In memoriam a José Gabriel García (1834-1910),
Padre de la historiografía dominicana

Por Miguel Collado
Embarcado en un nuevo proyecto de investigación microhistórica, llevo varios meses hurgando en la historiografía dominicana tras las huellas del ilustre religioso Antonio Sánchez Valverde, célebre autor del Idea del valor de la isla Española, y utilidades, que de ella puede sacar su monarquía, (**) publicado en Madrid en 1785.
En el curso de esa investigación he leído y releído a muchos historiadores dominicanos, pero debo decir que no todos ellos se leen con igual disposición del ánimo. Algunos se consultan, otros se soportan por necesidad académica o por rigor metodológico, mientras que unos pocos —muy pocos— los leo con verdadero placer. En estos últimos se produce una conjunción poco frecuente: piensan con rigor, fundamentan con solvencia y escriben con claridad. Me refiero aquí, de manera preferente, a historiadores en sentido disciplinario, sin desconocer el valor de otros autores que, desde el ensayo histórico y de manera ocasional, han contribuido a la interpretación del pasado dominicano.
Escribir bien no es un lujo del historiador, sino una consecuencia de su modo de pensar. Quien organiza con lógica sus ideas, quien contrasta sus fuentes y respeta la metodología de su disciplina, termina —casi inevitablemente— expresándose con precisión. La buena prosa, en estos casos, no adorna: revela.

Dentro de esa categoría de historiadores dominicanos que se leen con placer, existen nombres que honran el oficio. Carlos Esteban Deive, por ejemplo, conjuga erudición y agudeza interpretativa en una escritura limpia, sin alardes innecesarios; Emilio Cordero Michel ofrece siempre un discurso sólidamente apoyado en fuentes, donde el análisis crítico se impone sin sacrificar la elegancia expresiva; Franklin J. Franco, con su conocida vocación interpretativa, logra articular explicaciones de amplio alcance sin perder el hilo conductor ni la claridad del lenguaje; y Hugo Tolentino Dipp, dueño de una prosa firme y bien templada, combina la reflexión histórica con un estilo que invita a seguir leyendo. A esta nómina cabe añadir a Roberto Cassá, cuya escritura se distingue por la claridad analítica, la coherencia expositiva y una notable capacidad para articular el dato histórico con la interpretación, especialmente en el terreno biográfico, donde alcanza momentos de gran solidez.
No puedo omitir —sería un olvido revestido de ingratitud— a Emilio Rodríguez Demorizi, maestro de la compilación y del rescate bibliográfico. En él se manifiesta una dimensión esencial del quehacer histórico: la de poner a disposición de otros los materiales mismos de la historia. Su labor, asumida con pasión y sostenida por una férrea cultura humanística, no se limitó a reunir documentos, sino a organizarlos, contextualizarlos y ofrecerlos con criterio. Gracias a ese esfuerzo, buena parte de la memoria escrita dominicana se hizo accesible. No es casual que Pedro Henríquez Ureña lo distinguiera con su amistad.
En esa misma línea de atención al dato significativo, resulta justo mencionar a Vetilio Alfau Durán, a quien con acierto podría llamarse el Maestro del detalle relevante: en su obra, el dato no se acumula, se selecciona; y en esa selección se revela una inteligencia histórica capaz de iluminar, con sobriedad y precisión, aspectos esenciales del pasado. No es ocioso añadir que fue uno de mis orientadores en mis inicios como microhistoriador, junto a Rodríguez Demorizi y Ramón Franco Fondeur.
En todos ellos hay un rasgo común: no afirman sin mostrar, no interpretan sin sustentar. La cita, la referencia, el diálogo con las fuentes forman parte natural de su discurso. No abruman; respaldan. Y en ese equilibrio radica buena parte del placer de su lectura.
Mención especial merece Juan Bosch, cuya obra, aun situada en la intersección entre la historia, la sociología y el análisis político, alcanza niveles notables de claridad expositiva y rigor interpretativo. En sus textos, la reflexión política no se presenta como ejercicio retórico, sino como resultado de un estudio atento de los procesos históricos y de las realidades concretas, muchas veces apoyadas en datos y estadísticas. Su capacidad para articular estructuras sociales complejas en un lenguaje accesible lo convierte en un autor que se deja leer con fluidez sin sacrificar profundidad. En él, la historia funciona como fundamento del análisis, como instrumento de comprensión y como vía para hacer inteligible la realidad dominicana.
También merece una mención aparte Marcio Veloz Maggiolo, figura cimera de la historiografía dominicana en su vertiente arqueológica y antropológica. En su obra se conjugan, de manera poco frecuente, el rigor del científico, la sensibilidad del humanista y la destreza del narrador. Su prosa, cuidada y precisa, no renuncia a la belleza, pero tampoco se aparta del apego al lenguaje técnico ni de la fidelidad a la evidencia. Leerlo es adentrarse en los orígenes más remotos de la isla sin perder el hilo de una exposición clara, sólida y sugestiva. En él, el conocimiento del pasado prehispánico alcanza una forma expresiva que honra, a la vez, la verdad histórica y el arte de decir.
Otros historiadores, igualmente cultos y valiosos, optan por una escritura más dialogante, menos apoyada en la explicación constante de las fuentes documentales. Es el caso de Frank Moya Pons, cuya obra se distingue por su claridad expositiva y su capacidad de síntesis. En él predomina la interpretación fluida, accesible, aunque con menor frecuencia en la citación explícita de las fuentes. Sin embargo, reconozco en él una vasta erudición, una poderosa lucidez y una gran disciplina intelectual.
No se trata, desde luego, de establecer jerarquías excluyentes, sino de reconocer estilos. Pero para quien entiende la historia como disciplina y como forma de escritura, el mayor deleite proviene de aquellos autores en los que el pensamiento, el método y el lenguaje alcanzan una armonía superior. Son esos, precisamente, los historiadores que leo con verdadero con placer.
(*) Es Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, Miembro Correspondiente (Consultor Bibliográfico) de la Academia Dominicana de la Lengua y presidente-fundador del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL) y del Centro Dominicano de Estudios Hostosianos (CEDEH). Es Premio Casa del Escritor Dominicano 1994 y ha publicado más de 20 libros de investigación.
(**) Don Antonio Sánchez Valverde. «Idea del valor de la Isla Española, y utilidades que de ella puede sacar su monarquía». Madrid, España: Imprenta de Don Pedro Marin, 1785. xx-208-[4] p. En los fondos digitales de mi biblioteca personal se encuentra esta edición príncipe de la icónica obra de Sánchez Valverde, nacido en la ciudad de Santo Domingo —posiblemente en 1729— y fallecido en Guadalajara, México, en 1790.




