Levantado durante la pasada era azucarera, se tambalea sobre las aguas turbias del río Ozama al borde de un desplome
San Luis, Santo Domino, Este, RD. – Al llegar en las primeras horas de la mañana junto a un equipo de El Nacional al puente de San Luis, sobre el rio Ozama, pude constatar el avanzado deterioro de la estructura que conecta a este municipio con otras localidades del área.
Este armazón de hierro en la carretera 30 de Mayo ofrece una escena deprimente y peligrosa, y hasta da la impresión de estar sostenido apenas por enredaderas y ramas.
Abajo, el río Ozama arrastra sus aguas bajo un cielo azul impecable; alrededor, un verdor degradado abraza la triste podredumbre de vigas oxidadas que resisten, a duras penas, el paso del tiempo.
Cada paso retumba como un eco hueco en este pasadizo de herrumbre. Las vigas corroídas parecen mantenerse en pie solo por costumbre, mientras la brisa del río despeina la vegetación que insiste en enredarse entre las junturas de acero gastado por los años.

Espectro de la era azucarera
Levantado en 1957 por la dictadura de Trujillo en la zona de El Muelle, este puente se construyó para facilitar el movimiento de los vehículos cargados de azúcar procedentes del ingenio. Hoy, aquella gloria agroindustrial es un esqueleto fantasma atrapado entre hierros que crujen con la brisa.
Aquel embarcadero donde atracaban los navíos rumbo al mar Caribe ha quedado relegado a la memoria. Ya no existen los rieles que sostenían la locomotora cañera; hoy son solo vestigios y recuerdos sepultados bajo la tierra y la maleza, testigos mudos de un dinamismo económico que jamás volvió a repetirse en San Luis.
Una callejuela sobre el abismo
Lo que ayer fue un imponente ingenio azucarero, hoy sobrevive como una ruina de viejos recuerdos. Despojado de su antiguo esplendor y seguridad, la estructura sirve hoy de atajo doméstico para comunidades olvidadas que la cruzan a pie o en motocicletas.
El cruce diario se ha convertido en una necesidad sin otra salida. Madres con niños, motoconchistas apresurados y caminantes solitarios atraviesan las planchas metálicas agujereadas, evitando mirar hacia el río que se adivina entre las fisuras abiertas bajo la suela de sus zapatos.
El peso del abandono
“El paso de vehículos pesados cuando se construía la Circunvalación de Santo Domingo terminó dañando este puente más de lo que estaba”, murmura Efraín López desde su camioneta, donde distribuye mercancía en los colmados de la zona.
El peso desmedido, la lluvia y la falta de mantenimiento aceleraron la fatiga del metal envejecido, transformando la vía en una trampa de óxido que chirria con angustia bajo el tránsito diario.
Al cruzar el puente a pie y con cautela, se siente la amarga vibración del abismo bajo los pies. Sin embargo, la naturaleza ha reclamado el espacio: entre los hierros oxidados, cientos de arañas tejen sus redes atrapando insectos, creando una suerte de galería entomológica natural entre el tupido follaje.
“Camine sin miedo, que el problema no son las personas ni los vehículos pequeños; eran los camiones grandes, que ya no pasan, gracias a Dios. Además, el peligro aquí lo representan las enormes culebras que viven en la maleza, aunque como quiera no hacen nada”, comenta risueño Juancho Cabrera, habitante del lugar.
Pese al peligro, no existen señales de advertencia ni barreras de protección. La estructura entera gime con un lamento metálico cuando la cruza un vehículo, obligando a los transeúntes a apretar el paso. Saben bien que el último gigante de hierro de San Luis agoniza y que cualquier cruce rutinario podría terminar en tragedia.
Clamor entre el verde y el olvido
Bajo el sol ardiente de Santo Domingo Este, el viaducto languidece sumergido entre la vegetación salvaje de la ribera. La comunidad exige una intervención inmediata antes de que esta parte de la historia se hunda para siempre en el fango, devorada por el abandono oficial.
Salvar este esqueleto de hierro no solo implica evitar una pérdida humana o material inminente; significa rescatar el último testimonio vivo de la era ferroviaria en San Luis, un patrimonio histórico que se extingue lentamente mientras el río Ozama sigue su curso bajo sus maltrechas vigas.




