(Una reflexión tecnológica)

Por Miguel Collado
La reciente publicación en las redes sociales de un «ranking» sobre los investigadores literarios más representativos de las letras dominicanas, elaborado la inteligencia artificial Gemini de Google, ha suscitado reacciones de diversa índole, aunque predominan el asombro, la curiosidad y, en algunos casos, el escepticismo. Este hecho me ha llevado a reflexionar sobre un fenómeno tan antiguo como la propia humanidad: nuestra natural resistencia a los grandes cambios.
La historia demuestra que pocas cosas provocan tanta inquietud como aquello que desafía nuestras certezas. Cada vez que surge una innovación capaz de modificar hábitos profundamente arraigados, aparecen voces que la observan con recelo, cuando no con abierta desconfianza. Así ocurrió con la imprenta, con la máquina de escribir, con la computadora y, luego, con Internet. En todos los casos, el temor inicial fue cediendo paso a la comprensión de que aquellas herramientas no habían llegado para destruir las capacidades humanas, sino para ampliarlas.
La inteligencia artificial vendría a ser el ejemplo contemporáneo de un fenómeno mucho más antiguo. La experiencia histórica demuestra que la imprenta no destruyó la cultura escrita; la máquina de escribir no destruyó la literatura; la computadora no hizo desaparecer el pensamiento; e Internet no desplazó la investigación, sino que le ha servido de soporte y ha multiplicado sus posibilidades. De igual modo, la inteligencia artificial no destruirá la inteligencia humana. Por el contrario, puede contribuir a su expansión en la medida en que el ser humano la asuma sin temor y con plena conciencia de su utilidad.
De una cosa sí estoy seguro: lo que todas esas innovaciones han destruido es la comodidad de quienes creían que las cosas permanecerían siempre iguales.

La inteligencia artificial parece haber llegado a una encrucijada semejante. Para algunos representa una amenaza; para otros, una oportunidad. Sin embargo, más allá de las opiniones encontradas, conviene recordar que se trata de una herramienta creada por el propio ser humano. No posee conciencia, sensibilidad ni criterio moral. Carece de experiencia vital y de la capacidad de discernimiento que proporciona la sabiduría acumulada. Su fortaleza radica en otra parte: en su extraordinaria capacidad para procesar información, establecer relaciones entre datos y ofrecer respuestas en tiempos impensables hasta hace pocos años.
La verdadera amenaza para el profesional contemporáneo no es la inteligencia artificial; la verdadera amenaza es negarse a comprenderla, a aprender a utilizarla y aprovecharla como instrumento de trabajo. Muchos creadores, docentes e investigadores observan esta tecnología desde la mirada que les ha servido durante décadas. Es una mirada legítima, construida sobre años de experiencia y conocimiento. Sin embargo, el mundo está cambiando de escala y de velocidad. Quienes han trabajado toda una vida con determinados métodos de investigación se encuentran hoy ante una realidad que exige nuevas formas de observación, aprendizaje e interacción con el conocimiento.
A propósito de la publicación del mencionado «ranking» literario, en la noche del pasado viernes, una reconocida investigadora literaria, luego de haber observado el video que le enviara por WhatsApp, en el que le mostraba algunas de las capacidades de una inteligencia artificial, me comentó durante una conversación telefónica, y con evidente asombro: «Miguel, el mundo se está acabando». Le respondí así: «No, querida amiga, el mundo se está transformando en otro; el hombre lo está haciendo; está naciendo otro mundo y hay que comprenderlo». Y pienso ahora que así ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia: estamos asistiendo al nacimiento de nuevas formas de producir, organizar y transmitir conocimientos.
Esa misma noche, y motivada por lo mismo, una reputada filósofa y educadora muy respetada me expresó una opinión desde una perspectiva diferente. Dijo que muchos escritores utilizan ya la inteligencia artificial, aunque algunos prefieran no admitirlo públicamente, y valoró positivamente un intercambio reflexivo que yo había sostenido con una de estas herramientas. Sus palabras me llevaron a pensar que el uso de la inteligencia artificial es mucho más frecuente de lo que solemos imaginar y que, en no pocos casos, el verdadero obstáculo no es la herramienta, sino el prejuicio que todavía despierta.
Ambas, la investigadora literaria y la filósofa, representan dos formas distintas de aproximarse a una misma realidad. La primera expresó el asombro que suele acompañar a toda innovación capaz de alterar nuestras percepciones habituales; la segunda destacó las posibilidades que ofrece una herramienta cuyo potencial apenas comenzamos a explorar. Sus comentarios me confirmaron algo que vengo observando desde hace algunos meses: el verdadero debate no gira en torno a las máquinas, sino en torno a nuestra disposición para aceptar los cambios que desafían nuestros hábitos intelectuales. La inteligencia artificial no nos obliga a renunciar a nuestra humanidad; nos invita a repensar la manera en que utilizamos nuestras capacidades humanas.
En síntesis, más que contemplar esta tecnología con temor, deberíamos verla como una invitación a ampliar nuestros horizontes. El mundo no se está acabando. Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, simplemente está transformándose. Y comprender el cambio ha sido siempre el primer paso para convertirlo en una nueva oportunidad para seguir creciendo y avanzando.
Ilustración: «El Grito» (1893), óleo expresionista del pintor noruego Edvard Munch (1863-1944).




