Afirma que la falta de continuidad administrativa convierte cada cambio de gobierno o de funcionario en una demolición institucional que debilita la eficiencia pública
Hay males que no estallan en escándalos ni ocupan titulares inmediatos, pero que erosionan los cimientos de un país. Uno de ellos —sostiene el periodista Rafael Menoscal Reynoso— es la ausencia de continuidad en la administración pública dominicana, una práctica que se repite como ritual y que, a su juicio, ha terminado por convertirse en una de las mayores debilidades estructurales del Estado dominicano.
En su más reciente reflexión, el director de País Dominicano Temático describe un fenómeno tan cotidiano que muchos lo han terminado aceptando como norma: la sustitución masiva de personal cada vez que se produce un cambio de gobierno y cuando desigan a un ministro, director general o a cualquier funcionario de alto rango.
No se trata solo de ajustes administrativos- advierte- lo que ocurre con frecuencia es una especie de barrido institucional donde la experiencia, la formación profesional y los méritos acumulados pierden todo valor frente a la lógica de los equipos políticos que acompañan a cada nuevo incumbente.
El patrón se repite con una regularidad inquietante. Quien llega al cargo trae consigo su propio círculo de confianza y, en ese proceso, desplaza a quienes ya ocupaban funciones dentro de la estructura estatal, muchas veces sin evaluar su capacidad, trayectoria o aporte técnico. La dinámica, resumida crudamente, parece responder a una consigna implícita: “ya te tocó a ti, ahora me toca a mí”.
Para Menoscal, esta práctica representa mucho más que una disputa de espacios de poder. Es, en esencia, una forma de desmantelamiento institucional que se reproduce de manera sistemática, debilitando la memoria técnica del Estado y obligando a reiniciar procesos que deberían construirse sobre bases acumulativas.
El problema, insiste, no radica en los cambios políticos propios de una democracia, sino en la ausencia de criterios que protejan la estabilidad administrativa y el valor del servicio público profesional. Cuando cada gestión comienza desde cero, las instituciones se convierten en estructuras frágiles, incapaces de sostener políticas de largo plazo.
La consecuencia es una administración pública sin rumbo estable, donde la experiencia pierde relevancia y la preparación técnica queda subordinada a la lógica de la rotación política. En ese escenario, el Estado se ve atrapado en un ciclo permanente de recomposición interna que impide consolidar proyectos duraderos.
Menoscal considera que el fenómeno es particularmente grave porque afecta tanto a los niveles políticos como a los técnicos. Profesionales formados durante años, con conocimiento profundo de las instituciones que sirven, pueden ser desplazados sin mayor explicación, simplemente porque no pertenecen al equipo que acaba de llegar.
Esa dinámica —advierte— genera una burocracia insegura, sometida a la incertidumbre constante y poco estimulada para desarrollar carrera dentro del sector público. Cuando la permanencia depende más de la coyuntura política que del desempeño profesional, la institucionalidad pierde uno de sus pilares fundamentales.
En su reflexión “Cómo cada semana”, que se difunde por Teleradio América, El Rumbo de la Tarde, plataformas digitales y las redes sociales, el comunicador califica esta práctica como un “absurdo mayúsculo” que impide consolidar una administración basada en criterios claros, donde la honestidad, la antigüedad en el servicio y la preparación académica sean reconocidas como valores esenciales.
En el fondo, la advertencia de Menoscal trasciende la crítica coyuntural. Su reflexión apunta a un problema estructural que ha acompañado la vida política dominicana durante décadas: la dificultad para construir un Estado que sobreviva a los gobiernos y que funcione con reglas que trasciendan las voluntades individuales.
Mientras esa continuidad no se fortalezca —sugiere— el país seguirá atrapado en una paradoja administrativa: instituciones que cambian de rostro con cada relevo de poder y que, en ese proceso, sacrifican su experiencia acumulada en nombre de una renovación que, lejos de fortalecerlas, las reinicia una y otra vez.
En la mirada del analista, el verdadero desafío no es solo gobernar bien durante cuatro años, sino construir estructuras capaces de sostenerse más allá del calendario electoral. Porque los Estados sólidos no se reinventan cada vez que cambia el poder: se perfeccionan sobre lo ya construido.



