
Por Antonio Lockward Artiles
La aparición de un nuevo libro de poemas constituye siempre un motivo de satisfacción para quienes creemos todavía en la vigencia espiritual de la palabra. Pero cuando ese libro surge de las inquietudes más profundas de una juventud que intenta interpretar críticamente su tiempo histórico, el hecho adquiere una dimensión todavía más significativa.
Nos hemos reunido esta tarde para poner en circulación «Soliversodario», obra del joven poeta Miguel A. Collado, integrante de una promoción literaria universitaria que ha crecido en medio de las contradicciones políticas, sociales y culturales de la América Latina contemporánea.
Los profesores de letras de la Facultad de Humanidades de la UASD tuvimos recientemente la oportunidad de analizar este poemario, y la conclusión a la que arribamos fue clara: «Soliversodario» mantiene un logrado equilibrio entre el fondo y la forma, aun cuando aborda un tema político tan candente y delicado como la lucha del pueblo nicaragüense contra la tiranía somocista.
Eso conviene subrayarlo desde el principio, pues en los últimos años hemos visto aparecer numerosos textos de intención política que, movidos quizá por la urgencia de la denuncia o por el entusiasmo ideológico, terminan sacrificando la calidad estética en beneficio de la consigna. Collado, sin embargo, ha evitado caer en ese peligro. Su poesía no se reduce al panfleto. Hay aquí una auténtica preocupación por el lenguaje, por la imagen, por el ritmo interno del poema y por la organización estructural del libro. «Soliversodario» posee unidad y esa unidad no es solamente temática. Es también verbal, simbólica y hasta visual.
El poemario está concebido como un proceso dramático que se desplaza desde la oscuridad y la opresión hacia la esperanza y la resurrección histórica. Las tres grandes zonas que lo articulan —el Antes, el Durante y el Después de la batalla— constituyen una verdadera arquitectura poética. En la primera parte, dominada por el poema «muerte extraña desnuda», el autor construye una atmósfera angustiosa donde el dolor colectivo parece invadir toda la geografía espiritual de Nicaragua. La noche, la sangre, el miedo, la tortura y el espanto aparecen convertidos en símbolos recurrentes de una realidad histórica desgarrada. Pero aun dentro de esa visión sombría, el poema evita el mero descriptivismo y se mueve hacia una dimensión casi visionaria.

EL ANTES
Aquí la relación entre texto e imagen resulta reveladora. La ilustración de Juan Mota para «muerte extraña desnuda» intensifica el clima de opresión y desamparo que atraviesa el poema.
La composición visual —esas figuras humanas caídas o desgarradas en un espacio sombrío y fragmentado— dialoga directamente con versos como: «el vía crucis infinito de la esperanza torturada»; «todos los horrores los suplicios de la tierra» y «todo el dolor del universo ha invadido Nicaragua».
Y algo muy interesante: tanto el poema como la ilustración trabajan una estética expresionista. No buscan describir literalmente la realidad nicaragüense, sino transmitir la violencia espiritual de la tragedia. Por eso las formas aparecen deformadas, tensas, casi al borde de la disolución. También en ese poema una coincidencia estética muy fuerte entre la fragmentación sintáctica, la ausencia de puntuación y la fragmentación visual de la imagen.
Además, el diseño tipográfico de esa página es muy significativo: el uso del espacio en blanco, la disposición escalonada de los versos y la secuencia final «1 2 3 4 5 6 7 8 9 / Nicaragua», le dan al poema una dimensión visual muy avanzada para un joven autor dominicano de finales de los años 70, pues las piezas poéticas que integran el libro fueron escritas entre 1978 y 1979.
EL DURANTE
Esta segunda parte domina la tensión histórica del enfrentamiento. Hay una mayor dimensión de lo visual: aparecen las armas, las figuras verticales, la sensación de avance y una composición mucho más dinámica y combativa.
Si en «muerte extraña desnuda» predomina el desgarramiento humano, aquí emerge la resistencia organizada; la verticalidad de los fusiles y de los cuerpos crea una impresión de ascenso y desafío. Es casi una iconografía de insurrección popular.
Las figuras creadas por el artista Mota aparecen esquematizadas, tensas, fragmentadas. Eso mantiene la coherencia expresionista del conjunto del libro. La ilustración dialoga muy bien con versos como: «y puñetear duro muy duro», «nicaragua arde arboledamente», «desgargantar a quien no tiene garganta» y «frotaremos con los dedos una nueva luz».
Y hay un detalle muy interesante desde el punto de vista literario: mientras el poema trabaja mediante acumulaciones verbales («y», «porque», «aquí», «américa»), la ilustración hace algo parecido visualmente mediante la multiplicación de figuras, manchas y direcciones de movimiento. Texto e imagen usan procedimientos paralelos. El diálogo entre la poesía y las ilustraciones convierte a «Soliversodario» en algo más que un simple poemario juvenil de solidaridad política: empieza a verse como un pequeño artefacto cultural de época: una pieza representativa del imaginario revolucionario universitario y latinoamericanista de fines de los setenta en la República Dominicana.
EL DESPUÉS DE LA BATALLA
Después del dramatismo expresionista del «Antes» y la violencia dinámica del «Durante», hay aquí una atmósfera distinta: la del amanecer histórico. El espacio ya no está saturado de cuerpos ni de armas: hay horizonte, aire y distancia.
Eso coincide perfectamente con el tono de la sección: «después de la batalla nicalibre renacida», «la libertad recién parida» y «un extenso rayo de luz a través de la ventana del cielo». Es evidente: el poemario «Soliversodario» fue concebido por Collado casi como una secuencia ritual: descenso al dolor, combate y resurrección. En otras palabras, una especie de vía crucis histórico latinoamericano.
Es evidente que sobre estos textos gravitan algunas influencias importantes de la poesía hispanoamericana contemporánea. En determinados momentos percibimos ecos de Neruda, ciertas resonancias de Vallejo, y aun algunos acentos que recuerdan la poesía comprometida de nuestro tiempo. Pero el autor procura abrirse paso hacia una expresión personal mediante asociaciones inesperadas, fusiones léxicas y un lenguaje de intensa temperatura emocional.
Hay en «Soliversodario» una voluntad experimental que merece atención. Palabras compuestas, rupturas sintácticas, acumulaciones verbales y desplazamientos semánticos revelan en el joven poeta una inquietud formal poco común. La poesía aquí no funciona solamente como vehículo ideológico, sino también como exploración expresiva.
Y quisiera destacar otro aspecto importante de este libro: su relación con la plástica. Las ilustraciones de Juan Mota no constituyen simples adornos editoriales. Son grabados que participan activamente de la atmósfera espiritual del poemario. Existe entre texto e imagen una evidente correspondencia expresionista. Los cuerpos desgarrados, las figuras combatientes, las explosiones de sombra y de luz, prolongan visualmente el dramatismo y la tensión histórica presentes en los poemas.
La portada misma, con ese árbol incendiado y esos combatientes avanzando bajo la llama, resume admirablemente el sentido profundo de la obra: destrucción y nacimiento, dolor y esperanza, muerte y resurrección histórica.
Debemos recordar, además, que este libro ha sido escrito por un joven universitario profundamente vinculado a las inquietudes culturales y sociales de su generación. El poeta ha vivido la atmósfera de efervescencia intelectual y política que caracteriza actualmente a nuestra universidad estatal y ha participado activamente en movimientos culturales universitarios donde la literatura continúa siendo entendida como forma de conciencia y de compromiso humano: integró la Sección de Literatura del MCU.
Por eso la solidaridad con Nicaragua no aparece aquí como moda pasajera ni como simple adhesión retórica. Surge de una auténtica identificación latinoamericana. El poeta siente que el sufrimiento de un pueblo hermano pertenece también a nuestra propia historia continental.
Pero la verdadera literatura comienza justamente allí donde la pasión histórica logra transformarse en creación artística. Y creo que ése es uno de los méritos fundamentales de «Soliversodario». Collado ha conseguido convertir una experiencia política colectiva en materia poética.
Naturalmente, estamos ante la obra de un poeta joven, en pleno proceso de formación y búsqueda. Pero precisamente por eso el libro resulta doblemente interesante. En él advertimos sensibilidad, honestidad expresiva, conciencia de lenguaje y una evidente voluntad de crecimiento literario.
Saludamos, pues, la aparición de «Soliversodario» y exhortamos a su autor a continuar trabajando con disciplina, rigor y fidelidad a la poesía, que es, al fin y al cabo, una de las formas más profundas de la esperanza humana.
_________
*Palabras pronunciadas en el acto de puesta en circulación del poemario Soliversodario, de Miguel Collado, efectuado en el Salón de Profesores de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en el otoño de 1980. Publicado con la autorización de su hijo Raúl Lockward.




