DEPORTES

UN MOVIMIENTO SIN PRECEDENTES: La rebelión de las masas

Seguidores del Manchester United invadieron el domingo el césped de Old Trafford en protesta contra los propietarios del club OLI SCARFF / AFP


Por John Carlin

El Manchester United-Liverpool es lo que más se aproxima en el fútbol inglés al clásico español. Se forzó la suspensión del partido entre los dos el domingo, frustrando a cientos de millones de telespectadores por todo el mundo, tras una invasión de fans del United en su propio campo en protesta contra los dueños del club y su flirteo con el proyecto de la Superliga europea.

¿En el caso de que se hubiese programado un Madrid-Barça el mismo día es imaginable que los aficionados del Madrid, o del Barça, hubieran hecho algo parecido? La respuesta es que no y la cuestión es por qué.

A primera vista el United tenía tanto que ganar de la abortada Superliga como el Madrid y el Barcelona. Pertenecer al cartel que proponía el proyecto les hubiera garantizado 350 millones de euros anuales, más el premio de disputar clásicos cada semana contra los clubs más emblemáticos de Europa, sin jamás correr el riesgo del descenso a una liga inferior.

Adiós por tener que molestarse en sacar el equipo titular en una noche de lluvia y frío contra el Stoke City en la que hubiera sido una Premier League de segunda. Como adiós, en el caso del Madrid o del Barça, a preocuparse demasiado por vencer al Leganés en una Liga española que se hubiera vuelto rápidamente irrelevante.

¿Cómo se explica la diferencia entre la pasividad de los aficionados de los dos grandes españoles y la pasión no solo de los del United sino la de los otros cinco clubs ingleses fugazmente vinculados a la Superliga? Los fans del Liverpool, del Manchester City, del Chelsea, del Tottenham y del Arsenal aplaudieron, por una vez en la vida, el gesto de sus rivales del Manchester United.

Parte de la explicación está en una pancarta que llevaban el otro día unos revoltosos del Chelsea. Decía: “Queremos nuestras noches frías en Stoke”. El sentimiento lo comparten los revoltosos de los otros cinco clubs.

Se habla mucho del nacionalismo español o del nacionalismo catalán pero el nacionalismo inglés ruge más fuerte cuando el fútbol entra en juego. Por un lado, en lo emocional, los ingleses son gente que valora hasta el exceso la tradición y no se olvida de que ellos fueron los que dieron el deporte rey al mundo. Aparece una amenaza a su antiguo concepto democrático del fútbol y responden como una leona protectora con sus cachorros ante una jauría de hienas. Por otro lado, existe un punto de pragmatismo.

Los fans ingleses entendieron mucho mejor que los dueños lo que Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid, siempre entendió: que la Superliga se concibió para frenar el avance imperial de la Premier inglesa, la liga más rica del mundo, la que conquista nuevo terreno cada día, la que tiene la mitad de los ocho semifinalistas en los dos actuales campeonatos europeos.

Algunos dirán, “Tradición, democracia, inventores del fútbol: bien. Pero aquel otro famoso atributo inglés, la hipocresía, ¿qué?”. Buena pregunta. Tres de los dueños de los seis clubs son multimillonarios inversionistas estadounidenses, uno es un magnate ruso, otro un jeque árabe y solo uno de ellos es un señor rico inglés. Mientras pagaban buen dinero para comprar jugadores y reformar los estadios los fans no se quejaban, ¿no? Bueno, sí y no. Existe otro factor, sutil pero decisivo. Es importante para los fans ingleses el grado de apego que los dueños tienen con sus clubs. Cuanto más aficionados son los dueños, más les perdonan. Un ejemplo: cuando el presidente tailandés del Leicester City se murió en un accidente de helicóptero hace un par de años todo el club, jugadores y afición, se pusieron de luto.

Así se explica el feroz espíritu insurreccionista de los aficionados del Manchester United. Los dueños, la familia Glazer, son unos estadounidenses con cero intereses en el fútbol, y menos en el United, club que compraron en el 2005 gracias a enormes créditos bancarios y desde entonces no han dejado de chuparse jugosos dividendos anuales. El desafortunado experimento de la Superliga ha servido como detonador de una rebelión que ha estado hirviendo a fuego lento durante 16 años. El grito de los invasores de Old Trafford el domingo no fue contra la Superliga, esa batalla ya está ganada, sino “¡Glazers, fuera!”.

Stan Kroenke, el estadounidense que preside el Arsenal se encuentra hoy contra las cuerdas por iguales motivos. En el otro extremo, el menos castigado de los seis presidentes ha sido Khaldoon Al Mubarak del Manchester City. En parte porque fue el primero de los padres de la Superliga en abandonarlo, el día después del anuncio de su nacimiento, pero principalmente porque los aficionados se han convencido de que, como el tailandés del Leicester, el jeque de Abu Dabi comparte su amor por el fútbol y por el club.

Lo que nos lleva de vuelta a la pasividad de los aficionados del Madrid y del Barça. El concepto de “club cuyos dueños son los socios” es menos romántico de lo que parece. El poder real en el Barça se lo reparten un nutrido grupo de amigos, o enemigos, de la alta burguesía catalana; el poder en el Madrid lo posee hace casi dos décadas el Roi Soleil Florentino. Pero, pero… nadie duda del compromiso que tienen Pérez y Joan Laporta con sus respectivos clubs. Hay pocos aficionados más locos que ellos dos. Son, al final, “de los nuestros”.

La rebelión de las masas inglesas ha sido contra aquellos que pretenden acabar con la antigua y democrática meritocracia del fútbol, pero también, y casi igual de determinante, contra los paganos que no comparten su fe, contra los presidentes que no son de los suyos.

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