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Jóvenes de Pedernales y Barahona estarían entre víctimas fatales de bombardeos de EE.UU. en el Caribe

Se detectan algunas “coincidencias” entre fechas de desapariciones y de ataques a embarcaciones

Pescadores del sur dominicano llevan años desapareciendo en una ruta clandestina hacia Sudamérica. Esto, ocurre desde que Estados Unidos comenzó a destruir embarcaciones sospechosas de narcotráfico en El Caribe.

La afirmación anterior ha llevado a una pregunta que llegó hasta las casas de quienes nunca regresaron: ¿están algunos de sus familiares entre los muertos que Washington nunca identificó públicamente?

En algunas casas de Barahona y Pedernales los muertos no tienen cadáver. Tampoco acta de defunción. No hay tumba donde llevar flores, autoridad que explique qué ocurrió ni certeza suficiente para comenzar un duelo.

Sin embargo, existe una llamada telefónica que dejó de llegar.

Doña Dora Turbí recuerda exactamente la última vez que escuchó la voz de su hijo, Eris Féliz. Fue el 5 de febrero de 2026.

—Mi ma, la señal está media mala. Nos vemos.

Le dijo que estaba en Colombia. Después, silencio.

“Si él hubiera estado vivo, ya él me hubiera llamado”, dice su madre. Pero inmediatamente deja abierta la única posibilidad que todavía puede sostener: “Ojalá y Dios quiera que Dios lo tenga por ahí”.

Eris era pescador. Había aprendido el oficio desde niño junto a su padre. Su madre asegura que había hecho viajes anteriores y regresado. Esta vez no ocurrió.

Su historia conduce hacia una realidad de la que se habla desde hace años en comunidades de Barahona y Pedernales: pescadores reclutados para convertir su conocimiento del Caribe en una pieza de la cadena internacional de la cocaína.

Esa no es solamente una historia transmitida de boca en boca, la Organización de las Naciones Unidas(ONU) ha documentado embarcaciones rápidas capaces de transportar entre 500 y 700 kilogramos de cocaína desde Venezuela hacia República Dominicana o Puerto Rico utilizando depósitos adicionales de combustible. También ha documentado la participación de transportistas dominicanos que reciben cargamentos mar adentro y completan el recorrido en lanchas rápidas o embarcaciones pesqueras.

La ruta existe. Y existía mucho antes de que Estados Unidos comenzara a bombardearla.

Una guerra con muertos sin nombres

El 2 de septiembre de 2025 Estados Unidos anunció el primer ataque de una campaña militar contra embarcaciones que identifica como vinculadas a organizaciones narcotraficantes.

Once personas murieron. Después vinieron otras. En marzo de 2026, funcionarios estadounidenses reconocían 45 ataques contra embarcaciones sospechosas en El Caribe y el Pacífico oriental, con 157 personas muertas. Para finales de agosto, el conteo de Associated Press había elevado el saldo a por lo menos 227 muertos en 68 ataques.

Washington suele mostrar las imágenes: Una pequeña embarcación avanza en medio del océano. Segundos después, una explosión la hace desaparecer.

Los comunicados informan cuántos murieron. Describen a sus ocupantes como integrantes de organizaciones criminales o “narcoterroristas”. Señalan que navegaban por rutas conocidas del narcotráfico. Pero en numerosos ataques falta un dato elemental: sus nombres.

En el Caribe murieron cuatro hombres el 3 de octubre de 2025; seis el 14; otros seis el 24. Tres el 1 de noviembre; tres el día 6 y cuatro el 10.

En 2026 continuaron los ataques y las muertes. Estados Unidos sabía qué embarcación había decidido destruir. Sabía dónde navegaba. Afirmaba conocer la organización a la que pertenecía. Contaban los muertos. Pero no decía públicamente quiénes eran.

Reporte Especial fue tras esos nombres a Barahona y Pedernales

Reporte Especial viajó entonces hacia el sur dominicano buscando precisamente eso: nombres.

Lo primero que encontramos modificó la dimensión de esta historia: las desapariciones habían comenzado mucho antes que los bombardeos. Carlos Julio Pérez desapareció en 2019. Su hijo, Carlos Danelkis Pérez, desapareció ese mismo año durante otro viaje.

Leonardo Peña tenía apenas 22 años cuando salió de su casa diciendo que pasaría ocho días pescando en Isla Beata. Antes de irse llevó lambí a su madre.

—Mami, yo no vengo ahora. Voy a durar ocho días en la isla. No me guarden comida.

Ocho días después llamó. No estaba en Isla Beata. Estaba en Colombia. Un mes después, según su madre, emprendió el regreso. Nunca llegó.

“Yo no le puedo decir que está vivo o que está muerto porque yo no lo enterré”, dice Francisca.

Estos hombres no pudieron morir en los actuales ataques estadounidenses. Sus desapariciones ocurrieron años antes. Y ésa es precisamente su importancia. Los bombardeos no crearon esta ruta, llegaron a una ruta que ya se llevaba hombres.

Cuánto cuesta tener conocimiento del mar

En estas comunidades el mecanismo se describe con una naturalidad inquietante. Un hombre sabe navegar. Conoce los motores, calcula combustible, interpreta las corrientes. Puede pasar horas mar adentro, conoce las playas, puntos de desembarco y comportamiento del tiempo. Ese conocimiento tiene poco valor en una economía de subsistencia, pero, para el narcotráfico puede valer millones.

Los testimonios recogidos por Reporte Especial sitúan el pago de determinadas travesías alrededor de RD$5 millones: unos RD$3.5 millones para el capitán y RD$1.5 millones para un ayudante. No existe evidencia documental que permita considerar esa cifra una tarifa uniforme, pero distintas fuentes describen remuneraciones extraordinariamente superiores a las posibilidades económicas habituales de estas comunidades.

Un pescador lo explicó sin romanticismo, “Primeramente le pagaban tres millones y medio”.

Le preguntamos si era mucho. “Para arriesgar la vida tal vez no tanto. Luego añadió: Lo material se recupera. La persona humana se recupera nunca”.

La pobreza no convierte a un pescador en narcotraficante ni elimina la responsabilidad de quien acepta transportar droga. Pero explica una parte del mercado laboral que las organizaciones criminales han encontrado en el sur profundo.

La pesca depende del clima, el combustible, el motor y lo que produzca el mar. La agricultura depende del agua, la cosecha y el mercado. El empleo formal escasea. El viaje clandestino, en cambio, ofrece una cantidad concreta.

Ahí está la paradoja: la travesía puede ser suicida, pero su promesa económica parece más predecible que la vida legal que muchos dejan en tierra.

El narcotráfico no necesita enseñarles el mar, lo que hace es comprar el conocimiento que la pobreza no remunera.

La economía que se ve y otra que no se ve

El paisaje ayuda a comprender la contradicción. En Juancho, Enriquillo, Paraíso y otros puntos recorridos por Reporte Especial no se observa una economía comercial intensa. Hay pocos comercios y el tránsito vehicular es reducido.

Las oportunidades laborales que describen los habitantes se concentran una y otra vez en pesca, agricultura, empleo público y actividades informales.

“Si no hay pesca, hay agricultura. Aquí no hay más nada”, dice Víctor, hermano de Mauricio Pérez, desaparecido hace aproximadamente dos años.

Sin embargo, dos tipos de establecimientos se repiten visualmente en el recorrido con una presencia difícil de ignorar: estaciones de combustible y bancas de apuestas. No hay evidencia que permita atribuir actividad criminal a esos establecimientos, y su existencia tiene explicaciones perfectamente legales.

Lo significativo es el contraste, una economía visible pequeña, pocos vehículos, pocos negocios, pocas fuentes de trabajo y una presencia reiterada de actividades que dependen, precisamente, de combustible o circulación constante de dinero.

En una costa donde Naciones Unidas ha documentado rutas marítimas de cocaína y donde los propios habitantes describen embarcaciones que realizan travesías internacionales, la contradicción deja una pregunta instalada en el paisaje: ¿cuál es el tamaño real de la economía que se mueve en estos pueblos?

La respuesta no puede buscarse únicamente en las comunidades. También está mar adentro.

Durante 2025 las autoridades dominicanas reportaron la incautación de 31,294 kilogramos de drogas dentro del territorio nacional. De ese total, 19,586 kilogramos correspondieron a cocaína. Sumadas las operaciones realizadas mediante cooperación internacional, el volumen reportado superó las 48 toneladas.

Entre agosto de 2020 y septiembre de 2025, el Gobierno dominicano informó más de 226 toneladas de drogas decomisadas mediante operaciones nacionales e internacionales y 144 embarcaciones incautadas.

En febrero de 2026, una sola operación frente a las costas de Baní interceptó una embarcación rápida con 2,049 paquetes: más de dos toneladas de presunta cocaína.

Las incautaciones no equivalen automáticamente al volumen total del narcotráfico. También reflejan capacidad de persecución, inteligencia y cooperación internacional. Pero revelan la escala de la mercancía que intenta atravesar este territorio. Y detrás de esas toneladas hay una infraestructura: embarcaciones, motores, combustible, dinero, puntos de salida y recepción, redes logísticas. Y hombres capaces de cruzar el mar.

Domingo y Gabriel nunca regresaron

Es aquí donde la ruta histórica y la campaña estadounidense comienzan a encontrarse.

Domingo Féliz desapareció hacia finales de 2025 y Gabriel Cuevas, de aproximadamente 39 o 40 años, también.

Familiares y personas de sus comunidades aseguran que regresaban desde Colombia en una embarcación que fue atacada.

No presenciaron el hecho. La información, explican, circuló entre personas relacionadas con los viajes.
“De patrones a patrones se avisan”, cuenta uno de los familiares.

Después llegaron noticias de una embarcación destruida. Circularon videos.

Gabriel dejó de comunicarse y Domingo tampoco regresó.

La familia de Domingo llevaba alrededor de nueve meses esperando cuando habló con Reporte Especial, “Nunca nadie nos dijo nada. Se quedó así”.

Entre octubre y noviembre de 2025, Estados Unidos realizó múltiples ataques letales contra embarcaciones en el Caribe. La coincidencia temporal es significativa.

No existe una identificación definitiva, pero Domingo y Gabriel ya no son únicamente dos desaparecidos de una comunidad costera. Son dos posibles identidades dominicanas dentro de una ventana de ataques estadounidenses cuyos muertos Washington no identificó públicamente.

Eris

El caso de Eris Féliz estrecha todavía más la secuencia. 5 de febrero de 2026 hizo una llamada a su madre. Dijo que estaba en Colombia y después, solo existió el silencio.

Ocho días más tarde, el 13 de febrero, Estados Unidos atacó una embarcación en el Caribe y anunció tres muertos. El 16 de febrero hubo otros tres muertos en otra embarcación caribeña. El 23 de febrero murieron tres más; el 25 de marzo, otros cuatro. Ninguno de esos comunicados identifica a Eris. Y Reporte Especial no afirma que estuviera en alguna de esas embarcaciones.

Lo que sí ha podido establecer es algo que hasta ahora no estaba públicamente conectado: un pescador dominicano desaparecido, una última comunicación desde Colombia y una ventana inmediata de ataques letales contra embarcaciones en el corredor caribeño cuyos ocupantes no fueron identificados públicamente.

Eris tiene nombre. Tiene rostro. Tiene una madre que recuerda el día exacto de su última llamada. Ahora existe también una cronología con la cual confrontar su desaparición.

Los desaparecidos que no existen

Hay otra cifra que no aparece en los decomisos, la de quienes nunca fueron denunciados y que muchas familias entrevistadas no acudieron formalmente a las autoridades. Algunas temen hablar. Otras saben —o sospechan— qué actividad realizaba su familiar y entienden que denunciarlo supone explicar primero por qué había viajado.
“No sabemos a quién le decimos”, explica doña Dora.

Las estadísticas de la Policía Nacional registraron 1,054 desapariciones entre el 1 de enero y el 13 de octubre de 2025.

Nueve correspondían a Barahona. Pedernales no aparecía entre las provincias consignadas en la tabla publicada.

Eso no significa que en Pedernales no hubiera desaparecidos. Significa que no aparecen allí. Y las familias encontradas durante esta investigación revelan el problema que una estadística basada en denuncias puede no alcanzar: un hombre puede desaparecer sin convertirse oficialmente en desaparecido. Puede haber naufragado. Puede estar detenido en otro país. Puede haber sido asesinad y hasta puede haber abandonado voluntariamente a su familia.

Desde septiembre de 2025 puede existir otra posibilidad: haber muerto en una embarcación atacada por Estados Unidos. Sin denuncia dominicana y sin identidad publicada por Estados Unidos, ambas estadísticas jamás se encuentran. El desaparecido queda atrapado entre dos silencios.

Los hombres descritos por estas familias no aparecen como propietarios de toneladas de cocaína. No aparecen como grandes financiadores. No controlan mercados internacionales. Lo que tienen es otra cosa: conocimiento marítimo.
Dentro de una organización capaz de movilizar cargamentos valorados en millones de dólares, eso los convierte simultáneamente en esenciales y sustituibles.

Cuando llegan, cobran —si les pagan. Cuando desaparecen, otro puede ocupar su lugar. Pilón lo resume en una pregunta.

“¿A quién le van a reclamar?” A nadie.

Ahí se encuentra quizá la parte menos visible del nuevo mapa del narcotráfico caribeño. Las toneladas tienen propietario. Las embarcaciones tienen una misión. La droga tiene destino. El dinero tiene beneficiarios, pero algunos de los hombres que hacen posible la travesía pueden desaparecer sin dejar siquiera un expediente.

Los nombres

Estados Unidos conoce las embarcaciones que decidió destruir, dispone de inteligencia sobre las rutas y afirma conocer la vinculación criminal de sus objetivos, también conoce el número de personas que ha matado. En el sur dominicano hay familias que conocen otros datos: cómo se llamaban, dónde vivían, a qué se dedicaban, cuándo salieron, desde dónde llamaron y cuándo dejaron de hacerlo.

Reporte Especial encontró tres nombres que, por cronología y testimonios familiares, adquieren especial relevancia frente a ataques estadounidenses realizados en el Caribe: Domingo Féliz, Gabriel Cuevas y Eris Féliz.

La evidencia disponible todavía no permite afirmar en cuál embarcación viajaba cada uno ni declarar que Estados Unidos causó sus muertes. Pero permite establecer algo que hasta ahora permanecía separado: existen dominicanos desaparecidos en el corredor marítimo hacia Sudamérica cuyas fechas son compatibles con operaciones estadounidenses que dejaron hombres muertos sin identificar públicamente.

Convertir esa compatibilidad en identificación definitiva requiere una respuesta que las familias no poseen. Nos preguntamos si Estados Unidos podría poseerla.

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