
Por Julio Guzmán Acosta
El triunfo de Roberto Sánchez no es una sorpresa, es la ratificación de un mandato popular que la ultraderecha quiso enterrar con Pedro Castillo. Que esta vez no lo bloqueen.
El pueblo ha vuelto a hablar. Y lo ha hecho desde la puna, desde la selva, desde los campos donde la historia siempre la escribieron otros. Con el 95% de actas computadas, Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, se alza como presidente electo con un ajustado pero irreversible 50.1% frente al 49.9% de Keiko Fujimori. El sur andino le entregó el 75% de su voto. La Amazonía, el 57.4%. Lima y el norte se quedaron con la derecha, pero no les alcanzó. Otra vez, como en 2021, el Perú profundo decide quién gobierna.
Pero este triunfo no es cualquier triunfo. Es la segunda estrofa de un mismo poema que la ultraderecha intentó arrancar de la memoria. La primera la escribió Pedro Castillo, aquel maestro rural que llegó a Palacio de Gobierno con su sombrero de paja y su palabra campesina, y que fue demonizado, asediado, vaciado de poder y finalmente encarcelado por atreverse a gobernar para los que siempre han sido gobernados. La derecha, el Congreso hostil, los medios limeños y los poderes fácticos no soportaron que un dirigente ajeno a las élites ocupara la silla de Pizarro. Lo persiguieron, lo vilipendiaron y lo encerraron en Barbadillo como si fuera un delincuente común. Pero no pudieron borrarlo. No pudieron borrar al Perú que lo llevó al poder.
Hoy, ese mismo Perú le devuelve la victoria a Roberto Sánchez. Exministro de Castillo, heredero político de aquella experiencia truncada, Sánchez recoge la bandera de la izquierda nacional-popular y la iza otra vez en el mapa electoral. No es un candidato cualquiera: es la prueba viviente de que la herida abierta por el golpe institucional del 7 de diciembre de 2022 no ha cicatrizado. Es la respuesta electoral a una ultraderecha que creyó que encarcelando al presidente legítimo se acababa el sueño.
Por eso, desde esta tribuna, lo decimos sin ambages: Pedro Castillo fue y sigue siendo el presidente legítimo del Perú. Su mandato fue interrumpido por un cerco político y mediático, por una vacancia fabricada bajo la figura difusa de la “incapacidad moral”, y por una decisión de las Fuerzas Armadas y el Congreso que nunca aceptó la voluntad de las urnas. Lo condenaron por conspiración para rebelión, pero el pueblo sabe la verdad: lo condenaron por ser pobre, por ser provinciano, por ser indígena y por atreverse a desafiar al orden establecido.
Y ese pueblo, el mismo que lo llevó a la presidencia, hoy ha ratificado su mandato en las urnas con el triunfo de Roberto Sánchez. Cada voto en el sur andino, cada voto en la Amazonía, cada voto en los pueblos olvidados ha sido un voto por Castillo, un voto por la justicia, un voto por un Perú donde las mayorías dejen de ser tratadas como una amenaza.
Ahora viene lo más difícil. La ultraderecha no se rinde. Sigue teniendo el Congreso. Sigue teniendo los medios. Sigue teniendo el poder económico. Y ya está afilando las armas de siempre: la censura, la vacancia, el sabotaje. La interrogante que atraviesa estos días no es si Sánchez ganó, sino si esta vez lo dejarán gobernar.
Esperamos que sí. Esperamos que la lección haya sido aprendida. Que el cerco contra Castillo no se repita con Sánchez. Que la derecha entienda, de una vez por todas, que el Perú profundo existe, vota y tiene derecho a gobernar sin ser perseguido. Que las élites limeñas dejen de tratar como una anomalía lo que es, simplemente, la democracia.
Pero si vuelven a intentarlo, que sepan que el pueblo ya ha demostrado dos veces que no olvida. La prisión de Castillo no borró su legado. El exilio simbólico de Betssy Chávez en la embajada de México no silenció la lucha. Y la victoria de Sánchez es la prueba de que esta izquierda no va a desaparecer.
Que gobierne. Que gobierne el Perú profundo. Que esta vez, por fin, lo dejen gobernar en paz.




