ANALISIS

DESDE ESTA OPTICA. La dimensión del poeta

Escuché decir una vez, que la misión del poeta es iluminar otras vidas. Diría también que es el suyo el oficio del asombro.

Podría ser esta la mejor definición de poeta: maravillarse y cantar bellamente su asombro, a partir de su sensibilidad humana. Pues si hay muchos que saben decir lo que el hombre parece y padece, solo aquellos que logran hacer brotar sus inspiraciones del alma: los poetas, sabrán decir en hermosas palabras lo que el hombre realmente es. “El secreto de la poesía es tener ‘duende’, que es más importante que tener musa”, decía Federico García Lorca.

Ser poeta, en latín, era ser “vate”, que quería decir adivino o vaticinador del futuro, aquél sujeto capaz de adivinar el futuro. Según Aristóteles, en su Poética, la diferencia entre poesía e historia radica en que ésta nos habla del pasado y aquélla del porvenir, de lo que ha de ser.  Sin embargo, en griego, ser poeta era ser hombre creador, capaz de vaticinar el tiempo cósmico. Para los griegos, la creación poética se funda en el asombro. De ahí que la poesía la definían como poiesis, es decir, creación. Mientras las personas comunes ven con costumbre, los poetas ven con asombro, decía Platón.

El poeta posee un mágico telar donde hila inmensas posibilidades, pues si el repertorio de cada vida humana es ilimitado: nacer, crecer, trabajar, amar, luchar, rebelarse, morir; el modo de ejecutar esas posibilidades y, sobre todo, el modo de contarlas, también debe serlo.

No revelo nada nuevo al subrayar, que la principal herramienta del poeta es la metáfora, palabra que viene del griego metapherein, que significa transponer, transportar o trasladar, convirtiéndose la metáfora en enlace entre la poesía y la realidad. El poeta crea, inventa lo que no existe, adivina, canta y cuenta, y la palabra con que fantasea es a la vez apelativa o de llamada, expresiva, connotativa y nominativa.

Reías a carcajadas desde la alborada, emitiendo tus rugidos como sublimes resuellos, en un concierto de tu impetuoso caldo pálido.

Dicen algunos versos de mi poema Odas al mar de Castillo.

Pero la poesía no sólo es pasión, ternura, belleza, romances, claveles, sutileza, besos…, también debe ser rebeldía, reclamos, luchas, insurrección, insubordinación al orden que nos imponen. Por ello la poesía igualmente puede ser letal, por su fuerza y el espacio en donde se encuentre el creador.

El gran Neruda decía que “el corazón de los poetas es, como todos los corazones, una interminable alcachofa, pero en él no hay solamente hojas para mujeres de carne y hueso, para amores verdaderos o sueños persistentes, sino para todas las tentaciones de la vida, también para la vanidad”.

El vocablo pharmakon, en griego, significaba a la vez medicamento y veneno; y aún hoy muchos científicos afirman que para que un medicamento —desde un antibiótico a un somnífero— sea eficaz, tiene también que ser tóxico. Estimo que la poesía es, más que nada, compromiso, entrega a una causa, rebelarse hasta contra la naturaleza misma, que, en un doblar de mirada, marchita una hermosa orquídea; es llanto y también sonrisa. Esa es la razón por la que el poeta comienza por ensimismarse en la lucha contra las cosas de un mundo que no acepta, porque no satisface su ansiedad delirante y, al comprenderlo, arremete contra él con su única arma: la poesía; que corta pero también cincela, que destruye la realidad para implantar en su lugar, la otra realidad interior que lo desborda.

Con mis poemas siempre busco ser fiel a mis utopías y fantasías, a mis ideales de justicia y de libertad y al amor que profeso a quienes me quieren y quiero. Soy un admirador de la poesía y de los poetas, siempre que sus inspiraciones vengan del alma, y aporten contenidos al despertar amoroso o a la rebeldía social.

Poesía es palabra, es lenguaje, es comunicación con una envoltura muy especial. Pero la palabra debe ser sólo instrumento para labrar la vida. Poesía lo es todo en nosotros: tiene una dimensión infinita. Es el recipiente que escondemos y sacamos de vez en cuando para embriagarnos con un simple sorbo.

Ahora bien, la poesía no puede ser confinada a una élite intelectual, a una agencia de célebres eruditos; es el género literario de mayor libertad expresiva y mayor poder de síntesis y símbolo de lo real. Por ello escribí hace varias décadas estos versos que intitulé “Al poeta liberado”:

De qué valen las poesías y los cantos si se trazan en el desierto, lejos de los humildes, de los indefensos, de los barrios/ De qué sirven los versos y las liturgias, si se disipan en las polvaredas, si se aíslan del sentir y el clamor a la existencia/ De qué valen los caminos si no nos esforzamos para rehacerlos, para conquistarlos, para redimirlos/ De qué sirve el poeta si se ausenta de los rastros y el tiempo, si se distancia del hombre y sus sentimientos/ El poeta es realidad sutil, es creador sin rostro, de alegrías y llantos, iluminación y asombro, de acontecimientos, de historias, del destino, de la gloria.

Con mis versos (o como les quieran denominar), procuro socializar palabras escritas en distintas épocas y momentos de mi vida, en cuyos textos se percibe el amor recibido como el resistido; el placer como la angustia; el dolor y la alegría; el compromiso y la comunión.

  • El autor es periodista. Director de la revista País Dominicano Temático.

 

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