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DE LA INGRATITUD DE LOS POLÍTICOS EN EL PODER

Por Miguel Collado

Los políticos electos, una vez en el poder, tienden a dar muestras de una inexplicable e indignante ingratitud. Dejan de apreciar —y menos aún de agradecer— el apoyo recibido de quienes, desde sus equipos de campaña o desde la cercanía personal, contribuyeron de manera decisiva a su ascenso. Lo admito, amigo lector: no soy yo el primero en decir esto y estoy seguro de que tampoco seré el último en decirlo.

Esa actitud de los políticos al ascender al poder podría llamarse, sin ambages, la ingratitud de los elegidos. No es exclusiva de un país ni de una cultura: se repite en distintos contextos, tanto en la ficción como en la vida real. En la República Dominicana, sin embargo, adquiere una visibilidad particular. Los vemos instalados en los distintos estamentos del Estado, cómodos en sus posiciones, ejerciendo una distancia que contrasta con la cercanía que exhibían en tiempos de campaña.

No es raro que, en ese tránsito, prometan disponibilidad absoluta: ofrecen números telefónicos, aseguran soluciones, invitan a confiar. Pero esa voz que antes estaba siempre al alcance se vuelve inaccesible. Las agendas se llenan de viajes y de reuniones interminables, y el contacto se diluye hasta desaparecer… al menos hasta el próximo ciclo electoral.

Olvidan —o fingen olvidar— que hubo un tiempo en que estaban para todos: para los niños, los jóvenes, los ancianos; para los barrios empobrecidos y los pueblos cargados de esperanza. Entonces, la cercanía era estrategia y la sonrisa, instrumento. Hoy, convertidos en autoridad, esa misma cercanía resulta prescindible.

Mientras más se aferran al poder, más se distancian de quienes los llevaron hasta él. No se trata de una enfermedad de la memoria, sino de una falla moral: una forma de ingratitud que termina por erosionar la confianza pública y degradar la vida política.

¿Existe cura para ese mal? Tal vez no dependa solo de los elegidos. La responsabilidad recae también en los electores, cuya memoria suele debilitarse con el paso del tiempo. Cada cuatro años, el olvido reaparece y con él la disposición a creer, una vez más, en promesas que difícilmente se cumplirán. 

Romper ese ciclo —sustituir el olvido por memoria crítica— podría ser el primer paso para contener una práctica que, de tanto repetirse, ya se ha vuelto costumbre, pero no tan solo por la reiterada actitud ingrata de los políticos en el poder, sino también por la débil memoria de los electores.

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