A Dña. Virtudes Uribe y a Dña. Luisa Rodríguez de Povedano, heroínas del libro dominicano.

Por Miguel Collado
Quizá algún lector, al leer el título de este artículo, se preguntará: «¿Qué querrá decir Miguel con esta contradictoria afirmación?» Pues no lo es; por favor, distinguido lector, sigue leyendo.
Hay escenas que, por repetidas, terminan por volverse invisibles. Una de ellas es la de la puesta en circulación de un libro en la República Dominicana: un acto cuidado, concurrido, incluso emotivo, donde las palabras fluyen, los elogios se multiplican… y, al final, apenas se venden diez o quince ejemplares. El autor sonríe, agradece, firma algunos libros, y regresa a casa con la certeza silenciosa de que aquello, en términos económicos, ha sido un esfuerzo sin retorno.
A esa escena se suman otras: librerías que cierran sus puertas, instituciones públicas que han abandonado —o reducido al mínimo— sus políticas de compra de libros, autores que financian de su propio bolsillo ediciones cada vez más reducidas. Entre cincuenta y trescientos ejemplares: ese parece ser hoy el rango habitual de muchas publicaciones. No se trata de una excepción; es, cada vez más, la norma.
No se trata, además, de un fenómeno exclusivamente dominicano. En diversos países, la crisis de las librerías ha sido reconocida como un problema cultural de primer orden, lo que ha llevado a la adopción de medidas concretas para su protección. En algunos países —como en Ucrania, Rusia y China— han implementado subsidios al alquiler de locales, incentivos fiscales, bonos de compra de libros para estimular la demanda e, incluso, políticas de precio fijo que impiden la competencia desigual de las grandes plataformas digitales.
En algunos casos, las librerías han sido concebidas no solo como comercios, sino como espacios culturales que merecen ser preservados. Este conjunto de iniciativas pone en evidencia que, aun en medio de la transformación del mercado, el libro y su ecosistema siguen siendo considerados bienes estratégicos que no deben quedar abandonados a la sola lógica del mercado. De haber existido en la República Dominicana una política cultural sostenida de apoyo al sistema de librerías, es probable que la Librería Mateca no hubiera cerrado sus puertas, ni que la legendaria Librería La Trinitaria atravesara el prolongado viacrucis en el que ha estado inmersa durante décadas.

Frente a ese panorama, el diagnóstico más frecuente apunta hacia un culpable casi automático: lo digital. Se dice que las facilidades tecnológicas, los motores de búsqueda, el acceso inmediato a la información, han desplazado al libro físico y erosionado el hábito de lectura. Algo de cierto hay en ello, pero la explicación, así planteada, resulta insuficiente. Porque no estamos únicamente ante una crisis de lectura: estamos ante la crisis de un modelo de negocio del libro.
El problema de fondo es que el libro ha dejado de ocupar el lugar central que tuvo durante siglos como eje casi exclusivo de transmisión del conocimiento y de la cultura escrita. Hoy convive —y compite— con múltiples formas de acceso a la información, muchas de ellas más rápidas, más accesibles y, en apariencia, más funcionales. Y, sobre todo, de un costo mucho menor, cuando no gratis. En tales condiciones, el libro, en su forma convencional, no puede competir ni sostenerse por sí mismo del modo tradicional.
De ahí que resulte necesario un cambio de perspectiva: entender que, en las condiciones actuales, el libro ha dejado de ser el negocio. Pretender que la venta de ejemplares garantice la rentabilidad de una obra es, en la mayoría de los casos, una ilusión. El circuito tradicional —autor, editorial, distribuidor, librería, lector— ya no funciona con la eficacia de otros tiempos. Insistir en él, sin ajustes, conduce casi inevitablemente a la frustración.
Sin embargo, reconocer esta realidad no implica renunciar al valor del libro, sino redefinir su función. Hoy, más que un punto de llegada, el libro físico debe asumirse como un punto de partida, no como mercancía autosuficiente, sino como pieza articuladora de un conjunto más amplio de acciones y posibilidades.
Uno de los cambios más urgentes —y menos asumidos— en el ámbito de la escritura es el de la relación entre el autor y su lector. Durante mucho tiempo, se ha sostenido, casi como un principio incuestionable, la idea de que el escritor debe escribir «para sí mismo», sin concesiones, sin cálculos, sin pensar en destinatarios. Esta concepción, que puede tener un valor en el plano íntimo de la creación, resulta problemática cuando se traslada sin matices al terreno de la publicación.
En el contexto actual, escribir sin una noción clara de a quién va dirigido el libro equivale, en la práctica, a lanzarlo al vacío. El resultado suele ser previsible: obras valiosas que no encuentran lectores, libros que no circulan, esfuerzos que se diluyen en el silencio. No se trata de una falta de calidad, sino de una falta de dirección.
Frente a todo eso, se impone una pregunta fundamental: «¿Para quién es este libro?»
No es una pregunta que limite la creación; al contrario, la orienta. Definir un lector no significa empobrecer el contenido, sino darle un cauce. Cada obra tiene, potencialmente, su comunidad natural de lectores.
En ese sentido, conviene revisar otra idea arraigada: la de que el libro no debe pensarse como una mercancía. La palabra suele generar resistencia, como si implicara una degradación del hecho cultural. Sin embargo, toda obra publicada entra, quiérase o no, en un circuito de intercambio. Negar esa dimensión no la elimina; simplemente deja al autor en desventaja frente a ella.
Asumir el libro como una mercancía no significa vaciarlo de contenido ni someterlo a la lógica banal del mercado. Significa, más bien, reconocer que tiene un valor, que implica costos, que requiere estrategias para llegar a sus destinatarios. Significa entender que, así como se cuida la escritura, debe cuidarse también su circulación. Lejos de toda abstracción, conviene recordar que este cambio de enfoque no es una simple especulación teórica. Existen experiencias concretas que demuestran su viabilidad.
Desde la práctica editorial, hay una lección que debería ser casi un principio rector: no publicar un libro sin antes saber a quién se le venderá y cómo se le venderá. Esta idea, que forma parte de los fundamentos del marketing editorial, resulta todavía ajena a muchos de nuestros autores, quienes conciben la publicación como un punto de llegada, no como el inicio de un proceso. Hay mucho de mentalidad romántica en la forma de ver el asunto así.
Sin embargo, cuando se aplica con rigor, los resultados pueden ser significativos. Un libro pensado desde su destinatario, con una estrategia clara de circulación, puede recuperar una parte sustancial de su inversión en un tiempo relativamente corto. No se trata de grandes cifras en términos absolutos, pero sí de señales claras de sostenibilidad en un contexto adverso.
Recuperar, por ejemplo, una parte importante del costo editorial en apenas semanas es un hecho de suma importancia en el panorama actual del libro en la República Dominicana. Más aún si se logra a partir de una gestión directa, sin depender exclusivamente de librerías ni de compras institucionales. A esta perspectiva se suma otra experiencia reveladora: la del libro vinculado a la palabra directa. En el marco de conferencias, encuentros académicos o espacios de intercambio intelectual, el libro deja de ser un objeto distante para convertirse en una prolongación natural del discurso.
No es lo mismo un libro expuesto en una mesa que un libro que nace de una voz escuchada, de una idea compartida en tiempo real, de una reflexión que ha logrado interpelar a un público concreto. La experiencia lo confirma: en contextos donde el autor establece una relación directa con sus oyentes como conferencista o charlista, la venta del libro adquiere una dinámica completamente distinta. El lector potencial ya no es un desconocido; es alguien que ha participado de un diálogo.
De manera que no deja de ser significativo que, en un breve recorrido académico, varios encuentros basten para agotar por completo una edición llevada con ese propósito. No por azar, sino porque el libro encuentra ahí su espacio natural: el de la continuidad. Hay, además, experiencias que permiten ir más lejos en esta reflexión y desmontar, con hechos, la idea de que el libro carece de viabilidad económica en nuestro contexto.
Cuando la publicación se apoya en una lectura atenta del interés del público, los resultados pueden ser significativamente distintos. Identificar un tema con alta demanda —a partir de herramientas tan concretas como una encuesta de opinión— no es una concesión al mercado, sino un ejercicio de inteligencia editorial. Si existe un interés latente en determinados asuntos, ignorarlo en nombre de una supuesta pureza creativa puede equivaler a cerrar deliberadamente el canal de comunicación con el lector.
La experiencia demuestra que, cuando se logra esa conexión entre tema y demanda, el libro puede alcanzar niveles de circulación poco habituales en nuestro medio. Miles de ejemplares colocados, lectores que responden, ediciones que encuentran salida. Esto introduce una variable que con frecuencia se pasa por alto: la necesidad de investigar antes de escribir o, al menos, antes de publicar. Preguntarse qué temas movilizan, qué preguntas están abiertas, qué zonas del interés colectivo siguen generando inquietud.
Todo lo anterior conduce a una conclusión que, aunque pueda parecer evidente, rara vez se asume con rigor: publicar un libro debería implicar, al menos en un nivel básico, un ejercicio de previsión similar al de cualquier otro proyecto de negocio cualquiera, sin romanticismo. Así concebí en 2005 la publicación de mi libro «El fantasma de Trujillo: antología de cuentos sobre el tirano y su Era», del cual, en sus tres ediciones, he vendido casi cinco mil ejemplares.
Pensar en un público, identificar un posible lector, definir una vía de circulación, no es una traición al acto creativo; es una condición para que ese acto encuentre destino. Es, en términos simples, un estudio de factibilidad aplicado al campo editorial, del mismo modo en que se lleva a cabo un estudio de factibilidad antes de desarrollar un proyecto inmobiliario, por ejemplo.
Esto no significa, por supuesto, que todo creador deba asumir una lógica estrictamente mercadológica o gerencial. La escritura conserva una dimensión de libertad que no puede ni debe ser anulada, pero existen los asesores editoriales, los desarrolladores de proyectos de inversión. En mi caso, me ha favorecido mi formación gerencial y mi doble condición de editor y conferencista. En los últimos veinte años he vendido más libros en mis conferencias dictadas en el exterior que los ejemplares vendidos en librerías nacionales.
Pero una cosa es la libertad creadora y otra, muy distinta, es la publicación como acto público y como inversión de recursos con pretensiones de rentabilidad. En ese punto, ignorar completamente las condiciones de circulación equivale, en muchos casos, a condenar la obra a una existencia limitada. Por eso entiendo que quien decide asumir los costos de editar su propio libro debería, al menos, incorporar algunas herramientas básicas de orientación: preguntarse quién podría estar interesado en su obra, cómo llegar a ese lector, en qué espacios podría insertarse el libro.
No se trata de escribir para el mercado, sino de no escribir de espaldas al lector, quien es un cliente comprador potencial. En ese equilibrio puede residir una de las claves para devolverle viabilidad al libro en nuestro medio: mantener la autenticidad de la voz, pero acompañarla de una mínima conciencia de proyecto. Porque, en definitiva, si hoy el libro ya no es —por sí solo— el negocio, sigue siendo, sin duda, una de las mejores formas de abrir el negocio y la conferencia y los conversatorios son mecanismos llamados a cumplir su rol en ese sentido. Más que las mismas ferias de libros.




