Por Azucena Rosario Jorge
Cuando se habla de las carencias en nuestro país, el debate suele centrarse en qué es lo que hace más falta: educación, alimentación, empleo, ayudas sociales. Todas son necesarias, aunque la pregunta incómoda —y pocas veces planteada— es otra: ¿qué estamos priorizando como sociedad?
No pocos consideran que necesitamos más educación y menos dependencia del Estado. Más ciudadanos dispuestos a luchar por salir adelante, a trabajar de forma honesta, a formarse, a leer, a pensar y a despertar. Necesitamos una sociedad que entienda que la ayuda social debe ser un apoyo temporal, no un modo de vida.
Somos conscientes de que este, al igual que muchos otros, es un país en desarrollo, de ingresos medios, con crecimiento económico y grandes desafíos.
Sin embargo, arrastramos problemas estructurales: desigualdad social, servicios públicos débiles, fragilidad institucional e informalidad laboral.
Pero rara vez nos detenemos a analizar si el problema de fondo está, precisamente, en la educación.
Una educación deficiente no solo limita el acceso a mejores empleos; también empobrece el pensamiento crítico, normaliza la dependencia y debilita la responsabilidad individual.
Cuando una sociedad no está educada para pensar, termina esperando que otros resuelvan lo que le corresponde construir.
Muchos de nuestros problemas los trasladamos automáticamente a la ayuda social, en lugar de preguntarnos qué podemos ganar mediante el esfuerzo, ya sea material, intelectual o moral. Optamos por la queja constante, pero vale la pena preguntarse: ¿qué nos dejan las quejas al final del día?
También es necesario reflexionar sobre algo menos visible, pero igual de importante, ¿en qué nos estamos convirtiendo emocional y mentalmente?
Aquello que pensamos de manera repetida, cargado de sentimientos, termina moldeando nuestra realidad. Una sociedad que se percibe como incapaz, termina actuando como tal.
Es posible que el verdadero cambio no comience con más programas asistenciales, sino con una ciudadanía más consciente, educada y responsable, capaz de entender que el desarrollo no se hereda ni se regala: se construye.
Pensar es el primer acto de justicia.




