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En una antología literaria no todos deben estar: el rigor frente a la complacencia

Por Miguel Collado

LA VOZ DEL MAESTRO PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA
Al emprender la compleja empresa de preparar una antología literaria, es conveniente tener presente —como lo he venido haciendo desde hace dos años en el proceso de edición de una antología del ensayo literario dominicano— lo planteado por el
humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña: «Noble deseo, pero grave error cuando se quiere hacer historia, es el que pretende
recordar a todos los héroes. En la historia literaria el error lleva a la confusión. […] Hace falta poner en circulación tablas de valores: nombres centrales y libros de lectura indispensables.

Dejar en la sombra populosa a los mediocres; dejar en la penumbra a aquellos
cuya obra pudo haber sido magna, pero quedó a medio hacer: tragedia común en nuestra
América. Con sacrificios y hasta injusticias sumas es como se constituyen las
constelaciones de clásicos en todas las literaturas.

La historia literaria de la América española debe escribirse alrededor de unos
cuantos nombres centrales: Bello, Sarmiento, Montalvo, Martí, Darío, Rodó». (1)
Una deducción lógica, clara y evidente se desprende de ese reflexivo y riguroso
pensamiento del ilustre hombre de letras: ni en una historia literaria ni en una antología
literaria deben entrar todos los nombres, ya que no todos son héroes, es decir, no todos
poseen los méritos necesarios para ser escogidos.

No deja de ser revelador que veinticuatro años antes de publicar en Buenos Aires de
su icónico libro Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), en noviembre de 1904,
Henríquez Ureña publicó, en la revista dominicana La Cuna de América, un valioso ensayo
titulado «Sobre la antología», en que declara lo siguiente:
«La antología dominicana está aún por hacerse. Y es, sin embargo, el arca donde
deben guardarse las joyas de nuestro parnaso. [Esta antología] exige de su colector un
gusto refinado y certero, y un don de selección escrupulosa y justa». (2)
Pienso, 122 años después de esa contundente verdad de uno de los más ilustres
pensadores de la América hispánica, que todavía esa antología dominicana sigue, en lo
esencial, «por hacerse».

SIGUIENDO AL MAESTRO
Considero una irresponsabilidad y una falta de honestidad intelectual el que un
antólogo incluya a un autor a sabiendas de que la obra literaria del mismo, por su pobreza
estética, no justifica su inclusión. Y esto que planteo toca el núcleo de la ética intelectual,

pues al incluir obras carentes de refinamiento estilístico por compromisos personales,
políticos o institucionales, el antólogo no solo falta a la verdad, sino que comete una doble
falta: engaña al lector desprevenido y diluye el valor de los autores que sí alcanzaron la
excelencia.

LOS RIESGOS DE ANTOLOGAR MAL
Cuando el criterio de selección deja de ser la excelencia formal y pasa a ser la
complacencia, la antología pierde su función como brújula cultural, convirtiéndose en un
mero acto de irresponsabilidad. No se trata solo de una falla de gusto, sino de una
claudicación crítica: el antólogo renuncia a su rol como mediador entre la obra y la
tradición, y abdica de establecer jerarquías que orienten la lectura y preserven el sentido de lo perdurable.

  1. Distorsiona el canon
    Al elevar lo mediocre al mismo nivel que lo magistral, la memoria histórica y estética
    de una nación sufre una alteración profunda. No es únicamente que se cree confusión en el
    lector: se desarticula el sistema de referencias que permite reconocer la excelencia. La
    antología, que debería operar como un mapa de intensidades, termina convertida en una
    superficie plana donde todo parece equivalente. Y esa falsa equivalencia no es inocente: al
    colocar en el mismo índice a un autor de obra imperecedera junto a uno de limitado alcance estético, el antólogo no solo iguala, sino que relativiza el valor, debilitando los criterios que sostienen la noción misma de canon.
  2. Irrespeta la tradición
    Se ignora el rigor que autores como Henríquez Ureña exigían para construir una
    identidad expresiva sólida en nuestra América. En su visión, la cultura no se edifica
    mediante la acumulación indiscriminada, sino a través de un proceso selectivo donde la
    calidad actúa como principio ordenador. Prescindir de ese rigor equivale a disolver la
    tradición en un repertorio amorfo, incapaz de ofrecer dirección, continuidad y exigencia.
  3. Falla en la labor de síntesis
    El antólogo tiene el deber de ser un filtro. Pero no cualquier filtro: uno regido por la
    lucidez, el conocimiento y, sobre todo, la honestidad intelectual. Si ese filtro se vuelve
    poroso —ya sea por compromisos extraliterarios, afectos personales o criterios laxos—,
    deja de cumplir su función esencial. Una antología no es suma, es una condensación
    significativa: su valor reside en decir más con menos, en concentrar lo representativo sin
    sacrificar la excelencia. Cuando esa síntesis se traiciona, el conjunto pierde densidad y se
    convierte en un inventario, no en una propuesta crítica.
  4. En el ámbito de la investigación bibliográfico-literaria —donde la precisión es
    ley—, ese rigor es aún más crítico. La labor del antólogo se parece mucho a la del escultor:
    su éxito no depende de lo que añade, sino de lo que es capaz de quitar para que la figura
    central emerja con claridad.

El texto de Pedro Henríquez Ureña citado toca una fibra sensible en la crítica
literaria ejercida en el mundo literario dominicano, donde la tendencia a la complacencia o
al «amiguismo» inescrupuloso, a menudo termina sepultando a los autores excepcionales
bajo una montaña de nombres olvidables y que nunca llegarán a ser héroes literarios.
Por consiguiente, una antología honesta debería ser un mapa de cumbres, no una
llanura donde todo se iguala por lo bajo. Es preferible una selección breve y exigente que
una voluminosa y carente de espíritu. Al final, el tiempo es el antólogo más implacable, y
solo las obras con verdadera estatura estética logran sobrevivir a esa «sombra populosa»
que menciona nuestro inmenso humanista Pedro Henríquez Ureña.

LA VOZ DE OTRO MAESTRO: BORGES
Conforme a la sabia opinión del argentino Jorge Luis Borges, gran amigo de
Henríquez Ureña, «Nadie puede compilar una antología que sea mucho más que un museo
de sus simpatías y diferencias». (3)

Y es que todo el que selecciona —como todo lector crítico— tiene, anticipadamente, y así sea en forma inconsciente, su propia concepción sobre el acto creador y a partir de ella incluye y excluye. He aquí una posible razón por la que, inevitablemente, y contra su voluntad, cada antólogo —o antologista— hace su propia y particular antología, aunque la honestidad y el rigor caractericen —como debiera ser siempre— su empresa antologizadora.

CONCLUSIÓN
Desde mi óptica de bibliógrafo, considero que todo trabajo antologizador debe estar
fundamentado en una investigación bibliográfica, o sea, en un levantamiento informativo
previo sobre las publicaciones y sobre los autores enmarcados dentro del momento
histórico o generación literaria objeto de estudio del antólogo.
Esa investigación, conducida a partir de definidos y claros criterios metodológicos,
facilita la labor crítica del antólogo, haciéndola más objetiva, pero, sobre todo, más justa en
cuanto a que lo ayuda a orientar mejor la compleja tarea seleccionadora. 
Finalmente, una sentencia del célebre autor de El Aleph que tanto antólogos como
creadores deberían tener presente: «[Solo] el tiempo acaba por editar antologías
memorables. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen».


(1) En su ensayo «Caminos de nuestra historia literaria», incluido en su obra Seis ensayos en busca de nuestra
expresión. 1. a edición dominicana. Prólogo de: Bruno Rosario Candelier; y presentación y edición de: Miguel
Collado. Santo Domingo, Rep. Dom.: Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL),

  1. Pp. 47-48. (Ediciones CEDIBIL; vol. XXIX. Colección «Pedro Henríquez Ureña»; no. 1).
    (2) Revista La Cuna de América (Santo Domingo), (73): 577-578, 20 de noviembre de 1904. Reproducido en:
    PHU. Obras completas. Compilación, edición y notas: Miguel D. Mena. Santo Domingo, Rep. Dom.: Editora
    Nacional del Ministerio de Cultura, 2013-2015. Ver: vol. 2, tomo I, pp. 255-260.
    (3) Ver: su prólogo a la Antología de la literatura fantástica (Buenos Aires, Argentina: Editorial Sudamericana,
    1940), coeditada por él, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Amigos los tres de Pedro Henríquez Ureña.
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