ANALISIS

La reforma fiscal y los pobres

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Por Isidoro Santana

En mi artículo de la semana pasada expresaba que la culpa mayor de la baja carga tributaria dominicana es la profusión de exenciones y exoneraciones que se han venido estableciendo, por lo que es casi inevitable que una eventual reforma comenzara por la supresión de las mismas. Pero tampoco nos hagamos ilusiones creyendo que con eso basta, ni que todas las exoneraciones han sido establecidas para favorecer a los sectores poderosos.

También va a ser inevitable tocar algunos impuestos que afectarán a sectores medios y bajos. Pero aun así, para ellos puede ser un tremendo negocio pagar impuestos, siempre que el rico pague más.

Pues al final, lo importante es el resultado final de la gestión fiscal, combinando la fuente de los ingresos del fisco y el destino de los gastos. La mayor parte de los programas de gastos públicos (no todos), benefician más a los pobres que a los ricos, de modo que puede ser positivo para un pobre pagar más impuestos, siempre que a cambio se le devuelva un monto mayor, tomando también lo que pagó el rico.

Muy pocos impuestos son realmente regresivos. Casi siempre los ricos terminan pagando más que los pobres. Por eso los ricos son acérrimos enemigos de los impuestos, y los partidos de derecha que los representan en todas partes, viven prometiendo bajar impuestos.

En realidad, el concepto de impuesto regresivo no significa que el rico pague menos que el pobre, pues eso es casi imposible, sino que la tasa aplicada al pobre sea mayor que al rico, esto es, que en relación con su ingreso, el pobre soporte una carga mayor. Se admite que esto puede ocurrir cuando un impuesto grava universalmente el consumo, sin exenciones y con la misma tasa, debido a que los pobres tienen más alta propensión al consumo que los ricos, ya que no pueden ahorrar una porción de su ingreso.

Pero eso es poco común. Acabo de leer un excelente estudio preparado por el Banco Mundial en el que se demuestra que el sistema fiscal dominicano es esencialmente progresivo, es decir, favorece bastante a los pobres. En realidad, en eso no aporta nada nuevo, pues tal cosa ha sido demostrada en múltiples estudios a lo largo de casi un siglo, no en la República Dominicana, sino en casi cualquier país.

De hecho, por varias razones, la progresividad fiscal dominicana es bastante más limitada que en otros países, principalmente porque la baja carga fiscal decreta una precaria capacidad del Estado para impactar sobre la distribución del ingreso.

Y muestra también el estudio que incluso los impuestos indirectos, como el ITBIS y los selectivos, son relativamente progresivos. Pero su aporte fundamental es el referido a cómo influye todo el fisco, incluyendo el pago de impuestos y el gasto, sobre la distribución del ingreso.

Lo ideal es que solo los ricos pagaran impuestos. Pero dicen que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Al final, no importa tanto que una parte del impuesto recaiga sobre el pobre, como que el dinero recaudado le llegue a él por medio de la provisión de bienes públicos.

Pues al final, siempre el rico terminará pagando más, aunque sea un impuesto sobre el consumo. La razón es que el rico consume más que el pobre prácticamente de todo. Hace 40 años, si la memoria no me falla mucho, de la Encuesta sobre Ingresos y Gastos de las Familias del 1984 resultó que solo en tres productos un hogar pobre consumía más que uno rico: sal en grano, coco seco y batata.

En América Latina, y en la República Dominicana más marcadamente, dada la incapacidad de nuestros Estados para cobrar a los ricos (debido al inmenso poder de estos en la formulación de las leyes, en su aplicación y en las decisiones judiciales), los sistemas impositivos tienden a descansar en la tributación indirecta.

Pero incluso eso puede constituir ganancias para los pobres, aunque en menor medida. La razón es que, aunque los impuestos sean indirectos, los ricos también los pagan, y siempre su aporte es mayor que el de los pobres, lo cual va en favor de estos últimos, debido a que los gobiernos lo gastan en bienes y servicios públicos que irremisiblemente benefician más a pobres.

Por eso, para un pobre, la consigna debería ser pedirle al Estado cobre más impuestos. Si es posible cobrárselos solo a los ricos, cobre más impuestos; pero si eso no es posible, cobre más impuestos. Porque al final, la progresividad del sistema la va a determinar el uso que se le dé al dinero público. El instrumento por excelencia para redistribuir no es el impuesto, es el gasto.

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