Ingresó al Banco Central de la República Dominicana como director del Departamento de Comunicaciones, cargo que desempeñó de manera eficiente
Era todavía un adolescente cuando lo conocí, en aquellas aulas del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), durante los años ochenta del siglo pasado, cuando él asistió, junto a un pequeño grupo de condiscípulos, a las reuniones de los sábados, un encuentro voluntario, sin créditos ni notas, un taller literario del que emergieron algunos escritores, siendo él uno de los más brillantes y reconocidos públicamente, con obras que merecieron galardones, como prueba de un talento innegable que la muerte ha truncado en cabal plenitud.
Luis Martín Gómez Perera (1962-2026) parte hacia otra dimensión, de manera inesperada, dejando abatidos a su esposa e hijos, las nietas que eran su adoración, los hermanos, amigos y relacionados que lo queríamos y admirábamos, por todo lo que él representó en vida. Pero el consuelo, si bastase hablar de consolación, es que deja entre nosotros un tesoro literario por el que será recordado, en un registro creativo del que nadie podrá prescindir.
Sus libros de cuentos, su novela corta y otros escritos, trajeron nuevos aires a las letras dominicanas. Por su sentido del humor, contagioso, lleno de gracia, irreverente y a ratos sarcástico, muy escaso en nuestra literatura, que él exhibía con gracia y alegría. Por su dechado de profesionalismo en un excelente trabajo como periodista, locutor y maestro de ceremonias.
En el fondo de ese derroche de chispa y buen decir, se anidaba el espíritu de un «niño grande» que nunca llegó a convertirse en adulto, en los aciertos o en los errores, y que lo mantenían en una esfera ideal que era la fuente principal de esa sonrisa con la que conquistaba el corazón de sus amigos y relacionados.
Muchos años después de las reuniones en el Círculo Literario, Luis Martín ingresó al Banco Central de la República Dominicana como director del Departamento de Comunicaciones, cargo que desempeñó de manera eficiente, y el de miembro del Comité de Publicaciones, dando lecciones de integridad ética, responsabilidad ante la prensa local y los escritores de nuestro ámbito, y elegancia cuando le tocó fungir como artífice en la maestría de ceremonias institucionales. Por eso se granjeó no solo el respeto del gobernador y demás autoridades, sino también el aprecio de sus colegas, en esas esferas que solo logran conquistar los seres privilegiados.
A pesar de los consejos que intentaron disuadirlo, Luis Martín renunció a su empleo en el Banco Central, donde era querido y admirado y del que nadie imaginaba que se iría, para centrarse en otros asuntos, en especial la tesis doctoral que tanto lo ilusionaba. Pero la paradoja es que la vida tiene un plan maestro que a menudo contradice nuestros planes más soñados e imprescindibles, pues no somos más que individuos indefensos, sin control de nuestra existencia, amenazada de continuo por la traidora enfermedad, o el fatal accidente.
Y así se nos ha ido este amigo entrañable y talentoso, uno de los altos exponentes de la literatura dominicana contemporánea, un hombre de pequeña estatura y gigante de ideales y proyectos, dejándonos en el triste páramo creado por su ausencia. Ahora solo nos queda el alivio de recordarlo como era: alegre y travieso, honesto y afectuoso, vertical y amable, todo en uno, y saber que nos acompañará, como buen escudero, durante el tiempo que nos quede en este complicado tránsito del que escribió Jorge Manrique en sus Coplas: «Nuestras vidas son los ríos, / que van a dar en la mar, / que es el morir…»
Fuente: Hoy.com.do




