
Por Luis González Fabra
La democracia ya no comienza el día de las elecciones ni se decide solo frente a una urna. Ahora empieza mucho antes, desde el instante en que las personas despiertan y toman el teléfono móvil para asomarse al mundo. Antes del café de la mañana, antes de una conversación familiar o de escuchar un noticiero, ya hemos recibido una avalancha de imágenes, videos, frases incendiarias y mensajes diseñados para provocar emociones rápidas. Y en esa velocidad, desaparecen el análisis, el contexto y la serenidad que necesita toda convivencia democrática.
Durante décadas se creyó que la democracia descansaba sobre instituciones, partidos políticos y elecciones libres. Todo eso sigue siendo importante, pero ahora existe otro escenario igual de poderoso: el digital. Allí se forman opiniones, se manipulan emociones y se moldean conductas colectivas. Las redes sociales y las plataformas tecnológicas se han convertido en una especie de plaza pública global donde circulan tanto la verdad como la mentira, pero donde esta última suele viajar más rápido.
El gran problema es que el ecosistema digital premia el sobresalto. Mientras más indignación genera un contenido, más visibilidad obtiene. Mientras más miedo, enojo o ansiedad produzca una publicación, más posibilidades tiene de vitalizarse. El resultado es una conversación pública crispada, emocional y e irracional. La democracia, sin embargo.necesita exactamente lo contrario: tiempo para pensar, capacidad de escuchar y disposición para disentir sin destruir al adversario.
Investigaciones recientes advierten que estamos entrando en lo que algunos expertos llaman “un régimen híbrido digital”. La expresión describe algo muy simple: sociedades que sigue mm teniendo elecciones y estructuras a democráticas, aunque la conversación pública y la circulación de información estén condicionados por plataformas tecnológicas y algoritmos que no se eligen democráticamente.
Las plataformas no son neutrales. Deciden que contenido se muestra primero, que desaparece rápidamente y que temas se convierten en tendencia nacional. En verdad, tienen capacidad de influir sobre percepciones colectivas, estamos de ánimo y preferencias políticas. No hace falta alterar físicamente una elección para erosionar la democristiano; basta con deteriorar previamente la confianza ciudadana.
A esto se suma otra fenómeno preocupante: la crisis del periodismo tradicional. Cada vez más personas reciben información resumida,fragmentada o distorsionada a través de redes sociales, influencers y creadores de contenido. El problema no es solamente tecnológico, es cultural. La autoridad ya no depende necesariamente de quien investiga mejor o verifica los hechos, sino de quien parece más cercano, más espontáneo o más entretenido.
En nuestro país también estamos viviendo esa transformación. Basta observar cómo circulan rumores a través de grupos de whatsap, TikTok o Facebook. Las personas reenvían información sin verificar simplemente porque coinciden con sus emociones o prejuicios. Así se crea un ambiente de sospecha que termina debilitando la confianza en las instituciones, en los medios y hasta en la convivencia ciudadana.
A pesar de todo, los jóvenes ofrecen señal espera lanzadoras. Contrario a lo que muchos cree, no se trata de una generación. Indiferente a la política. Lo que ocurre es que desconfían de los discursos vacíos y de las estructuras tradicionales que no encajan en sus problemas cotidianos. Exigen transparencia, autenticidad y resultados concretos.
La inteligencia artificial, por ejemplo, abre enormes posibilidades, pero también plantea riesgos relacionados con la manipulación, la privacidad y la sustitución de empleos.
La innovación sin reglas podría terminar ampliando desigualdades y concentrado más poder en pocas manos.
Es claro que el gran desafío de nuestro tiempos consiste en reconstruir una cultura democrática basada en la credibilidad y la responsabilidad colectiva. No bastará con nuevas leyes ni controles tecnológicos si la ciudadanía pierde la capacidad de pensar críticamente y dialogar con respeto.
La democracia no muere de golpe. No siempre cae por un golpe de Estado o por tanques y militares en las calles. Se puede producir un desgaste lentamente, dentro del ruido digital, la desinformación y la pérdida de confianza mutua. Empieza a desmoronarse cuando dejamos de escucharnos, cuando el insulto sustituye al argumento y cuando la verdad se convierte un accesorio emocional.
Se equivoca quien crea que para defender la democracia basta con proteger el voto. También se necesita proteger la conversación pública, el pensamiento crítico y la capacidad de convivir como sociedad civilizada.




