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RD paga dos veces por el agua: una por la tubería y otra para beber

¿Cuánto cuesta al mes “tener agua segura” y qué revela esa dependencia sobre la confianza en el servicio público?

En República Dominicana, abrir la llave no implica la sed. El agua puede llegar a la vivienda, llenar una cisterna, servir para bañarse, lavar ropa, fregar y limpiar. Pero, cuando toca beber, la rutina cambia: botellón, galón, paquete de botellas o camioncito. La ENHOGAR-MICS 2025 acaba de medir esa costumbre: el 85.1% de los hogares tiene el agua embotellada como principal fuente para beber, mientras otro 5.7% depende del agua de camioncito procesada.

El dato es interesante. Más de nueve de cada diez hogares recurren a un mercado privado para resolver algo que, en teoría, debería estar garantizado por la red pública: acceso permanente a agua de calidad para consumo humano. La encuesta no pregunta directamente si las familias desconfían del agua de la llave, por lo que sería impreciso convertir esa conducta en una afirmación automática. Sin embargo, el patrón de consumo describe una realidad contundente: para la mayoría, el agua que sale por la tubería no es la que termina en el vaso.

La contradicción aparece con más fuerza al mirar el uso doméstico. El 57.8% de los hogares tiene como fuente principal una tubería dentro de la vivienda y otro 18.3% dispone de tubería en el patio, solar o terreno. Hay acceso físico al agua en una parte importante del país. Pero ese acceso no se traduce necesariamente en consumo directo. Tener tubería no equivale a tener agua que la familia perciba como adecuada para beber.

Esa distancia tiene un costo. Un botellón de cinco galones puede encontrarse alrededor de RD$45 en distribución a granel en sectores populares, tras el alza reportada este año, mientras una presentación de la misma capacidad en supermercados puede rondar RD$85. Una familia que compra un botellón por semana destina entre RD$195 y RD$368 al mes solo en reposición. Si necesita dos botellones semanales, el gasto se mueve aproximadamente entre RD$390 y RD$736 mensuales. Y si el consumo asciende a tres, la factura privada puede superar los RD$1,100 al mes, sin incluir depósito del envase, dispensador, electricidad, filtros, transporte o entrega.

No todos los hogares pagan igual. La compra en camioncito suele ofrecer una alternativa más barata que el supermercado, pero exige disponibilidad, efectivo, envases y frecuencia de reparto. Las botellas individuales resultan más costosas por litro y se convierten, además, en una fuente adicional de plástico. Los filtros domésticos reducen el gasto recurrente para algunas familias, aunque requieren una inversión inicial y mantenimiento. En la práctica, cada hogar crea su propio sistema de supervivencia hídrica según ingreso, ubicación y acceso.

El asunto trasciende el presupuesto. El agua embotellada dejó de ser un producto ocasional y pasó a formar parte de la canasta cotidiana. Se compra junto con el pan, el gas y los productos de limpieza. En una familia de ingresos limitados, esa compra compite directamente con alimentos, transporte, medicamentos y educación. En una familia de mayores ingresos, el gasto puede parecer menor, pero expresa el mismo fenómeno: la solución a una necesidad básica se desplaza desde el servicio colectivo hacia el consumo individual.

Tener tubería no asegura agua para beber

Otra paradoja aparece al comparar los datos sobre abastecimiento doméstico. El 57.8% de los hogares tiene una tubería dentro de la vivienda como fuente principal para actividades del hogar, y otro 18.3% cuenta con tubería en el patio, solar o terreno. El agua, por tanto, llega físicamente a una proporción importante de casas. Pero la mayoría opta por otra fuente cuando se trata de beber.

Esta distancia entre el agua de uso cotidiano y el agua de consumo humano debe abrir una discusión pública sobre calidad, continuidad, presión, almacenamiento, sabor, presencia de sedimentos, infraestructura y controles sanitarios. También obliga a mirar el costo que asumen los hogares para suplir un servicio que debería sostener la salud y el bienestar sin requerir un gasto adicional permanente.

Para una familia, la compra de botellones puede parecer un gasto menor cuando se mira de forma aislada. Sumado durante el mes, representa una segunda factura hídrica que golpea con mayor fuerza a quienes tienen ingresos limitados, hogares numerosos o una oferta irregular de agua procesada en su comunidad. A ese gasto pueden añadirse dispensadores, filtros, bombas, cisternas, envases, transporte y electricidad.

El reto para las instituciones responsables del abastecimiento no se limita a ampliar redes. El dato de la ENHOGAR-MICS plantea una pregunta más exigente: ¿qué condiciones deben garantizarse para que una familia pueda usar con tranquilidad el agua que recibe en su vivienda? La respuesta pasa por transparencia sobre calidad, monitoreo accesible, continuidad del servicio e inversión en sistemas que conviertan el acceso físico en confianza cotidiana.

La República Dominicana ya tiene una costumbre consolidada: comprar el agua que bebe. El desafío de política pública consiste en que esa práctica deje de ser una necesidad para millones de hogares y vuelva a ser una elección.

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