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RD y el mayor shock energético de la historia

República Dominicana está 11,000 kilómetros del epicentro del conflicto. Pero, en una economía tan interconectada, ¿cuánto nos afecta?

Así describió la Agencia Internacional de Energía (IEA) la disrupción provocada por la guerra en Oriente Medio: un conflicto que se extiende del Mediterráneo al mar Arábigo; más de una decena de Estados impactados; rutas comerciales, infraestructura energética, objetivos militares y, más importante aun, vidas perdidas.

Las tensiones acumuladas desde la llamada Guerra de los Doce Días, en junio del año pasado, terminaron por estallar el 28 de febrero en una escalada militar con consecuencias globales. ¿Cuánto durará? ¿Serán reversibles sus efectos? Hoy nadie lo sabe.

República Dominicana se encuentra a 11,000 kilómetros del epicentro del enfrentamiento. Pero, en una economía global tan interconectada: ¿qué tan lejos estamos, realmente, del Golfo Pérsico?

La geografía del conflicto

La confrontación no ocurre en la periferia de la economía mundial. Ocurre en su cuarto de máquinas.
No se trata solo de Irán, Israel y Estados Unidos. En las primeras 48 horas del conflicto, cada uno de los seis miembros del Consejo de Cooperación del Golfo — Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Omán, habían sido atacados.

Junto a Irán e Iraq, conforman una superpotencia energética, que concentra cerca de un tercio de la producción mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.

Hoy, ese cuarto de máquinas está incendiado

Ese cuarto tiene, además, un único pasillo de salida: el Estrecho de Ormuz. Por ese corredor, situado en aguas territoriales iraníes, fluían alrededor de 20 millones de barriles diarios (mb/d). Hoy ese pasillo está, de facto, cerrado. En otras palabras, uno de cada cinco barriles de la oferta global está atrapado en ese cruce.

¿Cuánto de ese agujero puede realmente cerrarse? Hagamos una aritmética desagradable.

Primero, los saudíes y emiratíes cuentan con oleoductos que les permiten desviar parte de su producción hacia el mar Rojo y el golfo de Omán. En el mejor de los casos, esto liberaría un máximo de 4 a 4.5 mb/d adicionales. Los 16 millones restantes tendrían que compensarse fuera de la región.

La IEA anunció la mayor liberación de reservas estratégicas de su historia — 400 millones de barriles. La cifra es enorme, pero más que el volumen total, lo importante es la velocidad a la que ese petróleo puede llegar al mercado. Históricamente, no supera los 2 mb/d.

EE.UU. anunció además un alivio temporal de sanciones sobre el petróleo ruso, aunque se anticipa que su impacto real será acotado. Rusia ya exportaba buena parte de su producción a países asiáticos vía una flota fantasma que operaba al margen de las restricciones.

Finalmente, hay que reconocer que antes de la guerra el mercado estaba sobreofertado en alrededor de 1-2 mb/d, y que la propia crisis ya está destruyendo algo de demanda — cerca de 1 mb/d, según la IEA.
La combinación de estos factores compensaría entre 8 y 9.5 mb/d. Esto quiere decir que en el muy corto plazo, al consumo mundial de crudo y derivados le seguirán faltando entre 10 y 12 millones de barriles diarios, varias veces el shock que el mercado temía tras la invasión rusa a Ucrania.

¿Cómo responden los mercados ante un desequilibrio de esta magnitud? Los economistas dirían que la demanda de petróleo es muy inelástica en el corto plazo. En lenguaje llano: cuando faltan barriles, el consumo no cae fácilmente; son los precios los que tienen que ajustarse lo suficiente para que la demanda se reduzca y el mercado recupere su equilibrio.

¿Qué tanto? Con un barril que rondaba los US$65 antes del conflicto, una caída equivalente a 10% de la oferta global podría empujar el precio hacia los US$150 por barril.

No es un pronóstico, sino un escenario de riesgo plausible si esta guerra se prolonga. Tampoco es una exageración: estamos ante el mayor shock de oferta petrolera de la historia.

Nadie lo sabe

Esta es la respuesta más honesta a la pregunta clave: ¿cuánto tiempo durará el conflicto?

Maquiavelo lo advirtió hace cinco siglos: las guerras comienzan cuando uno quiere, pero no terminan cuando uno desea. Desde el punto de vista económico, más que la intensidad del shock, lo decisivo es su persistencia.

Hamid Biglari, experto en geopolítica de Asia Society, advierte que las guerras son demasiado dinámicas para dejarse predecir. Evolucionan a través de incentivos, errores de cálculo, umbrales de escalamiento y presiones políticas domésticas que se retroalimentan entre sí. Pretender anticipar su trayectoria con precisión es caer en la ilusión de la certeza.

Ni siquiera la llamada “sabiduría de la multitud” ofrece una señal concluyente. En Polymarket —la mayor plataforma de apuestas geopolíticas del mundo— la probabilidad de un cese al fuego antes del 31 de mayo marca 50%. En nada difiere de lanzar una moneda.

Todo esto importa porque un conflicto limitado, resuelto en semanas, probablemente podría navegarse con políticas públicas diseñadas para absorber el shock. Pero uno prolongado podría reconfigurar cadenas de suministro, patrones de inversión y hasta la propia estructura de la economía. No estamos ante variantes del mismo problema, sino ante problemas distintos.

El ejercicio útil no es intentar predecir, sino identificar proactivamente el mapa de riesgos.

El mapa de riesgos

Los impactos de este conflicto son, evocando a Camilo José Cela, poliédricos. Llegan por múltiples canales, a veces rezagados, otras simultáneos, multiplicando los dilemas de política económica de las autoridades.

El más evidente es el energético. Aunque los derivados del petróleo apenas representan el 10% de la matriz energética dominicana —dominada hoy por gas natural y carbón—, definen la estructura de costos en transporte, manufacturas y la logística global.

Desde el inicio de la guerra, el petróleo WTI ha subido cerca de US$30. Ese aumento se transmite parcialmente hacia toda la canasta de hidrocarburos que importa el país. Como referencia, por cada US$10 de incremento en esa canasta, la factura petrolera podría aumentar entre US$750 y US$800 millones.

Más divisas para importar los mismos volúmenes, deteriorando la balanza comercial, presionando el tipo de cambio y arriesgando un traspaso hacia la inflación.

El BCRD queda entonces atrapado entre dos males: subir tasas para contener los precios, sacrificando un crecimiento ya debilitado; o mantenerlas para proteger la actividad, a costa de mayor volatilidad cambiaria y pérdidas de reservas internacionales.

No hay soluciones, solo dilemas. Y en el pasado, ante choques similares, el BCRD ha priorizado la contención de los precios.

El fisco enfrenta sus propios dilemas. El subsidio semanal a los combustibles se multiplicó por diez, pasando de RD$130 millones antes de la guerra a cerca de RD$1,200 millones esta semana, que lleva a las autoridades a levantar su onerosa política de congelamiento de precios. El impacto sobre el subsidio eléctrico será aun mayor. Junto a tasas más altas, menor crecimiento y mayor depreciación cambiaria, la deuda como proporción del PIB también aumentará.

Hay otros impactos, menos evidentes. El Golfo concentra casi la mitad de las exportaciones mundiales de fertilizantes cuya producción es intensiva en gas natural, como la urea. Si bien RD no importa directamente de allí, la reducción de la oferta global y el aumento del precio del gas los encarecerán. El impacto llega con rezagos, pero cuando lo haga, atentará contra el poder adquisitivo de los hogares de menores ingresos, presionando una inflación de alimentos que ya venía acercándose a doble dígito.

La construcción enfrenta su propio shock. Cerca de la mitad del acero, hierro y aluminio —importaciones que superan los US$1,400 millones anuales— proviene del sudeste asiático. El encarecimiento de los combustibles no solo presionará el precio de estos materiales, sino también el costo de transportarlos.

El turismo enfrenta vientos en contra, como tarifas aéreas más altas y mayor aversión a viajar. Pero mirando hacia futuro, los viajeros que visitaban Oriente Medio buscarán destinos alternativos. RD tiene potencial para capturar parte de ese mercado.

Un canal poco discutido es el financiero. En un año en que la regulación dominicana reintrodujo la valoración a mercado de los portafolios de inversión de las entidades de intermediación financiera (EIF), si este shock geopolítico se torna extremo podría elevar el riesgo país y desvalorizarlos, deteriorando la posición patrimonial de los bancos más expuestos. No es un riesgo sistémico inminente, pero es un canal de transmisión que merece atención.

La pregunta no es si estos impactos llegarán. Es si estaremos listos en caso sucedan.

La gestión de los riesgos

El momento exige que las autoridades proyecten control, coordinación y capacidad de respuesta. RD protagonizó una de las recuperaciones económicas más rápidas de la pospandemia y nuevamente está posicionada para navegar esta crisis: posee US$16,000MM en reservas internacionales, duplicando los niveles de la pandemia; más de RD$200,000MM de reserva fiscal en el banco del Estado; y un riesgo país que, tras cuatro semanas de conflicto, permanece en mínimos históricos.

Esa fortaleza debe comunicarse sin demora. Pero comunicarla no basta: hace falta un plan oficial coordinado entre Presidencia, el equipo económico y los ministros sectoriales, con vocería común, que parta del diagnóstico y detalle las medidas concretas que se adoptarán, con calendario y actualización periódica. En choques como este, la comunicación no sustituye la política económica, la hace efectiva.

Ese plan debe partir por la protección a los hogares, especialmente los más vulnerables. Primero, el Gobierno debería anticiparse al alza de los fletes que se avecina y evitar que termine penalizando importaciones estratégicas como fertilizantes, otros insumos agropecuarios, medicamentos y materiales de construcción, un sector clave de cara a la reactivación económica.

Existen precedentes. Barbados aplicó un tope al valor del flete para fines aduaneros durante la crisis de Rusia-Ucrania, mientras que la Unión Europea suspendió temporalmente aranceles sobre amoníaco y urea.

El principio es simple: que el Estado no amplifique por la vía tributaria un shock que termina en precios más altos y menor poder adquisitivo.

En materia fiscal, con una economía que crece por debajo de su potencial y arriesga una mayor desaceleración, el Gobierno debería considerar un programa contracíclico de inversión en infraestructura, priorizando obras de rápida ejecución y alto multiplicador sobre actividad y empleo, distribuidas en el territorio nacional.

Eso exigiría activar una cláusula de escape para la regla fiscal bajo un principio de responsabilidad: permitir un aumento transitorio de la inversión pública y del déficit, financiada con la reserva fiscal, y sin nueva deuda.

En paralelo, es oportuno transformar la política de subsidios, pasando de la generalización a la focalización. El congelamiento de precios que acaba de levantarse consumió durante años recursos fiscales de manera regresiva, beneficiando indiscriminadamente a hogares de altos y bajos ingresos. Esta crisis ofrece, por fin, la oportunidad política para hacer lo que la buena política económica recomienda desde hace tiempo.

En el frente financiero y considerando la posibilidad de aumentos súbitos de tasas que revaloricen los portafolios de inversión de las EIF, los reguladores tienen la oportunidad de convertir volatilidad en señal de confianza.

La Superintendencia de Bancos ya realiza pruebas de estrés. El siguiente paso debería ser fortalecer ese marco y acercarlo al modelo de la Reserva Federal: un mismo escenario supervisor para todo el sistema, con supuestos homogéneos para cada EIF definidos por la propia Superintendencia.

Eso permitiría comunicar la solvencia del sistema bajo un marco renovado, y demostrar que el sistema financiero dominicano fue evaluado bajo condiciones extremas y resistió. Sería una señal poderosa.

Pero incluso un paquete así seguiría siendo insuficiente si como país no aprendemos la lección de fondo: esta crisis no será la última.

Actuar sin certeza

Ucrania, el mar Rojo y ahora Ormuz confirman un patrón cada vez más claro: los riesgos geopolíticos llegaron para quedarse. Así lo confirman los principales informes de riesgo globales, como los publicados por el Foro Económico Global, Eurasia Group o el Índice de Riesgo de América Latina.

Por eso, además de respuestas tácticas, el país necesita de políticas de Estado para gestionarlos.

Como importador neto de hidrocarburos, RD no puede seguir enfrentando alzas abruptas de petróleo, gas y derivados de forma reactiva. Junto a seguros que protejan las finanzas públicas, hace falta un marco permanente de gestión: monitoreo, compras oportunas, protocolos de contingencia, subsidios temporales y focalizados, y coordinación entre Hacienda, Banco Central, sector eléctrico, reguladores e importadores clave. En un mundo de crisis recurrentes, la resiliencia energética no puede depender de la suerte del mercado.

Pero incluso eso sería insuficiente si el país no corrige una carencia más profunda: la ausencia de una capacidad institucional permanente para leer la geopolítica con criterio económico.

De ahí la necesidad de un Consejo Consultivo Geopolítico permanente, con perfiles de clase mundial y transdisciplinarios, no para adivinar guerras ni producir informes ceremoniales, sino para institucionalizar un marco de gestión de riesgos que permita monitorear el entorno geopolítico, diseñar escenarios, priorizarlos según su probabilidad, impacto y duración, e identificar con anticipación los protocolos de respuesta que cada uno exige.

Un consejo así permitiría coordinar mejor a la Presidencia, Hacienda, Banco Central, reguladores y sectores productivos alrededor de una misma pregunta: no solo qué está ocurriendo en el mundo, sino qué significa para nosotros, con qué horizonte temporal y bajo qué protocolos de respuesta.

Como país, debemos pasar de alegar que nadie vio venir la crisis a demostrar que la teníamos mapeada y que estábamos preparados para gestionarla.

Hace más de dos mil años, Heródoto escribió: “En la paz, los hijos entierran a sus padres; en la guerra, los padres entierran a sus hijos.” Lamentablemente, en el golfo Pérsico hoy se vive lo segundo. Las guerras no son abstracciones geopolíticas.

Solo la geografía parece separarnos del conflicto. La economía, no.

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