ANALISIS

Lucha por el dominio territorial entre el reino de egipto e hitita

 

Por Jhaner manuel Méndez

Dedicado a mis profesores Mariet Espinal y Giovanni Ml. Báez Auffant (UCSD).

 

Los Estados, al igual que los seres orgánicos nacen, crecen, se reproducen y mueren. En consecuencia, están cada día sujetos a una constante lucha por la sobrevivencia. Sobre todo, cuando la posición geográfica en la que asienta a su población no posee los recursos naturales suficientes para suplir las necesidades demandadas. Aun los que sí las tienen conquistan para poseer más. Por eso, en la consecución de mejores condiciones de vida se ven compelidos a emprender campañas hacia otros territorios con superiores riquezas naturales con el propósito de acceder a controlar materias primas.

El desarrollo material de un Estado despertaría las ambiciones de conquista de otras potencias y, por regla general, desencadenaría enfrentamientos bélicos. Por lo tanto, la riqueza de un Estado era el atractivo principal para satisfacer las necesidades de otros que sí podían tener superioridad militar, aunque no de recursos naturales. En el Medio Oriente (siglos XV y XIV a.C.) era de costumbre, casi siempre, que las guerras se hacían para dominar los bienes o rutas comerciales. De hecho, esa necesidad de recursos determinaba el accionar para ensanchar su zona de influencia y, por ende, ejercer control territorial por medio de la imposición administrativa-militar con características propias de un protectorado. Lo anterior explica el porqué de la política de conquista de las mayorías de Estados que, por regla general, tenían la aspiración de adueñarse de fértiles valles y, a su vez, imponer fuertes tributos a los países sometidos. Tal fue el caso de Egipto: durante el imperio medio pasó a ser territorio sometido por los Hicsos y, después de la guerra de liberación, los egipcios sometieron a otros Estados, entre ellos Siria y Palestina. De ahí que, de acuerdo con Potemkin (1966), una de las características principales de las negociaciones diplomáticas en el Antiguo Oriente era anunciar una inminente guerra.

La intención de este breve estudio sobre la historia de la diplomacia en el próximo Oriente Antiguo y Asia Menor; específicamente, entre el imperio egipcio e hitita a partir de la correspondencia de Tell –el– Amarna (siglos XV y XIV a.C.) es presentar las interioridades de los Estados en cuestión, así como la dinámica de las distintas dinastías en el juego de poder y, por supuesto, sus conflictos internos y, de ahí en adelante, proceder a identificar por qué ocurrían los enfrentamientos entre las civilizaciones que florecieron durante la antigüedad. En este caso, el imperio egipcio, ubicado en el próximo Oriente y el imperio hitita en el centro de Asia Menor, en el corazón de Anatolia; y, por consiguiente, dejar en evidencia cómo establecían relaciones diplomáticas y comerciales. Además, es preciso resaltar, que, si en la actualidad conversamos sobre las posibles características de las relaciones que predominaron en esas áreas geográficas indicadas, es gracias a cierto número de documentos que nos permiten interpretar a partir de su traducción el desenvolvimiento económico y militar de los Estados estudiados. Entre esas fuentes están: cartas de índole diplomática, tratados e inscripciones en tablillas de arcillas y otros escritos.

Tal era la importancia prestada a esos documentos oficiales, que la correspondencia diplomática en el Egipto antiguo se trabajaba a cargo de una “oficina especial de asuntos exteriores”. Contaba, a su vez, con una categoría especial de servidores enviados en calidad de mensajeros a naciones asiáticas. Esos archivos demuestran que en aquella época los Estados del próximo Oriente estaban divididos en “reinos y principados”, mismos que mantenían constantes conflictos con el propósito de apoderarse de los bienes materiales de otros principados regularmente como consecuencia de la cercanía territorial y en muchos casos, motivados por las ansias de satisfacer necesidades básicas de sobrevivencia (Potemkin, V.P., y otros. Historia de la diplomacia, de la antigüedad a la guerra franco-prusiana, Ciudad de México. Editorial Grijalbo, 1966).

Los Estados que lograran someter a la naturaleza a través de la aplicación de técnicas de trabajo innovadoras obtendrían resultados superiores en la productividad agrícola. Egipto, por ejemplo, al final del Segundo Período Intermedio (en Menfis) y durante el Reino Nuevo (Tebas), sobresalió en la región por la construcción de sistemas de riego, así como por los instrumentos de trabajo que les permitió aprovechar las aguas del río Nilo, facilitando la extensión geográfica de la agricultura y aumentando la superficie de sembradíos a fin de satisfacer las demandas de alimentos por parte de los 42 nomos (provincias egipcias). El desarrollo de las fuerzas productivas influyó considerablemente tanto en la ganadería como en la industria, lo que provocó a su vez una dinámica comercial favorable para aumentar las arcas tanto de la burocracia estatal (sacerdotes y gobernadores) como las del faraón; y, para responder de manera muy limitada a las necesidades indispensables de la población campesina. Naturalmente, ese avance económico se debió a la mano de obra campesina y esclava. Aunque algunos autores no lo consideren así. Los imperios también luchaban para aumentar su estadística de esclavos, pues el resultado de esa mano de obra representaba el aumento de la producción y la acumulación de bienes (Garaudy, Roger. La libertad. Editorial Lautaro, Argentina, 1958).

En la sociedad egipcia predominaba la doctrina religiosa idealista expuesta por los sacerdotes menfitas y, después por los tebanos, quienes postulaban que el pensamiento y la palabra se manifestaban como realidades divinas. Esa concepción religiosa fue asumida a su vez por la clase política dominante representada por el astuto y sabio sacerdote Ptah-hotep, jefe de todo el aparato administrativo del Estado egipcio. Por consiguiente, estas ideas fueron el fundamento adecuado para la justificación de la desigualdad social, en la que “el hombre que ocupa una posición inferior en la sociedad es malo; el que ocupa una posición superior es valioso y noble”. Ese postulado dejaba claro la actitud del Estado para con sus siervos. Además, especificaba que, si en la sociedad egipcia un individuo quería conservar el bienestar, era preciso obedecer, ser dócil, mantener la tranquilidad. Esto evidencia, en parte, que el cumulo de riquezas de una potencia dependía del sistema esclavista y de los beneficios que dejaba el botín de la guerra. En el caso del botín o despojo de guerra, así está señalado también en la Biblia, por citar un ejemplo, en Deuteronomio (20:14 y Jeremías 50:10). Tal era la costumbre predominante de las naciones de aquel entonces (V.S. Pokrovski et al, Historia de las ideas políticas. Editorial Grijalbo, Ciudad de México, 1966).

Lo cierto es, que no obstante el desarrollo científico y material en el antiguo Egipto la base de las costumbres respondía más a una naturaleza mágico religiosa que a una económica. Esto explica, en parte, la decadencia del poder económico del Estado, y por supuesto la del faraón mismo, ya que venía siendo erosionada desde finales del Imperio Antiguo, conocido como período menfita, cuya capital fue Menfis, situada en la punta meridional del Delta, cerca del Cairo (3100 a.C.). Desde ese entonces el Estado se daba a la tarea de destinar gran parte de la renta nacional al cuerpo sacerdotal menfita para fines totalmente improductivos en términos económicos, aunque el mantenimiento de la práctica del culto sacerdotal representaba la unidad política de Egipto. El único resultado del robustecimiento de los templos se tradujo en el empobrecimiento de la nación, y que por causa de ello, no pudiera responder a sus obligaciones de Estado. En efecto, este sistema de redistribución, por demás corrupto y abusivo, provocó que el imperio acabara en un caos económico, y que dentro del territorio egipcio surgieran principados que frecuentemente se enfrentaban para hacerse con la supremacía y con la autonomía territorial. Esa actitud de mantener el esplendor del culto significó el desmembramiento del poder político y a su vez el ocaso del Imperio Antiguo (entre 2700 y 2185 a.C.), situación que no desperdiciaron los señores de Tebas, quienes se habían adueñado del Sur e iniciaron el período tebano o segundo imperio (3000-1100 a.C.).

Pese a que los soberanos de la dinastía Amenemhet lograron cohesionar las provincias egipcias (2050 a.C.) e incluso desarrollar un gran poderío militar a tal grado de realizar conquistas por Siria, Palestina y los territorios de las riberas del Éufrates, olvidaron las razones que les llevaron a ser los amos de todo Egipto: primero, la nobleza fue minando el poder del imperio; por otra parte, los monarcas concentraron los resortes del poder, no permitiendo que surgieran sucesores. Esta situación dejó a merced las puertas imperiales para que los hicsos –tal como se especificó en el segundo párrafo– ocuparan el norte de Egipto (1578 a.C.); las consecuencias inmediatas afloraron: interrumpieron la expansión y obligaron a la nobleza tebana a pagar tributos. Finalmente, después de la expulsión de los hicsos, Egipto alcanzó un nivel de esplendor inigualable, denominado la época poshicista (1578-1100).

Después de dos siglos de dominación de los hicsos (desde 1730 hasta 1570 a.C.) Tebas resurgió como capital y centro de poder de las dinastías egipcias. Egipto pasó a ser un Estado militar dominado por el ejército. La explicación de este cambio en la estructura administrativa del imperio se debe particularmente, a la amarga experiencia de ser vasallos y luego a la larga guerra de liberación que fue, sin duda la que impregnó a los egipcios de un carácter belicoso, pues de ahí en adelante, se acostumbraron a la guerra, así como a reconquistar territorios por todo Medio Oriente. Restablecieron su dominio sobre Siria, y no tan sólo eso, sino que, Tutmosis I logró someter los diferentes principados de la parte norte, entre ellos el territorio de los pueblos mitani al este del Éufrates. Sin embargo, los soberanos sirios sólo pagaban tributo cuando el poderoso ejército faraónico se presentaba a sus puertas, pero, desde que abandonaban el país dejaban de llenar las arcas egipcias y se preparaban para guerrear. Lo que quiere decir, que esa sumisión nominal de los países periféricos, fue clave en el desarrollo de la dinámica comercial de Egipto. De hecho, en lo adelante, en Siria se instaló el centro de gravedad de la política exterior de los faraones. A Tutmosis I, quien murió en 1495 a.C., le corresponde la gloria de haber posicionado a Egipto en el centro de la cultura oriental (Grimberg, Carl. El alba de la civilización: el despertar de los pueblos. Ediciones Daimon, Madrid, 1979).

El reinado de Hatsepsut y Tutmosis II no elevó la categoría de potencia internacional a Egipto, al contrario, durante esos reinados se desataría una pugna por el poder entre ambos monarcas. Situación que a su vez, iría debilitando la carrera imperial tanto en el mantenimiento como en la conquista de territorios. Sin embargo, con Tutmosis III se instauró orden en el imperio; de inmediato activó el ejército imperial y emprendió la marcha expedicionaria hacia Siria, consolidando sus dominios desde la línea norte hasta la parte sur del Éufrates. Además, aumentó el poderío naval, y pese a no ser reconocidos como grandes navegantes, se dispuso a surcar los mares hasta llegar a las islas del Egeo, someter al rey de Chipre y reducirlo a la condición de vasallo.

El imperio hitita amenaza el predomino territorial egipcio en el Oriente Próximo

Una de las características principales de los imperios es la capacidad militar. En la mayoría de los casos, por regla general, con el uso del poderío militar logran los Estados concretizar la relación entre una potencia que controla y otras que son dominadas (Lichtheim, George. El imperialismo. Alianza Editorial, Madrid, 1972). Tal fue el caso del predominio del ejército de Hatti. Un ejército que infundio terror y protegió sus conquistas al frente de un poderoso cuerpo de infantería con armas tácticas consideradas eficaces para el combate

En Egipto la situación de anarquía y resquebrajamiento social se aproximaba debido a la ruptura de una tradición milenaria que había establecido el orden social. Me refiero a la concepción sobre el origen de la estructura del mundo. Pues, la mitología egipcia enseñaba, desde el período menfita, que el orden se había instaurado a través de la multiplicidad de los dioses, y que por el contrario, las tendencias a la unidad desataría el caos. Ese monoteísmo había traído grandes trastornos de orden sociales, económicos y políticos (Blázquez, Jorge María, Martínez-Pinna, Jorge y Montero Santiago. Historia de las religiones antiguas: Oriente, Grecia y Roma. Ediciones Cátedra, Madrid, 1993).

Mientras el faraón Akhenatón (Amenofis IV, 1372-1354 a.C.) descuidaba sus responsabilidades en política extranjera e imponía himnos de gloria a Atón en vez de Amón con el propósito de quebrantar el poder de la jerarquía tebana, y así reforzar la autoridad real a los fines de aumentar los bienes de la Corona, en Asia Menor, se desarrollaba una máquina imperial que se asentaría durante una centuria sobre gran parte del espacio geográfico del Oriente Próximo conocido. Dicha potencia poderosa enfrentó a los más preponderantes Estados rivales de su tiempo, entre ellas Mitanni, Egipto y Asiria, y también a los pequeños principados sirios. El prestigio militar y la capacidad de combate de los guerreros hititas minaban el espíritu de los demás pueblos beligerantes.

El centro de gravedad, entiéndase, el político militar y económico comercial del “imperio hitita” estaba ubicado en Anatolia. Se destacó durante los siglos XIV y XIII a.C., como un Estado hegemónico caracterizado por la agresiva política de conquista que abrió camino a la formación de un reino conocido como Hatti. Pese a que durante el proceso formativo de los hititas las expediciones militares tenían por objetivo sólo el prestigio militar y el botín de guerra, y no tanto la ocupación metódica y permanente de las regiones conquistadas, fue evolucionando el carácter de guerra predatoria hacia la expansión de sus fronteras y el afianzamiento administrativo-territorial sobre un horizonte geográfico más amplio según las necesidades requeridas para la consolidación de las complejas estructuras imperiales.

Con la reforma religiosa, como era de esperarse, la posición económica del faraón Akhenatón se debilitó, los sacerdotes tebanos y la burocracia estatal le hizo frente. Ante tal situación de instabilidad y debilidad del Estado egipcio los hititas, estrategas y audaces diplomáticos, no desperdiciaron la oportunidad para disputarles los territorios del faraón en Siria del Norte. Egipto, hasta ese entonces, no se había enfrentado con unos adversarios tan terribles en el terreno militar. Además de poseer el ejército más poderoso de Asia, los hititas contaban con armas de hierro mientras que Egipto estaba aún ahogado en la edad del bronce. Según los archivos de El-Amarna los jefes sirios fieles al faraón no recibieron lo que solicitaron en ese momento. Esa jugada le costaría la desconfianza de los pequeños principados vasallos a Egipto y, por supuesto, el desprestigio y descredito internacional por el incumplimiento de lo pactado (Gedge, Pauline. El Faraón. Emecé Editores, S.A., Barcelona, 1985).

Lo que los hititas no ganaron por la armas lo obtuvieron por la diplomacia

A Ramsés II le correspondió la magna tarea no tan solo de restablecer el orden y recuperar los protectorados egipcios en Siria del norte, sino de resguardar las fronteras mismas del imperio egipcio. Pues, durante el período denominado El-Amarna –destacado por la negligencia en la conducción de la política internacional– provocó un revés en la supremacía política y cultural de los egipcios sobre los pueblos de Asia occidental. Restablecer la autoridad (a partir de 1272 a.C.) sobre esos territorios conllevó quince años de lucha a Ramsés contra los hititas en Siria.

La similitud de fuerzas entre estas dos potencias consumió por igual los recursos humanos y bélicos de ambos contendientes, por lo que decidieron, después de la batalla Kadesh (1288 a.C.), atemorizados ante la posibilidad de una agresión liderada por los asirios, que desde ese entonces debido a su robustecimiento inquietaba tanto al reino egipcio como al hitita liderado por Hattushil III concertar una alianza militar de no agresión en 1296, registrado como el primer tratado de paz conocido por la historia de la diplomacia. Pese a suscribir ese tratado, Ramsés hubo de ceder la isla de Chipre, país vasallo de los egipcios desde el reinado de Tutmosis III. De ahí se desprende, que uno de los cúlmenes de la obra de los hititas se basa en las aportaciones diplomáticas, campo en el que demostraron gran habilidad a la hora de mantener sus dominios y de hacer frente a vicisitudes políticas.

A medias los egipcios mantuvieron su control sobre los territorios de Palestina meridional. Una de las estrategias adoptadas por el faraón de Egipto para mantener supremacía sobre los príncipes de Siria y Palestina, era que ambos continuaran en constantes situaciones de tirantez. Sobre todo, porque los sirios necesitarían de su protección ante las amenazas de los palestinos. Con envíos de ayuda militar inclinaba la balanza de uno sobre otro. Por supuesto, que ambos príncipes buscaban por todos los medios posibles concertar alianzas duraderas, y una de ellas era recurrir a la práctica de entregar princesas como esposas para el faraón.

De acuerdo con esos documentos que nos presentan cómo los representantes de los monarcas egipcios e hititas dirigían las prácticas de las negociaciones diplomáticas, se evidencia, en cierto sentido, que los hititas, se destacaron como uno de los pueblos más enérgicos y beligerantes del siglo XVI a.C., y, quienes por su dominio sobre la técnica en el fundido de hierro para fabricar espadas y otros instrumentos, mostraban superioridad en los conflictos bélicos, lo que les permitió apoderarse del norte de Egipto; de hecho, quizá fuese el hierro extraído de las minas hititas el primero que se utilizó en el mundo (Martínez P. Jesús. Historia Universal. Vol. I. Edad Antigua. Madrid, editorial EPESA, Alcalá, 1948).

Tanto el imperio egipcio como el reino Hitita con su capital, Hattusas, actual Boghazkoy, en el centro de la Península de Anatolia, en Turquía fungían como potencias hegemónicas en aquella época. Mientras que en los segundos, se ubicaba a los estados sirio y palestino, que guerreaban constantemente para no ser vasallos. Esos pueblos calificados por los estudiosos de la Historia Universal –durante los siglos XVIII y XIX– de civilizaciones antiguas, o mejor dicho, fluviales se desarrollaron en las inmediaciones de los ríos Tigris, Éufrates y Nilo; en el caso hitita, en torno al río Kizil-Irmak, donde estuvieron prosperando multitud de pequeños reinos (Grimberg, Carl. El alba de la civilización: el despertar de los pueblos. Ediciones Daimon, Madrid, 1979).

A estas correspondencia de Tell –el– Amarna, se le califica de más interesantes por las especificaciones que nos ofrece acerca del contexto en el cual se vivía; otras corresponden al tratado entre el faraón Ramsés II con el rey de los hetitas, Hattushil III, concertado en el año 1296 a.C. Esos archivos –que según los historiadores de la antigüedad oriental son fuentes inéditas de información– se les denomina por ese nombre, debido a que fueron descubiertos (1887-1888) en Amarna, un lugar del Egipto Medio, ubicado en la orilla derecha del río Nilo (Ferrás Moreno, Ángel Domingo. Diplomacia y derecho diplomático, La Habana, editorial de Ciencias Sociales, 1989). Las correspondencias pertenecían a dos faraones de la dinastía XVIII: Amenhotes III y a su hijo Amenhotes IV (mediados del milenio II, siglos XV y XIV a.C.). Asimismo, de acuerdo con Potemkin, se conserva alrededor de 360 tablillas de barro evidenciando el intercambio de cartas entre reyes y príncipes de estados vasallos, como los de Siria a los faraones de Egipto.

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