
Por César Pérez
En la medida se avanza hacia la final del mundial de fútbol, se incrementan y profundizan las embestidas de la bestia del racismo. Sus brutales y torpes zarpazos han llegado tan lejos que han creado roces en las relaciones diplomáticas entre más de dos países, al tiempo de poner en evidencia hasta qué punto han llegado algunos en el absurdo de intentar racializar el concepto nación. Es lo que se ha llamado nacionalismo étnico, muy en la cabeza de los sectores de la ultraderecha e incluso de la derecha tradicional. Con esa anteojera es que algunos miembros de esas tendencias miran la composición de las selecciones nacionales de algunos deportes colectivos, sobre todo el fútbol, o de singulares de representantes en otras disciplinas deportivas.
No han entendido, o no quieren entender, que la diversidad reflejada en los deportes colectivos, en torneos nacionales como mundiales, son reflejos del carácter diversos, plural en que se ha ido configurando el mundo, o particularmente algunos países o equipos de grandes recursos económicos. Los equipos de fútbol de las ligas inglesa, alemana o española son ejemplos. Sin embargo, gente de derecha, como el ex jefe del gobierno español Mariano Rajoy no lo entiende, por eso ha dado lamentables declaraciones regateándole el carácter francés al seleccionado de Francia, del cual 23 de sus 26 integrantes han nacido allí, al igual que los padres de algunos de ellos. Para ese personaje, nación es igual a etnia o raza. Blanca, en ese caso. Si se asumiera ese absurdo razonamiento habría que excluir de la nacional española a dos de sus principales jugadores: Lamine Yamal y Nico Williams, de padres africanos.
Las declaraciones de contenido racista de la senadora paraguaya, de la una vicegobernadora argentina y de otras figuras públicas del mundo de la política y la comunicación, son esencialmente iguales a las del referido ex jefe de gobierno. Todas han sido condenadas por el gobierno francés y por toda persona de sensibilidad democrática. Cuando del racismo parcial, localizado en el tratamiento algunas temas, personas o colectivos, se pasa a lo que algunos autores llaman racismo total y se convierte en política de estado. Con sus matices, algunos estados lo practican abiertamente o de manera solapada, a través de las declaraciones de algunas figuras o aliados coyunturales de un determinado gobierno. Para eso, la otredad, el enemigo” se construye a partir del color de la piel.
Vale decir, a través de una imaginaria “pureza” de sangre y “cultural”. A ese propósito, en nuestro país algunos han pretendido cuestionar la dominicanidad de la extraordinaria velocista Marileidy Paulino, como en su momento se hizo con Peña Gómez. Sin embargo, frente a la karateca María Dimitrova, nacida fuera y de padres búlgaros, no se oye ningún ruido al respecto. En Italia, los padres Jannik Sinner, actual campeón mundial de tenis, son de origen alemán, pero nadie le niega su condición de italiano. No sucede lo mismo con la principal estrella italiana del volibol, Paola Egnu, de padres nigerianos, que es constantemente insultada y agredida. En esos y otros casos, se asume que una persona no pertenece a una nación por una imaginada diferencia identificada en el color de su piel, sobre todo si este es negro.
De ese modo, se reduce la persona a la pigmentación de su piel, ignorando su condición social e identitaria. El racismo, dice Michael Wieviorka, “no se basa en el conocimiento del otro, sino más bien en la ignorancia del mismo”. En el prejuicio. La generalidad de racistas desconoce que ese “otro” que rechazan, a veces con bestial pasión y odio, ha forjado su identidad, su apego y defensa del lugar de sus vivencias esenciales. Son y se sienten parte del país donde nacieron o se forjaron como seres humanos, sean o no deportistas. También desconocen que nadie, incluyéndolo a ellos mismos, tiene una identidad con una “esencialidad” única o particular. Todos somos fruto de una diversidad de experiencias, somos únicos y múltiples al mismo tiempo.
Personalmente soy dominicano, pero con múltiples vivencias/experiencias fruto de años vividos en tres países, aparte del mío. Mi “esencialidad” es diversa. Como la de todo el mundo. Esta obviedad es tan vieja como el mundo y los inéditos flujos migratorios que signan la presente época la potencian enormemente, siendo el deporte, en tanto fenómeno de masas indisolublemente ligado a la economía, una de las actividades que mejor la visibiliza. El miedo que a la nobleza y sectores eclesiales provocaba un deporte de masas como el fútbol, porque significaba una expresión y espontánea apropiación del derecho al disfrute del tiempo libre, hoy lo reproducen los supremacistas blancos al pretenden negar el derecho a representar su país a determinados deportistas nacionales por el color de su piel.
Reitero, en el deporte se refleja la nueva realidad del mundo y su diversidad, pero también la obcecara actitud negacionista de esa pluralidad por parte de algunos. Esa disciplina constituye una de las ramas más importantes de la Sociología, pues como dice el sociólogo Norbert Elías: “el conocimiento del deporte lo es también de la sociedad”, del mundo reflejado en este mundial y que la bestia de racismo no acepta.




