ANALISIS

¿Qué diablos pasa con América Latina?

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Por Isidoro Santana

Según el informe Perspectivas Económicas Globales, publicado recientemente por el Fondo Monetario Internacional, la economía mundial ha resistido mejor de lo previsto los embates pos pandemia, pero entrará en un período de crecimiento lento en los años futuros, agobiada por las deudas, el temor a la inflación y los conflictos.

De todas las regiones del mundo, la que menos crece es América Latina.  Hace poco la región volvió a elegir gobiernos inclinados a la izquierda, con el sueño de recuperar su década dorada vivida entre 2002 y 2012, pero nada.

El Fondo hace una proyección de cómo crecerán los países durante los próximos seis años, y resulta que en el Top 40 de economías más dinámicas sólo aparecen dos de América Latina: Guyana y la República Dominicana. Todos los demás son países asiáticos o africanos.

El caso dominicano, el más exitoso de la región en el último medio siglo, es bastante conocido. Lo de Guyana es fácil de explicar: se trata de un país muy pequeño (menos de un millón de habitantes) en que hace poco se descubrieron grandes yacimientos de petróleo y ahora se están registrando importantes inversiones para su explotación. Cualquier gran riqueza nueva descubierta en una comunidad pequeña y pobre genera un boom.

Los países que tienen abundante petróleo normalmente se enriquecen, excepto en América Latina. Fuera de nuestra región todos los países petroleros le han sacado bastante provecho. Además, a los de Asia, África y Medio Oriente les vino bien la globalización y han sabido aprovechar el comercio internacional. En términos de equidad esto ha sido una bendición para el mundo, porque se trata de los países que antes eran más pobres.

América Latina, cuyo ADN proviene de una mezcla de nativos americanos (indios), africanos y europeos, afortunadamente su herencia genética no incluye el guerrerismo de los europeos y es la región más pacífica del mundo. Es más, ahora mismo es la única donde no existen grandes conflictos ni estamos envueltos en guerras. Tal condición, unido al potencial de recursos naturales, debería ser motivo para atraer grandes inversiones y que las economías crezcan, pero no se logra.

Mucho tiene que ver con ello que tenemos Estados muy débiles, y eso se manifiesta en escasa solidaridad social, precarios sistemas educativos, inseguridad ciudadana y bajos niveles de infraestructura.

Me llama poderosamente la atención el caso de México. Tiene probablemente el gobierno más exitoso de su historia, y un mundo de oportunidades provenientes de los movimientos de relocalización de las cadenas de valor (nearshoring y friendshoring) derivados de la guerra de EUA contra China y su cercanía e integración comercial con los Estados Unidos.

El gobierno de López Obrador es sumamente popular, pese a sus ya largos seis años en el poder, gracias, en buena medida, a que el pueblo mexicano estaba harto del mundo de corrupción y privilegios en los antiguos gobiernos de derecha, lo que, al igual que la criminalidad y el narcotráfico, no se ha erradicado, pero se ha controlado bastante, sin tener que pasar la terrible experiencia de El Salvador, de atropello a los derechos humanos. Y, además, a que ha conseguido una mayor cohesión social y promovido redistribución del poder económico en favor de las regiones y estados más rezagados.

Pero la economía casi no crece.  Increíblemente, México se ha convertido en uno de los mayores fabricantes de automóviles del mundo y, de hecho, ha desplazado a China como el mayor exportador mundial hacia los Estados Unidos; y digo increíblemente, porque cualquier país asiático que haya tenido un sector exportador como lo tiene México normalmente ha estado creciendo a dos dígitos, como lo vimos en los casos de los tigres asiáticos y después China, India, Tailandia, Malasia o Vietnam.  Hasta Bangladés se proyecta creciendo mucho.

Aparentemente lo que pasa con México es que no produce lo que exporta, porque se limita a ensamblar. Algunos de los países de América Latina, principalmente los más grandes, tienen muchas décadas produciendo automóviles, pues desarrollaron su industria automotriz desde mediados del siglo XX, pero en todo ese tiempo no han sido capaces de inventar nada, de desarrollar un modelo propio, una marca propia, con una tecnología propia; sino que se limitan a aportar su mano de obra para facilitarle el trabajo a las marcas de los Estados Unidos, Europa y Japón o Corea, y ahora de China.

Esa escasa capacidad de inventiva, resultado fundamentalmente de nuestro rezago educativo, ocasiona que la región del mundo mejor dotada de recursos es a la vez el continente más incapaz de generar tecnología, que todo lo produce utilizando las maquinarias, diseños y procesos que otro le enseña y así, obviamente, otro aprovecha los beneficios.

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