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“Scary Movie”: el regreso de los Wayans apuesta por la nostalgia

Lo curioso es que la mejor parte de la película no tiene que ver con el terror ni con la nostalgia. Tiene que ver con el simple placer de volver a ver juntos a estos actores

La comedia de parodia siempre ha sido un género complicado. Parece sencilla porque vive de burlarse de películas que el público ya conoce, pero las mejores sátiras nunca se limitan a señalar referencias. Funcionan porque entienden aquello que están parodiando y encuentran una manera de exponer sus absurdos. La primera Scary Movie logró precisamente eso en el año 2000. Llegó en el momento exacto para despedirse de una generación de slashers adolescentes liderada por Scream y I Know What You Did Last Summer. Era vulgar, inmadura, descarada y, por momentos, genuinamente inspirada.

Veintiséis años después, los hermanos Wayans regresan para recuperar la franquicia que ayudaron a crear. Sobre el papel, parecía una oportunidad perfecta. El cine de terror atraviesa uno de sus momentos más creativos en décadas. Desde Get Out hasta The Substance, pasando por Smile, Sinners, Longlegs, Terrifier o Weapons, existe material de sobra para construir una sátira feroz sobre las obsesiones contemporáneas del género. Sin embargo, la nueva Scary Movie parece más interesada en revisitar viejas fórmulas que en encontrar algo nuevo que decir.

La película adopta como punto de partida el fenómeno de los “requels”, esas secuelas disfrazadas de reinicios que han dominado Hollywood durante los últimos años. De nuevo aparece Cindy Campbell, interpretada por Anna Faris, ahora convertida en una paranoica sobreviviente al estilo de Laurie Strode en las nuevas entregas de Halloween. También regresan Brenda, Shorty y Ray, mientras una nueva generación de personajes se enfrenta a otro asesino enmascarado que recuerda inevitablemente a Ghostface.

La idea tiene potencial porque la propia saga Scream ya se había burlado de los requels. Una parodia de una franquicia que se ríe de sí misma podría haber generado algo realmente ingenioso. El problema es que la película rara vez encuentra un ángulo verdaderamente mordaz. Con demasiada frecuencia se conforma con reproducir escenas conocidas y añadir una grosería, una referencia sexual o una exageración física. Ese enfoque funcionaba mejor en el año 2000. Hoy resulta agotadoramente familiar.

Eso no significa que la película carezca de momentos inspirados. Los Wayans siguen teniendo un instinto especial para ciertos gags visuales absurdos. Algunas referencias a Final Destination, Smile, Terrifier, Nosferatu y Sinners generan risas legítimas. Hay secuencias que recuerdan por qué esta franquicia llegó a convertirse en un fenómeno cultural. Un simple detalle de fondo puede resultar más gracioso que escenas enteras de otras comedias recientes.

El problema es la inconsistencia

Por cada chiste que funciona aparecen tres que se extienden demasiado o que parecen sacados de otra época. La película insiste una y otra vez en bromas sobre sexualidad, identidad y estereotipos que ya parecían gastadas hace una década. Lo que antes podía sentirse provocador ahora luce desesperadamente nostálgico. No porque la corrección política haya destruido la comedia, como algunos insisten en argumentar, sino porque el humor también evoluciona. Repetir exactamente los mismos mecanismos durante veinticinco años no es rebeldía; es rutina.

Anna Faris y Regina Hall siguen siendo las armas secretas de la saga. Ambas poseen una habilidad extraordinaria para vender el disparate más absurdo con absoluta convicción. Faris continúa demostrando por qué fue el corazón cómico de las primeras películas, mientras Hall encuentra nuevas formas de convertir a Brenda en una fuerza caótica de la naturaleza. Incluso cuando el material no está a la altura, ellas logran rescatar escenas enteras únicamente a través de su energía.

Marlon Wayans también conserva intacto el espíritu de Shorty. Su personaje sigue siendo una caricatura ambulante, pero al menos transmite la sensación de que el actor se está divirtiendo. Shawn Wayans, en cambio, queda atrapado en una serie de bromas repetitivas que parecen incapaces de evolucionar junto con los tiempos.

Resulta llamativo que la película se sienta más cómoda burlándose de sus propios personajes que del cine de terror contemporáneo. Los grandes títulos de la última década aparecen más como decorado que como objeto de análisis. Get Out, por ejemplo, revolucionó la forma en que Hollywood abordaba el terror social. The Substance abrió debates sobre la imagen corporal, el envejecimiento y la obsesión por la juventud. Sinners exploró temas raciales, históricos y culturales con una ambición poco habitual dentro del género. La película menciona algunas de estas obras, pero rara vez encuentra algo inteligente que hacer con ellas.

Es una oportunidad perdida porque el terror moderno ofrece mucho más material satírico que los slashers adolescentes que inspiraron la primera entrega.

Tampoco ayuda que la película depende excesivamente del reconocimiento. Muchos chistes funcionan únicamente porque el espectador identifica la referencia. Una vez realizado ese reconocimiento, no existe una segunda capa de humor. El resultado se parece más a una lista de referencias cinematográficas que a una verdadera sátira.

Sin embargo, incluso cuando fracasa, Scary Movie conserva algo que muchas comedias contemporáneas han perdido: una voluntad absoluta de parecer ridícula. Los Wayans nunca han tenido miedo de hacer el ridículo en pantalla. Esa falta de vergüenza genera cierta simpatía, incluso cuando los resultados son irregulares. Hay una energía anárquica que mantiene viva la película durante sus noventa minutos, evitando que se convierta en una experiencia completamente tediosa.

Lo curioso es que la mejor parte de la película no tiene que ver con el terror ni con la nostalgia. Tiene que ver con el simple placer de volver a ver juntos a estos actores. Existe una química evidente entre ellos, una sensación de camaradería que sobrevive a los años y que aporta una calidez inesperada al conjunto. En esos momentos, la película deja de ser una colección de referencias y se convierte en una reunión de viejos amigos que todavía intentan hacerse reír mutuamente.

Quizás eso explique tanto sus aciertos como sus limitaciones. La nueva Scary Movie funciona mejor como reunión que como reinvención. Recupera parte del espíritu de las primeras entregas, pero también revive muchos de sus defectos. Los Wayans regresan para reclamar una franquicia que les pertenecía, pero en lugar de demostrar cómo ha evolucionado la comedia en un cuarto de siglo, termina recordándonos cuánto ha cambiado el mundo alrededor de ella.

Hay risas. Algunas incluso son muy buenas. Pero son demasiadas las ocasiones en las que la película parece una banda tocando sus grandes éxitos para un público que ya conoce todas las canciones.

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