ANALISIS

El amor y sus enigmas

Por Menoscal Reynoso 

El ser humano cada día requiere de cierta dosis de amor para poder llevar una vida más sana. Hay quienes llegan a considerar que vivir sin amor tiene escaso sentido; en tanto el amor tiene un poder tan grande que todo lo vence, hasta la vida misma.

Es difícil explicar teóricamente el amor, ya que el amor lo es todo. En lo que implica propiamente el sentimiento humano, es lo más maravilloso y cercano a la verdadera razón de existir de los seres vivos.

Ya lo decía el ilustre poeta español Miguel Hernández: “Solo quien ama vuela. Pero, ¿quién ama tanto que sea como el pájaro mas leve y fugitivo?”

Sin lugar a duda que la publicidad del sentimiento amoroso ocupa un limitado espacio en el cada vez más acelerado mundo automatizado que vivimos, siendo las noticias del juego de la política y las tragedias las que suscitan hoy día la mayor atención en los medios de comunicación masivos.

Al fin y al cabo, el amor ha quedado en una especie de encerrona, relegado a un plano intrascendente en los espacios de opinión, y cuando hay un acercamiento a él se le entorna a un conflicto o a una desgracia. A los que tratamos el tema se nos enfoca desde lo meramente cursi.

En definitiva, el amor tiene muy poco espacio en nuestros medios informativos, no obstante ser el principal motor de la vida. Aun así, en cierta medida resulta dificultoso erradicarlo de un todo en este mundo de hombres y mujeres.

Ciertos expertos consideran que en culturas de países como el nuestro el amor es solo aceptado entre “jovencitos”, por aquello de que enamorarse es la locura juvenil reservada a los adolescentes, algo parecido al sarampión.

Solo hay que imaginar la estupefacción que causaría, en no pocas personas, ver a una pareja sexagenaria ceñida en un profundo beso a la luz del día, en plena vía publica o en un banco de un parque. Podrían catalogar esa expresión de amor como un acto bochornoso. Por ello, las relaciones amorosas entre hombres y mujeres maduros en un ambiente público no son observadas con buenos ojos, y mucho menos entre hombres copados de canas y jovencitas, como suele suceder en el actual bulevar de la vida.

Los investigadores londinenses Andrés Bartels y Samir Zeki, luego de varios estudios en torno a la evocación de la persona amada, lo comparan al del consumo de una droga, y dicen que la euforia del enamoramiento es muy similar al efecto intoxicante de la heroína o la cocaína. Comentan, que las drogas recreativas actúan sobre los mismos circuitos cerebrales que los elíxires del amor: la oxitocina y la vasopresina; que en ambos casos se activan sistemas en los que desempeñan una función principal la hormona que despierta el deseo y controla la atención, la dopamina.

También, el neurocirujano norteamericano Jaak Panksepp compara el amor con una adicción, al afirmar que el parecido resalta especialmente en el momento de una separación de pareja, en donde se observan síntomas de privación, tanto al retirar la droga, como cuando se despide a la persona amada, como son los sentimientos de soledad y abandono: la pérdida del apetito, el abatimiento, el insomnio y la irritabilidad.

El conocido escritor estadounidense Henry Miller, con más de ochenta años a cuestas, se expresaba en estos términos sobre el amor: “soy un hombre que se enamora constantemente. La gente dice que soy un romántico sin solución. Tal vez, en cualquier caso, estoy agradecido a la facultad que me hace ser de este modo. Me proporciona tristezas y alegrías; no querrías que fuese de otra manera. Las personas cuando están enamoradas trabajan y crean mejor”.

En 1952 contrajo matrimonio con Eve Mclure. Ella tenía veintiséis años y él pisaba los setenta y uno. De la boda, Miller dijo: “la diferencia de edad no me preocupa. Nunca me ha preocupado. No creo que se pueda sacar ninguna conclusión especifica de la diferencia de edad entre marido y mujer. Todo depende de la persona. En el caso de un hombre con carácter creador, la edad no tiene importancia”. Luego de divorciarse de Eve, y ya con setenta y seis años, se casó con la japonesa Hoki Tokude, que apenas cumplía los treinta años, con la que tuvo un hijo.

Aristóteles ya lo decía: “La cohabitación aligera el cuerpo y elimina muchos males de la mente”. Es que el amor es más saludable de lo que la generalidad piensa.

A los ochenta años, una de las figuras más influyentes de la literatura universal, Johann Goethe, perseguía el amor de una adolescente, y sugería: “así pues, mi brioso y jovial amigo, no te dejes abatir por la edad, peines o no cabellos blancos, jamás te vedes la copa del amor”.

“Los amores de los viejos no siempre están condenados al fracaso, por el contrario”, decía Simone de Beauvoir. Y cuenta que, en 1702, el padre del célebre duque de Riecheliu se casó por tercera vez a los setentas años. Dice que sexualidad, salud y vitalidad van unidas, tras considerar que la vida del individuo está programada desde este punto de partida.

Afirmando su propia experiencia, un amigo resume que con mujeres más jóvenes no solo se vuelve a ser el padre, sino que se es además el amigo y el amante, y en lo que se refiere a la cuestión sexual, al igual que Miller, entiende que siempre dependerá del carácter de la persona y su capacidad de creatividad.

Son numerosos los ejemplos de hombres de renombre universal y de elevado calibre intelectual, de épocas pasadas como recientes, que han estado relacionados o casados con mujeres mucho más jóvenes, a la mayoría de las cuales les duplican y hasta les triplican sus años y a quienes bajo ninguna circunstancia les cabría el calificativo de “fracasados en el amor”.

No por menos, el gran Víctor Hugo exclamó con ironía: “ignoraba que pudiera desdeñar a las mujeres a los veinte años y ser atraído por ellas a los setenta”.

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