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Eduardo Sanz Lovatón y la política del futuro

Por Milton Olivo

Existe una regla no escrita en la política: cuando un dirigente comienza a crecer de manera sostenida, deja de ser evaluado únicamente por sus realizaciones y pasa a convertirse en objeto de rumores, especulaciones y campañas orientadas a moldear la percepción pública.

No necesariamente porque haya cometido errores, sino porque empieza a ser visto como un competidor real.   Eso parece estar ocurriendo con Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón.

Su ascenso político no ha sido producto del azar. Ha recorrido un camino de preparación, trabajo partidario, gestión pública y construcción de relaciones que hoy lo colocan entre las figuras de mayor proyección dentro del Partido Revolucionario Moderno.

Su desempeño al frente de la Dirección General de Aduanas fortaleció la imagen de un funcionario eficiente, comprometido con la modernización del Estado y con la transparencia administrativa. Posteriormente, su designación al frente del Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes constituyó una nueva demostración de confianza por parte del presidente Luis Abinader, quien le encomendó una de las instituciones responsables de impulsar la producción, la inversión y la competitividad nacional.

Pero en política las ejecutorias no siempre son suficientes.   Cuando un liderazgo comienza a despertar expectativas, también aparecen las narrativas interesadas.   En las últimas semanas han circulado versiones de que Eduardo Sanz Lovatón ya habría comprometido su proyecto presidencial mediante acuerdos con otros aspirantes. Otros sostienen que se adelantó al iniciar demasiado temprano su recorrido político nacional.

Ninguna de esas interpretaciones resiste un análisis objetivo.  Conversar con todos no significa depender de nadie.  Escuchar a todos no implica renunciar a un proyecto propio.   Precisamente una de las fortalezas de Eduardo Sanz Lovatón ha sido mantener relaciones respetuosas con los distintos liderazgos del PRM.

Y eso, lejos de ser una debilidad, constituye una virtud.  La política dominicana necesita dirigentes capaces de construir consensos, reducir tensiones y sumar voluntades. Los países no avanzan sobre la base de conflictos permanentes.  Avanzan cuando sus líderes logran integrar capacidades alrededor de objetivos comunes.

Quienes hemos dedicado años al estudio del liderazgo político sabemos que existe una diferencia fundamental entre un dirigente y un estadista.  El dirigente busca seguidores. El estadista construye confianza.  Y la confianza se gana mediante la coherencia, la serenidad, la preparación y la capacidad para escuchar incluso a quienes piensan diferente.

Observo además otra característica poco común en el actual escenario político.  Eduardo Sanz Lovatón ha evitado convertir la competencia interna en una confrontación personal.  Mientras algunos entienden que crecer exige atacar, él parece haber escogido un camino diferente: demostrar capacidad de gestión, recorrer el país y fortalecer vínculos con los diversos sectores nacionales.

Esa actitud explica por qué resulta una figura respetada incluso entre quienes respaldan otros proyectos presidenciales.  En política, el respeto de los adversarios suele tener más valor que el aplauso automático de los propios.

La República Dominicana atraviesa un momento decisivo.  Las transformaciones tecnológicas, la inteligencia artificial, la relocalización industrial, la economía digital, la seguridad alimentaria, la economía circular y la competencia global exigirán un liderazgo con capacidad para comprender el mundo que viene, no únicamente el que ya conocemos.

El próximo presidente deberá ser, sobre todo, un estratega del desarrollo nacional. Alguien capaz de convertir oportunidades internacionales en bienestar para la población dominicana.  Desde esa perspectiva, la discusión política debería concentrarse mucho menos en rumores y mucho más en capacidades.

¿Quién posee experiencia gerencial?  ¿Quién ha demostrado resultados en la administración pública?  ¿Quién puede unir al partido después del proceso interno? ¿Quién inspira confianza en los sectores productivos? ¿Quién tiene la serenidad suficiente para gobernar una nación cada vez más compleja?  Esas son las preguntas verdaderamente importantes.

Las campañas de percepción pasarán.  Las especulaciones desaparecerán. Lo que permanecerá será la trayectoria de cada dirigente.  La historia demuestra que los grandes liderazgos no necesitan responder cada rumor.  Necesitan seguir trabajando.

La política del futuro será cada vez menos espectáculo y cada vez más capacidad para resolver problemas.  Y precisamente ahí es donde deberán medirse quienes aspiren a conducir la República Dominicana durante las próximas décadas. El país necesita menos confrontación y más visión. Menos rumores y más propuestas. Menos campañas de percepción y más proyectos de nación.

Porque al final, el liderazgo verdadero no se impone. Se reconoce. Y el tiempo, que suele ser el juez más imparcial de la política, termina colocando a cada quien exactamente en el lugar que merece.

*El autor es el creador de la visión Quisqueya Potencia y promotor de la Revolución Cultural Productiva, una propuesta para transformar la República Dominicana mediante el emprendimiento, la innovación, la producción y el aprovechamiento sostenible de su recurso.

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