del deber, sino que los suman a fines de engrosar una causal cuestionadora de una u otra gestión policial con el solo interés de sonar o quizá sanar una carrera política en declive.
Es injusto y hasta abusivo que ante situaciones que nacen de actos volitivos separados, que se funden en inconductas y malformaciones y vaciedad formativa se quiera hacer ver complicidad donde no la hay, ni culpar a Dios por permitirlo, al Director de la Policía, porque debió saber qué ocurriría como buen augur de futuro a modo de precrimen, ni a los brujos de San Juan por no haber advertido, ni a nadie que no sea la histórica deuda acumulada de educación en valores y la creación de oportunidades, que por suerte empieza también a mitigarse.

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