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Pensar como acto de justicia

Por Azucena Rosario Jorge

El Ministerio Público ha sido para mí mucho más que un espacio al que acudo diariamente para cumplir con las responsabilidades que me son asignadas. Ha sido también un escenario de aprendizaje humano que me ha permitido descubrir, con mayor profundidad, lo extraordinariamente poderosa que puede ser la mente humana. Con el paso del tiempo he llegado a pensar que cada persona habita un verdadero país psicológico: un territorio propio, construido por sus experiencias, convicciones, temores, aspiraciones, prejuicios, aprendizajes y formas particulares de interpretar la realidad. En ese sentido, muchas veces existen más personas dentro de la mente de un ser humano que las que encontramos físicamente en este plano tridimensional. Cada recuerdo, cada experiencia y cada interpretación se convierten en habitantes de ese país interior y participan directamente en la manera en que una persona observa, interpreta, decide, reacciona y se relaciona con los demás.

Comprender esto ha cambiado considerablemente mi manera de observar a las personas. He aprendido que no necesariamente vemos al individuo en su totalidad, sino una manifestación de ese universo psicológico que lleva consigo. Y quizá una de las formas más interesantes de conocer a alguien consiste precisamente en observar cómo responde cuando las circunstancias cambian, cuando aparecen retos, cuando otro ser humano crece, cuando se presentan responsabilidades o cuando sus propias expectativas se encuentran con una realidad distinta a la que había imaginado. Es en esos momentos donde el comportamiento adquiere un lenguaje propio y comienza a revelar aquello que las palabras no siempre consiguen expresar.

En mi experiencia dentro de la institución, desarrollar mis capacidades y procurar realizar cada tarea de la mejor manera posible me ha permitido comprender que el crecimiento profesional también constituye una experiencia profundamente humana. Cuando una persona decide prepararse, mejorar y asumir con responsabilidad aquello que tiene delante, inevitablemente comienza a interactuar con los distintos países psicológicos que la rodean. Cada quien interpreta el desempeño ajeno desde su propia realidad, y esa realidad no necesariamente coincide con la nuestra. Lo que para una persona puede representar inspiración, para otra puede significar exigencia; lo que para alguien constituye colaboración, otro puede interpretarlo de una manera completamente diferente. No necesariamente porque exista una verdad absoluta en alguna de esas percepciones, sino porque cada ser humano observa el mundo desde el lugar psicológico que ha construido.

Esta comprensión, lejos de generar en mí una visión negativa de las personas, me ha proporcionado algo mucho más valioso: perspectiva. He aprendido a no tomar cada comportamiento como algo personal y, sobre todo, a comprender que no puedo exigir que todos observen la realidad desde el mismo punto desde el cual yo la observo. Cada quien se mueve de acuerdo con su nivel de conciencia, sus experiencias y sus propias circunstancias. Entenderlo permite relacionarse con las personas de una manera mucho más inteligente: con respeto, con prudencia, sin idealizaciones innecesarias y reconociendo que cada vínculo tiene una naturaleza, una función y unos límites determinados.

Y es precisamente aquí donde mi experiencia profesional comenzó a mostrarme algo todavía más amplio. Toda institución humana posee una estructura formal, compuesta por normas, procedimientos, responsabilidades y jerarquías; pero, paralelamente, existe una dimensión humana mucho más compleja, formada por percepciones, relaciones, experiencias, expectativas y formas particulares de interpretar el poder, la responsabilidad y el reconocimiento. Comprender esa dimensión no significa desconfiar de la institución, sino reconocer la naturaleza humana de cualquier organización. Allí donde existen seres humanos, también existen diferentes maneras de comprender una misma realidad.

Esto me ha llevado a valorar profundamente la inteligencia que existe en saber adaptarse sin perder la esencia. Hay momentos en los que corresponde avanzar con determinación; otros en los que corresponde observar; algunos requieren iniciativa y otros paciencia. En ocasiones toca moverse como el caballo, utilizando inteligencia, perspectiva y capacidad para encontrar caminos distintos; pero durante gran parte del recorrido corresponde avanzar como los peones: paso a paso, cumpliendo nuestra función, adquiriendo experiencia y comprendiendo progresivamente el tablero en el que nos encontramos. Y quizá una de las mayores enseñanzas consiste en entender que ser peón en determinado momento no significa carecer de importancia ni de potencial. El valor de una pieza no siempre depende de la posición que ocupa en un instante determinado, sino de la capacidad que desarrolla para comprender el juego.

Después de este tiempo, aunque todavía breve en comparación con toda una trayectoria profesional, he comprendido también que hacer bien las cosas no consiste únicamente en cumplir. Existe una diferencia profunda entre ejecutar una tarea y desarrollar la capacidad de comprender por qué se realiza, cuál es su propósito y de qué manera puede contribuir a algo mayor. Esa conciencia es la que, a mi entender, transforma el trabajo en verdadera experiencia profesional.

Mi interés dentro de la institución nace precisamente de ahí: de la convicción de que cada función, por pequeña que pueda parecer, puede contribuir a la construcción de una institución más cercana a la sociedad, más consciente de su responsabilidad y más comprometida con el bien común, la justicia y la protección de los derechos fundamentales reconocidos por nuestra Constitución. No concibo el crecimiento profesional únicamente como una cuestión individual; considero que crecer también significa adquirir mayores capacidades para aportar de manera más significativa al lugar en el que uno se encuentra.

Sin embargo, la experiencia también me ha enseñado que todo tiene su tiempo. Existen procesos que necesitan madurar, conocimientos que requieren experiencia y caminos cuyo verdadero sentido solamente puede comprenderse mientras se recorren. La vida profesional, al igual que el ajedrez, no consiste únicamente en realizar movimientos, sino en aprender a interpretar el tablero. Y para interpretar un tablero correctamente hay que aprender a observar más allá de una sola jugada.

Quizá por eso una de las mayores riquezas que me llevo de esta etapa es haber aprendido a observar sin necesidad de juzgarlo todo, a comprender sin necesidad de justificarlo todo y a relacionarme con cada persona desde la realidad que demuestra. Cada país psicológico tiene sus propias fronteras, sus propios habitantes y sus propias leyes. Entrar en contacto con esos países puede enseñarnos muchísimo acerca de los demás, pero también acerca de nosotros mismos. Porque, al final, comprender al otro también exige descubrir desde qué lugar de nuestro propio país psicológico estamos observándolo.

Mis antecesores también me han dejado una enseñanza que considero fundamental: el tiempo tiene una manera particular de colocar las cosas en su lugar. Hay verdades que no necesitan ser defendidas constantemente porque los hechos terminan encontrando su propio espacio para manifestarse. La coherencia, la constancia y el trabajo sostenido poseen una fuerza que no depende de la percepción inmediata de los demás.

Por eso, mi aprendizaje dentro del Ministerio Público no se limita a las funciones que he desempeñado. También ha consistido en comprender la naturaleza humana, reconocer los distintos países psicológicos que conviven dentro de cualquier espacio institucional y aprender que la verdadera madurez profesional no está únicamente en saber hacer, sino también en saber observar, saber esperar, saber adaptarse y, sobre todo, saber conservar intactos los principios que orientan nuestro camino.

Continúo creyendo que la verdad siempre encuentra la manera de prevalecer. Como decía uno de mis referentes, Frank Suárez, “la verdad siempre triunfa”. Y quizá esa sea una de las razones por las que ya no considero cada experiencia simplemente como algo que ocurre, sino como una oportunidad para comprender mejor el tablero, a quienes lo habitan y, principalmente, a mí misma. Porque al final, cada persona está construyendo su propio país psicológico mientras camina por este plano tridimensional; nosotros no podemos gobernar esos países, pero sí podemos decidir con qué nivel de conciencia transitamos por ellos.

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